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MALDITA POBREZA

género

Desigualdad de género y pobreza en el mundo

Desigualdad de género y pobreza en el mundo

 

Desigualdad de género y erradicación de la pobreza: promoviendo los medios de vida de los hogares

Introducción

La erradicación de la extrema pobreza es la primera –y más urgente– de las Metas de Desarrollo del Milenio (MDG). Está expresada en términos de dos objetivos:

  • Reducir a la mitad la cantidad de gente en extrema pobreza.

  • Reducir a la mitad la cantidad de gente que sufre hambre.

El primer objetivo se enfoca a aumentar los ingresos del hogar como un medio importante para llegar a su meta. El segundo busca la reducción del hambre como medida del gasto deseado. Este capítulo trata principalmente del primer objetivo –la dimensión de los medios que pueden lograr la reducción de la pobreza– y los temas de hambre y desnutrición se verán en el próximo. El lugar tan importante que los estudios y políticas de desarrollo han dado al proveedor masculino ha despreciado el papel de la mujer en la provisión del hogar, sobre todo entre los pobres. Este capítulo se propone corregir esa opinión. En la discusión del tema conviene tener en mente dos indicadores más que, a su vez, también son parte de las Metas de Desarrollo del Milenio:

  • La expansión del empleo remunerado para las mujeres fuera del sector agrícola (un indicador que está asociado con la meta de potenciación de las mujeres).

  • Seguridad en la tenencia de la tierra (indicador asociado a la meta de sustentabilidad del ambiente).

En capítulos anteriores se ha examinado la relación entre desigualdad de género y pobreza de ingresos en un nivel regional amplio. Este capítulo se dedica a examinar estas relaciones en el nivel interno del hogar. Gran parte del material empírico empleado procede del África subsahariana y del sur de Asia (aunque hay ejemplos de otras partes del mundo en la sección final). Enfocar estas regiones puso de relieve algunas comparaciones y contrastes útiles:

  1. Tienen la mayor incidencia de pobreza en el mundo, así como el mayor número de pobres.

  2. Ambas zonas son de economía rural agraria, y la agricultura es una fuente importante de empleo para los pobres, especialmente las mujeres.

  3. Tienen muy poca dotación de recursos.
    • El sur de Asia suele describirse como abundante en trabajo –hay una relación persona/tierra alta, y existe también una gran proporción de hogares sin tierras.
    • El África subsahariana suele describirse como abundante en tierras y escasa en trabajo. La relación persona/tierra es baja, y la escasez de tierras es insignificante.

  4. Estas zonas presentan modelos contrastantes de relaciones de género (aunque haya considerables diferencias internas entre ambas):
    • El sur de Asia está dentro del sistema de agricultura masculina y pertenece al cinturón de patriarcado "clásico", caracterizado por formas extremas de discriminación de género.
    • El África subsahariana está dentro del sistema de agricultura femenina, sus hogares están organizados en forma menos corporativa y existe una línea divisoria "público-privada" menos estricta.

Desigualdad de género y pobreza de los hogares
en el sur de Asia

El trabajo de las mujeres y la supervivencia del hogar

Como se hizo ver antes, la reclusión de las mujeres en regiones de patriarcado extremo explica los bajos niveles de participación femenina en la fuerza laboral. El trabajo en el dominio público, especialmente el trabajo remunerado hecho para otros, significa perdida de estatus para las mujeres y sus hogares. Así, aunque la pobreza empuje a las mujeres a trabajar fuera del hogar, una prosperidad posterior en éste puede obligarlas a regresar a él. Una excepción es el trabajo en el sector público, pues esa es una fuente de empleo adecuada para las mujeres con educación. Al mismo tiempo, el activo papel que las mujeres, incluyendo las procedentes de hogares con más recursos, tienen en las actividades económicas basadas en el hogar, tiende a ser social y estadísticamente invisible. Se le considera una simple extensión de sus tareas domésticas. Esto conduce no sólo a bajos niveles de participación en la fuerza laboral, de acuerdo con la estrecha definición de la Organización Internacional del Trabajo (ILO) (es decir, incluye únicamente las actividades hechas con el fin de obtener un salario o una utilidad), sino también a establecer una fuerte relación entre el trabajo remunerado de las mujeres y la pobreza del hogar. Una discusión de los estudios hechos en la India y en Bangladesh ilustra esto muy bien, al tiempo que señala algunas de las coacciones que las mujeres pobres enfrentan a causa de sus habilidades para contribuir al ingreso del hogar.

La distribución de género del trabajo en áreas rurales

La pobreza rural en el sur de Asia está íntimamente ligada a la falta de tierras, al trabajo rural asalariado y, en la India, a las castas. Durante el siglo XX ha habido un constante declive en el "cultivo propio" como fuente de empleo rural, en parte debido a la creciente falta de tierras. Los hombres se han diversificado en el trabajo asalariado dentro del sector agrícola, así como en varias formas de actividades no agrícolas dentro del sector de la economía rural. También han emigrado a las economías urbanas. Las mujeres, sin embargo, siguen concentradas en las áreas rurales.

India

De acuerdo a estimaciones oficiales, los hogares sin tierra y los que tienen pocas tierras sumaron más de 50% de los hogares rurales en la India en 1992. Los pobres sin tierras proceden en su mayoría de las castas de los "intocables", y también forman la mayor parte de la fuerza de trabajo remunerado en la agricultura y se les encuentra en variedad de actividades fuera de ésta –tales como trabajo no agrícola remunerado, producción pequeña de mercancías, servicios informales dependientes de la casta (barrenderos, comadronas, peluqueros, etc.) y como emigrantes en las áreas urbanas.

Las mujeres pertenecientes a estos grupos no enfrentan las mismas restricciones que las de castas más altas, y tienen mayores tasas de participación en la fuerza laboral que el resto de la población femenina. Sin embargo se les encuentra principalmente en el trabajo agrícola remunerado y entre las formas menos pagadas de trabajo disponible en la economía. Sólo 19% del trabajo femenino de los hogares más pobres estaba involucrado en actividades no agrícolas "estadísticamente reconocidas" (trabajo remunerado en el sector no agrícola, comerciantes y vendedoras autoempleadas). Existe también un marcado patrón regional de participación en la fuerza laboral femenina, que refleja en parte la línea divisoria de género "norte-sur" de la que se habló antes.

Se han dado varias explicaciones sobre la "feminización" del trabajo agrícola asalariado. Algunas de ellas son:

  • La pérdida de tierras para la subsistencia y el crecimiento inadecuado de oportunidades de empleo productivo en las granjas familiares.

  • Bajos ingresos de los hogares agrícolas y desigualdad en la distribución de la tierra.

  • Difusión de la tecnología de la Revolución verde desde los años sesenta, que produjo un desplazamiento del trabajo (como resultado de la mecanización), al tiempo que aumentó la productividad de la agricultura y la demanda total de trabajo; también condujo a un mayor aumento del trabajo femenino que del masculino.

  • Un declive en el empleo rural no agrícola y una vuelta a la agricultura, particularmente a formas "subsidiarias" de empleo para las mujeres desde principios de los noventa. Este cambio siguió al derrumbe de los programas gubernamentales diseñados para beneficiar a las áreas rurales, que habían sido financiadas con deuda externa. También ha habido un importante crecimiento del empleo casual femenino.
Bangladesh

Bangladesh también ha sufrido una creciente escasez de tierras, una disminución en el tamaño de las granjas y una diversificación fuera de la agricultura a varias actividades no relacionadas con ésta. La participación de la agricultura en la fuerza rural laboral ha caído dramáticamente (de 85% en 1974, a 66% en 1984/1985). Este cambio fue acompañado por un aumento en otras ocupaciones, incluyendo la construcción (33%), comercio (17%) y transportes (9.9%). Sin embargo, la tasa de participación femenina en la fuerza de trabajo sigue siendo baja, mucho más baja que en la India. En el campo ha aumentado gradualmente de 7%, a principios de los ochenta, hasta alrededor de 17%, en 1996.

Estudios hechos en varios pueblos desde los años setenta y anteriores, demostraron que la contribución femenina a la agricultura era principalmente en los procesos posteriores a la cosecha. Estos procesos empleaban tecnología manual y se llevaban a cabo en el hogar, generalmente como trabajo familiar no remunerado. Los hogares que tenían grandes extensiones de tierra, sin embargo, sí contrataban trabajadoras de grupos sin tierras para substituir a las trabajadoras familiares. Pero el empleo de las mujeres elude generalmente las estadísticas oficiales. Por ejemplo, en 1981 el estimado de participación femenina en la fuerza laboral era de 3%. Sin embargo, un estudio basado en datos de 1985, hecho en cuatro pueblos, encontró que de 8 a 20% de los hogares enviaban a sus mujeres en busca de trabajo remunerado. Entre los hogares sin tierras, las cifras iban de 50 a 77%. Información tomada de 46 pueblos en un mismo distrito confirmaron que de 11 a 24% de los hogares (alrededor del 60% de los hogares sin tierras) tenían mujeres en empleos remunerados. Esto pudiera reflejar: a) una reducción gradual en las restricciones a la participación de las mujeres en la fuerza laboral, debida a la pobreza, y b) nuevas oportunidades de empleo para las mujeres en tareas basadas en el campo debidas a la Revolución verde. Aunque parte de esta labor agrícola de las mujeres es autocultivo, otra parte la ejecutan para obtener un sueldo.

Un examen hecho en 1994 a ocho pueblos, examinados previamente en 1980, mostró un significativo aumento en la contribución de las mujeres a los ingresos de los hogares pobres, lo que evidenciaba una mayor participación de las mujeres en el trabajo remunerado. Mientras que el estudio anterior estimaba que las mujeres contribuían con 24% del ingreso total del hogar, el estudio reciente sugería que estaban contribuyendo con alrededor de 45%. La contribución de los niños había disminuido de 29% a 6%, en parte debido a que muchos más niños iban ahora a la escuela.

Los programas de microcréditos dirigidos a las mujeres en hogares pobres y sin tierras denotan la creciente participación que tienen en trabajos orientados al mercado, así como el aumento en el tamaño de sus contribuciones. Pero esta participación mayor sigue todavía la tradicional división de género en el trabajo en la economía informal. También ha habido en años recientes un aumento en la migración femenina a los pueblos o ciudades, en parte debido al atractivo que representa el aumento de manufactura de ropa para la exportación.

Pobreza en el hogar y trabajo remunerado de la mujer

Además de las restricciones a la movilidad de las mujeres ya anotadas, otra razón que explica la fuerte asociación entre pobreza del hogar y trabajo femenino es que las mujeres pobres reciben sueldos menores que los hombres pobres. Así, aunque sus ganancias se empleen para satisfacer las necesidades básicas del hogar, no son suficientes para sacarlos de la pobreza. Esto es particularmente cierto cuando en el hogar no hay un trabajador hombre que aporte su sueldo. Estadísticas de finales de los ochenta muestran que las mujeres, tanto en la India como en Bangladesh, recibían sueldos de aproximadamente la mitad de los que recibían los hombres por el mismo trabajo, con algunas variaciones regionales, tanto en los sueldos totales como en las diferencias de género.

India

El Examen Nacional de Muestras (NSS) de 1983 demostró que las mujeres provenientes de hogares sin tierra o con pocas tierras tenían los más altos niveles de participación en el trabajo remunerado, mientras que las mujeres de hogares poseedoras de tierras tenían más altos niveles de participación en varias formas de actividad productiva no remunerada. Este trabajo no remunerado jugaba un papel muy importante como "ahorrador de gastos" o "sustituto del ingreso". Sin embargo, hay una importante distinción entre las actividades basadas en la posesión de recursos (cría de animales, agricultura propia) y las que involucran una propiedad común de éstos (combustible y forraje). El primero solían hacerlo las mujeres de hogares que tenían tierras, y el segundo lo hacían las mujeres más pobres. La importancia de esta última categoría de actividad queda demostrada por un estudio hecho en Rajastán, que afirma que 42% del ingreso del trabajo y de los hogares con pocas tierras procedía de recursos de propiedad común, mientras que los terratenientes mayores tenían 15 por ciento.

La mayoría de las mujeres combinaban sus actividades productivas, remuneradas o no, con las tareas domésticas. Por ejemplo, datos sobre el uso del tiempo obtenidos de zonas rurales de Madhya Pradesh afirman que las tareas domésticas ocupaban en promedio 58% del tiempo del de trabajo de las mujeres en una muestra de 155 hogares examinados. Esto subía a 79% en las mujeres de ingresos medios, y hasta 96% en las casas ricas. Alrededor de 50% del tiempo del trabajo de las mujeres se invertía en trabajo familiar no remunerado de tipo agrícola entre los hogares de ingresos medios, contra 5% de los trabajadores asalariados procedentes de hogares sin tierras. El trabajo asalariado ocupaba alrededor de 40% del tiempo de trabajo de las mujeres en ese último grupo, para ser casi nulo entre los granjeros ricos o medianos.

Junto con un alza general de sueldos en el campo, hubo un aumento más rápido en los sueldos reales agrícolas de las mujeres que en los de los hombres, en casi todos los estados. Las disparidades de género en sueldos han disminuido. En total, las percepciones de las mujeres rurales era sólo 52% de lo que recibían los varones en 1972, pero para 1983 habían aumentado a 69%. En Bengala Occidental, los sueldos agrícolas femeninos subieron de 75% de los masculinos a 86% a mediados de los años sesenta y principios de los setenta. La brecha entre sueldos femeninos y masculinos era mayor, y fluctuaba más, en las áreas menos desarrolladas agriculturalmente.

Los estudios sugieren que la habilidad de las mujeres para traducir su educación en mayores sueldos ha aumentado con el tiempo. Estudios anteriores, basados en datos de los años setenta, habían demostrado que el efecto de una educación mayor, aun entre trabajadoras agrícolas no capacitadas, era importante para los hombres, pero insignificante para las mujeres. Sin embargo, un estudio posterior hecho en Bengala occidental encontró que las ventajas adquiridas con la educación eran positivas, tanto para hombres como para mujeres, y, en realidad, un poco mayores para éstas. Una explicación a este hecho puede ser la creciente necesidad de trabajo capacitado emanado de la difusión de las tecnologías de la Revolución verde. Otra puede estar conectada con el aumento del sueldo en el sector público, aunque esto benefició más a los hogares en mejores condiciones (y a los hombres más que a las mujeres). Sin embargo, los diferenciales de género persisten, y en algunas regiones tardan en cambiar más que en otras .

Tareas masculinas y femeninas y niveles de pago

Un estudio hecho en zonas rurales de Tamil Nadu mostró una marcada división de género en el trabajo agrícola entre las castas de "intocables" sin tierras. Los hombres se han encargado tradicionalmente de arar las tierras, de cavar y de sembrar, mientras que las mujeres se encargaban de acarrear cosas y de arrancar las hierbas malas. Las mujeres ganaban la mitad que los hombres por el mismo número de horas de trabajo. Tanto hombres como mujeres estaban de acuerdo en que a ellos se les pagase más porque su trabajo era "más duro", y porque sería humillante para ellos que una mujer ganara lo mismo que un hombre, aunque el trabajo fuera igual. Cuando la mecanización del arado produjo el desplazamiento de grandes cantidades de hombres, éstos prefirieron quedar desempleados a hacer un trabajo considerado "femenino" por miedo a perder imagen (las mujeres sí aceptaban los empleos masculinos).

Esta renuencia de los hombres a tomar empleos "femeninos" parece extenderse más allá de las zonas rurales de Tamil Nadu. Datos de todo el mundo que cubren más de 40 países de ingresos altos, medios y bajos, demuestran que hay muchas más mujeres haciendo trabajo no agrícola propio de hombres, que hombres haciendo trabajos femeninos. Sin embargo, las mujeres continúan recibiendo sueldos "femeninos".

Bangladesh

Estudios hechos en Bangladesh desde los años setenta muestran una fuerte conexión entre el trabajo remunerado de las mujeres y la pobreza del hogar. Había mayor pobreza en los hogares cuyo proveedor era mujer; la mayoría de ellas venía de hogares sin tierras, y habían empezado a trabajar cuando el ingreso del marido se había hecho insuficiente (debido a enfermedad, discapacidad o empleo muy mal pagado), o también por divorcio o separación. Esas mujeres contribuían con alrededor de 24% del ingreso total de sus hogares, mientras que las mujeres que no tenían empleos remunerados contribuían con uno por ciento.

Exámenes de los hogares hechos en 1994 y 2000 indicaban que el trabajo remunerado en el campo continuaba siendo desempeñado por mujeres pertenecientes a los hogares más pobres, especialmente a aquellos hogares que estaban encabezados por ellas. Un examen nacional a gran escala indicó que la contribución femenina a los ingresos del hogar era significativamente más alta en los hogares más pobres.

Como en la India, los recursos de propiedad común juegan un papel muy importante como ahorradores de gastos en los hogares pobres. Esto incluye recoger combustible y forraje, materiales para construir la casa y algunas frutas y vegetales silvestres; pescar y separar las mieses. Exámenes nacionales efectuados en 1990 mostraron que estas actividades producían alrededor de 4% del ingreso total de hogares con muchas tierras, pero alrededor de 22% en hogares sin tierras o con pocas tierras. Estudios a nivel micro demuestran que las mujeres y los niños hacen una importante contribución a este trabajo.

Género y trabajo en áreas urbanas

La pobreza tiene también una marcada dimensión de género en las áreas urbanas del sur de Asia. La urbanización crece a lo largo del subcontinente, empujada en parte por la búsqueda de empleo de los pobres de las áreas rurales. El porcentaje de mujeres viviendo en áreas urbanas ha crecido de alrededor de 19% en 1970 hasta alrededor de 25% en años recientes.

India

En la India, los trabajadores del sector organizado provienen de las castas capacitadas y de las familias en buena posición. El género refuerza esta segmentación por clase y por casta. Los trabajadores del sector organizado no son sólo hombres en su inmensa mayoría, sino que las mujeres pobres tienden a estar concentradas en los segmentos más casualizados de la economía informal. Censos de la India muestran que la participación femenina en la fuerza laboral en áreas urbanas es menor que la de los hombres, y menor que la de las mujeres en áreas rurales. También parece estar declinando desde los años setenta. Esto puede deberse a que es más fácil combinar subsistencia y trabajo remunerado en áreas rurales. El acceso a alguna forma de trabajo productivo –una pequeña parcela propia, animales y aves o reservas ecológicas– permiten a las mujeres alimentar a la familia, así como obtener un ingreso. En las áreas urbanas, por otro lado, ganarse la vida requiere mayor movilidad, capital financiero y capacidades, incluso para lidiar con empleados de gobierno. Esto coloca a las mujeres en posición más desventajosa.

Por otro lado, las estadísticas oficiales pueden ser todavía menos capaces de capturar la naturaleza de las actividades remuneradas de las mujeres en la economía informal urbana que en la rural. Por ejemplo, un estudio encontró que subcontratar había aumentado de 9.36% en 1970, a 25% en 1993–1994. Esto ha provocado una expansión de la participación de las mujeres en varios tipos de tecnologías de trabajo intensivo, localizadas mayormente en la economía informal.

Esto no había sido detectado por las macroestadísticas. Una gran parte del aumento parece estar asociado a manufacturas orientadas a la exportación .

La "feminización" del trabajo orientado a la exportación

Grandes y pequeñas empresas de la India han incrementado la subcontratación de mujeres que trabajan en sus casas o en pequeños talleres. Por ejemplo, la producción textil de Tirpur se hacía originalmente en molinos, empleando solamente trabajadores varones. Con la fragmentación del proceso de producción, sin embargo, empezaron a llevar mujeres como "ayudantes", las cuales a menudo eran sacadas de sus hogares. La expansión de la exportación llevó a una rápida aceleración de la subcontratación y a la informalización del trabajo. Pronto 60% de la fuerza laboral eran mujeres sujetas a trabajo casual a destajo, y recibían ingresos diarios apenas superiores al mínimo oficial en el área. Incrementos similares en subcontratación se observaron también en otros sectores exportadores (p. ej. ropa, plásticos, procesamiento de nueces de la India y fibra de coco). Estas tendencias indican que, como en otros países, el empleo orientado a la exportación ha sido "feminizado". Sin embargo, esto no suele apreciarse porque en su mayoría el fenómeno está localizado en la economía informal.

Bangladesh

Bangladesh ha experimentado también aumentos en la urbanización y en el porcentaje de población femenina viviendo en áreas urbanas (de 8% que había en 1970 a 14% en años recientes). Debido a que la movilidad de las mujeres en el dominio público está más restringida en las áreas rurales, las mujeres más pobres han estado emigrando desde los años setenta a la relativa anonimidad de las ciudades. Estudios a pequeña escala hechos en los años setenta y ochenta, por ejemplo, hicieron notar la gran proporción de mujeres abandonadas, a menudo cabezas de familia, entre los habitantes de las zonas depauperadas de Dacca. Estas mujeres trabajaban mayormente en la economía informal, como sirvientas domésticas; o en el campo de los empleos casuales marginalizados (p. ej. prostitución).

A diferencia de la India, las estadísticas oficiales documentan un veloz aumento de la participación femenina en la fuerza de trabajo urbana durante la última década o poco más. Este trabajo se halla dentro del rango de industrias orientadas a la exportación, particularmente la industria de la ropa, que despegó en los años ochenta. En otras palabras, la "feminización" de las manufacturas orientadas a la exportación ha tomado una forma mucho más visible en Bangladesh de lo que parece haberlo hecho en la India. En estas fábricas emplean un gran porcentaje de mujeres rurales migrantes, a veces de las regiones más pobres del país. Es claro que las presiones de la pobreza, junto con el "atractivo" de nuevas oportunidades, han erosionado parte de las restricciones previas a la movilidad pública de las mujeres.

Pobreza del hogar y trabajo de las mujeres en áreas urbanas

La asociación ya vista en las áreas rurales entre participación de las mujeres en el trabajo remunerado y pobreza en el hogar, se encuentra también en las áreas urbanas.

India

Las actividades en las que se involucran las mujeres provenientes de hogares de bajos ingresos son aquellas que pagan poco, requieren poca capacitación y son extensiones del trabajo doméstico. La principal excepción a este patrón es el sector de tecnología de la información (IT), que proporcionó empleos bien pagados y benefició grandemente a las mujeres urbanas educadas. Un estudio del Instituto Nacional de Asuntos Urbanos (NIUA) que se hizo en seis ciudades, en 1988, encontró que 31% de las mujeres trabajadoras estaban en autoempleo, 25% tenían empleos a destajo y 18% eran trabajadoras casuales. Como era previsibe, estaban concentradas en las ocupaciones que pagaban menos y que exigían menos capacidades. Las que trabajaban en el hogar recibían el menor sueldo, inferior incluso al de las trabajadoras casuales. Los muy bajos productos del trabajo femenino en la economía informal, donde tienden a estar concentradas, explican la fuerte asociación entre la actividad económica de las mujeres y la pobreza del hogar en áreas urbanas.

Este mismo examen demostró que la participación femenina en la fuerza laboral era mayor entre hogares de ingresos bajos de lo que los censos estimaban para todas las ciudades, y considerablemente superior para grupos más jóvenes. El 62% de hogares de bajos ingresos tenían al menos una mujer trabajadora; los porcentajes eran muy superiores en las ciudades situadas al sur del país. La participación femenina en la fuerza laboral era mayor en los hogares donde la cabeza tenía un empleo casual, que solían ser los más pobres. Un estudio basado en Faridabad hizo notar la extrema pobreza de los hogares mantenidos por mujeres: 14.2% de los hogares examinados dependían completamente de los ingresos femeninos, y eran "los más pobres entre los pobres".

Sin embargo, a pesar de la remuneración tan baja que reciben las mujeres, se ha demostrado que sus contribuciones económicas constituyen el elemento singular más importante de las estrategias de supervivencia de los hogares pobres urbanos. El estudio hecho por el Instituto Nacional de Asuntos Urbanos confirmó que 11% de los hogares dependían enteramente de los ingresos femeninos y que las mujeres contribuían con 25–50% del ingreso en alrededor de un tercio de todos los hogares.

Bangladesh

Estudios de la economía urbana en Bangladesh muestran también la asociación que existe entre participación femenina en la fuerza laboral y pobreza del hogar. Exámenes de los hogares, en 1992, arrojaron una participación masculina total en la fuerza laboral de 68% contra 34% de las mujeres. Mientras que los aumentos per cápita en el ingreso del hogar condujeron a un declive en las tasas de participación, tanto de mujeres como de hombres –en parte debido a que había más miembros jóvenes del hogar estudiando– el declive fue mucho más considerable para las mujeres. Esto puede deberse, probablemente, a que muchas más mujeres, especialmente casadas, dejaron de trabajar.

Un estudio reciente de las formas de vida de hogares urbanos pobres da más detalles sobre las actividades de las mujeres y confirma la segmentación de género en la economía informal:

  • Las mujeres están empleadas principalmente en fábricas de ropa, en servicio doméstico, como vendedoras callejeras, en el comercio (en muy pequeña escala, y dentro de un área restringida) y en labores manuales, sobre todo en la industria de la construcción.

  • Los hombres se localizan en el sector del transporte (p. ej. jalando rickshaws y manejando taxis), en profesiones capacitadas (carpintería, colocación de azulejos y trabajo con metales) y en la industria del servicio o el sector de menudeo (p. ej. empleados en tiendas, restaurantes y hoteles, peluqueros y cocineros).

El aumento de las manufacturas orientadas a la exportación, particularmente la ropa, ha dado una oportunidad a las mujeres de entrar a la economía formal, aunque muchas de ellas proceden de hogares muy pobres. También ha hecho posible un cierto grado de mejora en sus circunstancias de vida (véase casilla 5.3). Sin embargo, el grado en que la contribución de las mujeres ha cambiado su posición dentro del hogar está rígidamente limitado por las diferencias entre las remuneraciones con los hombres, por los obstáculos que se oponen a su avance y por el control que los hombres tienen sobre sus posibilidades de trabajar fuera del hogar o no.

Desigualdad de género y pobreza del hogar en el África
subsahariana

En el África subsahariana hay menos restricciones culturales a la movilidad de las mujeres en el dominio público y, consecuentemente, mayores estimados de participa­ción femenina en la fuerza laboral. Los prejuicios que han conducido a que el trabajo de las mujeres sea desestimado en las estadísticas nacionales de otras regiones no parecen haber tenido ese efecto aquí. Sin embargo, debido a varias coacciones, las mujeres pobres tienen un conjunto mucho más limitado de opciones económicas que los hombres pertenecientes a grupos sociales equivalentes. Entonces, el tipo de trabajo que las mujeres desempeñan puede ser un indicador más poderoso de pobreza que el simple hecho de que trabajen. Así, los modelos imperfectos, los conceptos inapropiados y las estadísticas poco confiables impiden conocer todas las diferentes actividades productivas que desempeñan las mujeres. Por otro lado, la baja densidad poblacional ha hecho que la región sea catalogada como "abundante en tierras", pero esta categoría es engañosa; en realidad, sólo una tercera parte puede ser catalogada como "abundante en tierras", y aun esa tercera parte está en disminución.

La industria de la ropa y las mejores posibilidades que tienen las mujeres

En Bangladesh, la industria de la ropa paga a las mujeres mejores salarios que la mayoría de las actividades que pueden emprender en la economía informal (aunque presenta muchas de las características de la informalidad examinadas en el capítulo 3). Los estudios a nivel micro demuestran que las mujeres que trabajan de día en esta industria ganan alrededor de 11 takas diarios, mientras que las sirvientas domésticas ganan alrededor de 690 takas al mes. En contraste, un estudio hecho demostró que, aunque alrededor de 25% de las trabajadoras de la ropa ganan menos de 500 takas al mes, 25% de ellas ganan más de 1 500 mensuales. Las diferencias de género en cuanto a salarios son menores que en otras industrias manufactureras. Además, los salarios femeninos subieron a más del doble entre 1990 y 1996, lo que hizo posible una mejora en la situación de las mujeres. Un estudio de los hogares de zonas depauperadas demostró que aquellos hogares que cuentan entre sus miembros con una trabajadora de la industria de la ropa tenían más probabilidades de satisfacer sus necesidades diarias, y aun de ahorrar un poco, que aquellos que no la tienen. Sin embargo, los hogares que cuentan con una trabajadora manual tienen mucho menos probabilidades de satisfacer sus necesidades que aquellos cuyas mujeres no trabajan. Esto apoya la opinión de que el trabajo manual, especialmente el de las mujeres, es una opción poco apetecida; y que sólo se recurre a él en tiempos de grandes penurias.

Esas mismas imperfecciones han obscurecido también el conocimiento de la forma en que los pobres se ganan la vida en general. En la región se ha enfatizado mucho la agricultura de subsistencia, que se ha combinado con falta de atención a los mercados. Parece haber entre muchos economistas la opinión de que los mercados laborales en el África rural son muy débiles; y que apenas empiezan a aparecer en algunas partes, en respuesta al crecimiento poblacional y a las oportunidades brindadas por el comercio externo. Existen, por supuesto, variaciones a lo largo del subcontinente que reflejan diferencias en el ambiente y en "historias locales de empobrecimiento y acumulación". Sin embargo, se puede afirmar con seguridad que la mayoría de los pobladores de las áreas rurales no pueden subsistir dependiendo únicamente de las actividades agrícolas. Por lo tanto, los grupos más pobres son aquellos que no tienen acceso a un ingreso proveniente de actividades diferentes a las agrícolas .

Las más pobres han diversificado sus actividades hace tiempo, porque una sola fuente de ingresos no puede mantener a todos los miembros de la familia. Incapacitadas para adquirir los insumos que el campo necesita, su única opción es abordar actividades no agrícolas que requieren poco capital y muy poca capacitación. Las actividades no agrícolas pueden también ser fomentadas por la necesidad de capital para invertir en productividad de la granja, o para suavizar las alzas y bajas de la producción agrícola. Más recientemente ha sido acelerada por la liberalización económica que condujo a la suspensión de subsidios a semillas y fertilizantes, y por la regulación gubernamental de los precios de alimentos. Esto dañó la producción de comida y de cultivos para venta, especialmente en regiones donde los transportes son insuficientes. Al mismo tiempo, el precio de los bienes al consumidor subió y hubo recortes en el subsidio público de algunos servicios sociales. Por eso, los hogares rurales tuvieron que buscar nuevas y más remunerativas actividades fuera de la agricultura.

Importancia que tiene para los hogares rurales el ingreso proveniente de actividades no agrícolas

Una revisión a fondo de 23 estudios de campo hechos a lo largo del África subsahariana hizo ver que, en promedio, 45% del ingreso de los hogares rurales procede del sector no agrícola. Este resultado se obtuvo a pesar de la gran variedad de las fuentes de las contribuciones, ya fuera trabajo asalariado, autoempleo en actividades no agrícolas o emigración. En muchos casos:

  • Las actividades no agrícolas productoras de ingresos eran más importantes que las agrícolas.

  • Dentro del sector no agrícola, el trabajo asalariado era más importante que el ingreso proveniente del autoempleo.

• Exceptuando los distritos cercanos a minas y mercados urbanos, el empleo local en el sector no agrícola produjo mayor ingreso que el proveniente de los emigrantes.

Los hombres parecen estar pasando con mayor velocidad que las mujeres a los sectores no agrícolas, haciendo que aumente la concentración de mujeres en el campo. En la mayor parte de la región, los hombres forman la mayoría de los migrantes a minas y ciudades en busca de empleo, y dejan que las mujeres tomen sus lugares en la agricultura. Con la difusión de las relaciones de mercado, la agricultura en el África subsahariana, así como en el sur y el occidente de Asia, se está "feminizando" a grandes pasos.

Género y actividad económica en la economía rural

Es sabido que las mujeres juegan un papel muy importante en la agricultura en África, pero se tiene la tendencia a asociarlas con cultivos para el autoconsumo; y a los hombres con los cultivos para venta. La realidad es mucho más variada, no sólo a lo largo de la región, sino también a menudo en áreas vecinas. En algunas partes del subcontinente, las mujeres se dedican al cultivo más importante para la subsistencia de la familia, mientras que los hombres cultivan para vender; en otros lugares, los hombres cultivan productos industriales o para exportación, además del cultivo principal de subsistencia. Hay un gran rango de posibilidades.

Las mujeres ciertamente contribuyen con un alto porcentaje de trabajo en la producción de comida para autoconsumo y para venta. Esto va desde 30% en Sudán hasta 80% en el Congo. El porcentaje de mujeres en la fuerza laboral económicamente activa de la agricultura va de 48% en Burkina Faso a 73% en el Congo. Esto significa que los hombres están a veces muy involucrados en la producción de comida. Las mujeres también producen, y venden, para comprar más comida. Los hogares más pobres a menudo tienen deficiencia de cereales, debido al pequeño tamaño de sus posesiones. Una estrategia de supervivencia "probada con el tiempo" consiste en cultivar y vender alimentos nutritivos y de alto valor económico (como legumbres), para comprar cereales, que son más baratos. Si las mujeres se dedican al cultivo secundario mientras los hombres cultivan el cereal, su producción puede estar más orientada al mercado que la de los hombres.

En esta región los medios de vida basados en la tierra dependen de otros factores de la producción, que incluyen trabajo y varios insumos, tracción animal y herramientas más modernas. Dependen también de la habilidad que tengan para cultivar productos de alto valor y del acceso que tengan al mercado. Aunque las mujeres tengan acceso a la tierra, generalmente no son las propietarias, lo cual se traduce en inseguridad en la tenencia. Esto deja a viudas, divorciadas y abandonadas en una posición difícil, particularmente en sociedades patrilocales. La falta de acceso de los campesinos al crédito agrícola afecta tanto a hombres como a mujeres. Sin embargo, cooperativas agrícolas y juntas estatales de mercado tienden a comprar –y a distribuir suministros, créditos y servicios de extensión– a jefes de hogares varones. Las mujeres a menudo necesitan el permiso de sus esposos para que les concedan préstamos.

Cultivos por contrato

Los problemas de las mujeres han empeorado por la cada día mayor comercialización de la agricultura. Las nuevas Exportaciones Agrícolas No Tradicionales (NTAE) se producen principalmente en plantaciones grandes y en empacadoras. Sin embargo, algunos productos de exportación —especialmente los hortícolas— son cultivados por campesinos pequeños, generalmente bajo contrato. Son los campesinos en mejores condiciones los que se han beneficiado de estos contratos, porque para poder aspirar a ellos es necesario poseer la tierra, el equipo y otros requerimientos de capital. En Kenya, por ejemplo, campesinos pequeños que cultivan vegetales para exportación tenían el doble de tierras (y de mucho mejor calidad) que los que no exportan; además, sus tierras son mejores candidatas a recibir irrigación.

Los contratos se otorgan dando por supuesto que los cabezas de familia varones pueden dirigir el trabajo de las mujeres y de los niños en la familia. Así, los hombres han tomado la dirección de los cultivos para venta; y se espera que las mujeres contribuyan con su trabajo a estos cultivos, y también a los propios. Por ejemplo, las mujeres de Kenya contribuyen con el trabajo primario en el cultivo del frijol "francés" para exportación, y hay un aumento en sus cargas de trabajo; pero los que firman los contratos y por lo tanto reciben los pagos, son los hombres. Además, los hombres han empezado a apoderarse de tierras que han sido previamente usadas por las mujeres para producir comida para la familia y para venta en los mercados locales, erosionando así las esferas de las actividades independientes de las mujeres.

Expansión de las Exportaciones Agrícolas No Tradicionales en Uganda

En Uganda, la caída de los precios del café a principios de los años noventa produjo un cambio, fuertemente apoyado por el Banco Mundial, hacia las exportaciones agrícolas no tradicionales. Un estudio reciente hecho en dos pueblos encontró que mujeres y hombres expresaron diferentes preferencias en su elección de cultivos, y diferentes preocupaciones en cuanto a los medios de vida del hogar. Las mujeres pusieron el énfasis en la seguridad de la alimentación, mientras que los hombres preferían la generación de ingresos. Aunque ambas están claramente relacionadas, la diferencia podría reflejar la menor confianza que tiene la mujer en, y el menor acceso a, los mercados. La importancia del acceso al mercado está apoyada también por el hecho de que el pueblo más pobre y más aislado se enfocó principalmente a cultivar para consumir, mientas que el pueblo más cercano a Kampala había empezado a especializarse en cultivos para venta. El trabajo era la mayor coacción en la capacidad de los hogares para responder al mejoramiento de precios para sus cultivos. Los hogares encabezados por mujeres se apoyaban fuertemente en trabajadores a sueldo (generalmente hombres). El trabajo de las mujeres era también menos elástico que el de los hombres debido a las otras demandas en su tiempo. Otras coacciones eran falta de acceso a insumos laborales. El estudio encontró en la división actual del trabajo una mayor flexibilidad de la que esperaban, y sugirió que los hombres estaban dispuestos a participar en todas las etapas de la producción agrícola, siempre y cuando hubiese los debidos incentivos. Sin embargo, no necesariamente estaban dispuestos a aumentar su contribución al trabajo doméstico.

Actividades no agrícolas

Hay muy poca investigación sobre las actividades no agrícolas de las mujeres, debido a la fuerte asociación que existe entre ellas y los cultivos de subsistencia. Sin embargo, hay datos que indican un alto grado de involucramiento. Un estudio hecho en Zimbabwe, por ejemplo, que examinó el ingreso en 12 pueblos, encontró que 58% de los hombres y 42% de las mujeres trabajaban en industrias caseras. El trabajo era específico de género, y el de las mujeres solía ser menos remunerativo. Por ejemplo, el ingreso más bajo para una industria casera operada por un hombre —fabricación de ladrillos— producía hasta siete veces más que la elaboración de cerveza, que es una industria casera femenina.

Un estudio hecho en 1989 en un área del noreste de Ghana, siguiendo un estudio original hecho en 1975, encontró que muchas mujeres estaban más ocupadas que antes en generar ingresos por medio de actividades no agrícolas. Sin embargo, el rango actual de actividades no agrícolas no ha cambiado mucho. La fuente de ingresos más importante era el comercio, principalmente de comida preparada, y varios tipos de comercio en pequeño. La contribución femenina a los modos de vida del hogar combinaba su trabajo reproductivo, su trabajo productivo para los miembros masculinos del hogar, y alguna otra actividad independiente.

Trabajo asalariado

El otro aspecto poco descrito y poco investigado del trabajo femenino es el trabajo asalariado, especialmente el casual en granjas pequeñas. Esto parte de no reconocer la importancia de los mercados rurales laborales en África. Sin embargo, el empleo por un día, sea para recibir pago en dinero o en especie, está muy extendido. Es una fuente importante de trabajadores para los más exitosos campesinos en áreas donde los dueños tienen pocas tierras. El trabajo asalariado de la mujer tiene también cre­ciente importancia para los hogares muy pobres, aunque en diferentes grados, a lo largo del subcontinente.

Por ejemplo, un estudio hecho en Zambia a finales de los años ochenta encontró que alrededor de dos terceras partes de los hogares examinados contrataban trabajadores a sueldo para cultivar maíz híbrido, y que la mayor parte de los trabajadores locales eran mujeres. Por otro lado, estudios provenientes de Uganda encontraron que el trabajo asalariado era hecho por hombres; sobre todo jóvenes y solteros. Entraban al mercado laboral para establecerse financieramente o para mantener a una familia joven, y lo abandonaban cuando ya estaban mejor establecidos. Las mujeres que buscaban trabajo asalariado eran, generalmente, viudas o divorciadas.

Las oportunidades de tener trabajo asalariado han aumentado en muchas partes de la región como resultado del creciente cultivo de Exportaciones Agrícolas No Tradicionales. Las mujeres tienen un porcentaje muy significativo de empleos en este tipo de actividad, que suelen ser empresas a gran escala organizadas en forma casi industrial. En Kenya y Zambia, por ejemplo, más de 65% de los trabajadores en empacadoras de verduras y en granjas son mujeres. En Zimbabwe, las mujeres representan 91% de los empleados hortícolas. Estas mujeres son generalmente jóvenes, y a menudo solteras; pero también hay una alta proporción de mujeres casadas cabezas de hogar. En Kenya, por ejemplo, suman más de la mitad de los que participan en la producción de verduras para exportación. El 90% de las mujeres que trabajan en la producción sudafricana de fruta estaban casadas.

La mayoría de las mujeres que toman estos empleos tienen pocas posesiones, y oportunidades muy limitadas de ganar buenos sueldos en la agricultura. La industria hortícola de exportación atrae grandes cantidades de individuos provenientes de hogares sin tierras o con pocas tierras, que emigran de las áreas rurales para trabajar en las empacadoras de las ciudades. Un estudio reciente hecho en Kenya encontró que todos los asalariados en empacadoras y 86% de los que estaban en granjas había emigrado de otras partes del país, a menudo dejando a sus hijos. Una diferencia importante para las mujeres que trabajan en el sector de Exportaciones Agrícolas No Tradicionales es que reciben dinero en intercambio por su trabajo, en contraste con el trabajo no remunerado que efectúan en las granjas de la familia.

Pobreza del hogar y actividad económica de las mujeres

Dadas las, generalmente, altas tasas de participación femenina en la fuerza laboral en el África subsahariana, no se advierte una asociación clara entre la pobreza del hogar y la participación femenina en la fuerza laboral del tipo que se advierte en el sur de Asia. Sin embargo, necesariamente existe una relación entre el ingreso del hogar y la pobreza de sus miembros femeninos. Desde luego, como la reunión de los ingresos en el hogar no se practica en muchas partes de África, es muy posible que las mujeres casadas sean mucho más pobres que sus maridos si no reciben algún tipo de ayuda por parte de ellos. En ese caso, tienen que sobrevivir por su propio esfuerzo.

La estructura de género que tienen la autoridad y los incentivos dentro del hogar han sido mostrados por numerosos estudios. Por ejemplo, un estudio hecho en Camerún advirtió la renuencia de las mujeres a cultivar la tierra cuando los productos iban a ser controlados por los hombres. Preferían emplear su trabajo en los campos que estaban bajo su control. También señaló el uso de violencia por parte de los hombres para coaccionar a sus esposas a fin de aportar el trabajo necesario. Un número de bien conocidos estudios hechos en Gambia señalan luchas dentro del hogar sobre la asignación del trabajo femenino, con ejemplos de proyectos que fracasaron por culpa de esas luchas. Análisis provenientes de Burkina Faso muestran cómo los varones mayores del hogar controlaban el trabajo y otros insumos, con el relativo descuido de los que estaban controlados por hombres jóvenes, así como por miembros femeninos.

Estos estudios han prestado atención a las deficiencias de asignación (es decir, que los recursos no son distribuidos en forma eficiente) debido a desigualdades en las relaciones dentro del hogar. Sin embargo, no suelen tomar en cuenta las desigualdades de género externas al hogar. Estas incluyen falta de insumos agrícolas (fertilizantes, arados, etc.), lo cual es más común entre los hogares encabezados por mujeres. Además, como se dijo antes, la pobreza en la región se asocia crecientemente a la inhabilidad de obtener ingresos por medio de actividades no agrícolas. Éstas a menudo proveen los fondos para invertir y aumentar la productividad agrícola. Con sus escasas posesiones, las mujeres del campo no pueden obtener de sus actividades agrícolas el sobrante que necesitan para formar un capital que les permita empezar una empresa no agrícola, y muchas necesitan el apoyo de los miembros masculinos del hogar. Sin embargo, es muy probable que las mujeres más pobres no cuenten con ese apoyo. Con un pequeño capital para empezar y poco acceso a la tierra, las opciones que tienen disponibles no les van a producir gran cosa. Así, el tiempo de trabajo de las mujeres se pierde en actividades poco productivas, de bajos ingresos.

Esto también resulta cierto para los hombres, hasta cierto punto. Sin embargo, los hombres tienden a tener más capital, capacidades o educación, lo cual les permite escapar del problema. Por ejemplo, investigaciones hechas en zonas rurales de Tanzania demuestran que los hombres tuvieron mucho más éxito que las mujeres al tra­ducir los logros educacionales en empleos no agrícolas. Un hombre de 36 años de edad con educación secundaria tiene tres oportunidades de cuatro de conseguir ese tipo de empleo, mientras que una mujer con el mismo nivel educativo tiene la mitad de esas oportunidades; con la educación primaria completa tenía la cuarta parte; y con educación primaria parcial, sólo la quinta parte.

Investigaciones hechas en Ghana, donde las oportunidades de trabajo agrícola para las mujeres eran pocas y mal pagadas, señalan que la pobreza puede estar mal distribuida, incluso dentro del mismo hogar . Los mercados laborales parecían estar muy poco desarrollados en esta área, aunque muchas mujeres trabajaban para otros y eran pagadas en especie. Los estudios sugieren que donde los mercados laborales asalariados están mejor desarrollados, las participaciones de las mujeres en el trabajo agrícola remunerado —especialmente el trabajo casual asalariado— pueden tomarse como un indicador importante de la pobreza del hogar y de la mujer. Mientras que el trabajo casual remunerado está mal pagado, las mujeres reciben de un tercio a un medio de lo que el hombre recibe por día de trabajo.

Los menores sueldos de las mujeres en Uganda, por ejemplo, reflejaban una combinación de sus cargas de trabajo domésticas, de su responsabilidad por las necesidades de comida de la familia y de su falta de poder de negociación dado la falta o lo limitado de las alternativas. Había una mayor frecuencia de ventas "de pánico" por parte de la mujer debido a su responsabilidad por satisfacer las necesidades del hogar (p. ej. aceptar un sueldo inferior al promedio, por su urgente necesidad de ingresos y de comida). Esto minaba su posición negociadora.

El estatus de pobreza de las mujeres en los hogares de Ghana nororiental

En los grandes y complejos hogares de Ghana nororiental pueden encontrarse mujeres casadas, con un amplio rango de ingresos y de ahorros; sin embargo, su estatus de pobreza no es el mismo que el de los maridos, sino que depende de las transferencias hechas por éstos para ayudarlas, y del más amplio juego de relaciones que las mujeres construyen para tener un capital inicial y formar sus propias empresas. Éstas incluían las de sus familias originales. Las mujeres que probablemente fueran las más pobres eran: a) las que por su edad no podían trabajar y tampoco podían esperar que algún pariente atendiese a sus necesidades materiales o b) las que tenían mala salud y por lo tanto tenían que depender de los maridos/padres. En otras palabras, las mujeres podían sufrir pobreza aunque sus maridos no la sufrieran; pero lo contrario no parece darse, es decir, cabezas de familia masculinos pobres no tenían esposas con altos ingresos ni posesiones aprovechables.

Pequeños campesinos de Nigeria, entre los que había varias mujeres, generaban menos empleos que los grandes campesinos, pero pagaban mejores sueldos diarios. Una razón de esto era que los campesinos pequeños empleaban a sus parientes femeninos cercanos y amigos, y necesitaban ganarse su buena voluntad, mientras que los grandes campesinos tenían relaciones menos personalizadas. Sin embargo, los sueldos más bajos y los términos más estrictos de trabajo se encontraban en las unidades de agrinegocios. Consecuentemente, estos trabajadores tendían a ser más pobres, migrantes extranjeros y con necesidad urgente de dinero. Ninguna de estas mujeres poseía una granja, así que probablemente se hubiera estado desarrollando una escasez de tierras en la zona.

En las áreas rurales de Zimbabwe, el trabajo femenino asalariado estaba mal pagado porque tendía a ser desempeñado por cabezas de hogar femeninas que no tenían ningún apoyo masculino y con muy poco poder de negociación con los empleadores. Había una diferencia entre las cabezas de familia de jure y de facto.1

Las primeras eran muchos más pobres, menos propensas a recibir remesas, y poseían menos tierras e insumos que los hogares encabezados por hombres o los hogares encabezados por mujeres de facto. La abrumadora mayoría de mujeres con empleos casuales en la empresa agriindustrial más grande del país eran cabezas de familia de jure (mientras que la mayoría de los trabajadores varones eran casados). Los hijos de trabajadoras casuales sufrían de desnutrición en grados superiores al promedio.

Un estudio más reciente de la pobreza rural en el sur de África seleccionó una muestra de hogares basados en la involucración femenina en el trabajo remunerado. Estos hogares se compararon con un examen nacional de hogares rurales, y se encontró que tenían niveles más altos de pobreza. Sin embargo, existían variaciones en sus niveles de pobreza. Hogares que tenían razones de hombres adultos residentes a mujeres inferiores a la media para todos los hogares rurales negros eran también los más pobres, y los hogares compuestos enteramente por mujeres eran los más pobres de todos. Muy pocas de estas mujeres eran capaces de ganarse la vida por medio de autoempleo en agricultura o cuidado de animales. En vez de eso, para sobrevivir tenían que vender su trabajo; de éste, 60% era trabajo agrícola remunerado. Este trabajo y el servicio doméstico eran los peor pagados del mercado laboral. De acuerdo al examen nacional, 58% de los hogares recibían 90% o más de sus ingresos como sueldos o como remesas de los maridos.


En África, cabezas de familia femeninas de jure son las que resultan del divorcio, viudez o abandono, o las que están en matrimonios polígamos. Las de facto son aquellas en que los miembros masculinos de la familia están ausentes, generalmente porque han emigrado en busca de trabajo.

Importancia de los mercados de trabajo en el crecimiento económico

Mercados laborales que funcionen bien son importantes para aliviar las coacciones laborales que sufren los hogares encabezados por mujeres de hogares más pobres, que confían en ellos como fuentes de ingresos. Un examen de las áreas rurales de Tanzania, por ejemplo, encontró que los hogares más pobres estaban predominantemente compuestos por mujeres, y tenían muy escasas posesiones. También eran la fuente principal de trabajo agrícola manual y remunerado. Alrededor de 80% tenían por lo menos un trabajador agrícola remunerado, en contraste con los hogares encabezados por hombres o que recibían algún tipo de ayuda masculina. En el primer grupo, se comprobó que los hombres evitaban que sus esposas aceptaran trabajo remunerado, y muchas mujeres que lo tenían lo dejaban al casarse. Así, el matrimonio era una coacción importante para la posibilidad de las mujeres de conseguir trabajo remunerado. Por el otro lado, la disponibilidad de este trabajo permitía a muchas mujeres escapar de un matrimonio violento. En este ejemplo, escaseces de trabajo constreñían la acumulación económica en un sector potencialmente dinámico de la economía rural. Esta escasez reflejaba en parte el ejercicio de la autoridad patriarcal dentro del hogar. Impedía que se creara una fuerza laboral femenina remunerada, cuando la disponibilidad de trabajo hubiera podido contribuir al crecimiento económico.

El estudio explora variaciones en los niveles de pobreza entre muestras de hogares para identificar: a) las características de las mujeres pobres que fueron capaces de escapar de los peores aspectos de las carencias, y b) las barreras que cerraron la puerta de escape a las demás. Las primeras eran principalmente mujeres que ganaban salarios relativamente altos en empleos estables en granjas a gran escala, manejadas por el Estado. Todas ellas:

  • Tenían un relativamente alto número de años de estudios.

  • Habían evitado embarazos muy tempranos o muy frecuentes.

  • Habían evitado que los hombres de la familia les prohibiesen tomar un empleo asalariado.

Así, tenían mayor y menos interrumpida experiencia de trabajo. Parte de su éxito derivaba de las ventajas que tuvieron sus padres, especialmente las que tenían madres muy motivadas.

El género y la actividad económica en la economía urbana

En general, las observaciones hechas en las áreas urbanas del África subsahariana muestran que es más fácil encontrar mujeres trabajando en la economía informal que en la formal; y dentro de aquella, en el autoempleo. Los hombres, por el contrario, se encuentran más fácilmente en el sector público y en varias formas de trabajo remunerado, tanto formal como informal.

La educación tiene un papel importante en el acceso a empleos no agrícolas mejor pagados en muchas partes de la región. Sin embargo, parece tener mayor peso en el empleo formal que en el informal, y en las áreas urbanas más que en las rurales. Se ha encontrado que aumenta las posibilidades, tanto de hombres como de mujeres, de entrar a trabajar al sector público. Sin embargo, estudios hechos en algunos países (Costa de Marfil, Ghana, Guinea y Uganda) demuestran que, para cada nivel de educación, es más fácil que los hombres obtengan empleo, y que perciban salarios mayores. Este efecto no era tan evidente en el sector de autoempleo, donde la mayoría de las mujeres se encuentran. La escolaridad en Ghana estaba asociada a la entrada de empleos asalariados y, entre éstos, al sector público. Observaciones similares se encontraron en Costa de Marfil, Guinea y Uganda.

Por un lado, las mujeres tenían menos acceso al sector público en muchas partes de África; por otro, se vieron afectadas por el recorte en el empleo del sector público, resultado de las Políticas de Ajuste Estructural (SAP). Esto se debe a que estaban concentradas en los empleos que requerían menor capacitación y estaban peor pagados, que es donde se hizo la mayor parte del recorte. Por ejemplo, las mujeres formaban 26% de los empleados en el sector público en Ghana, pero 35% de ellas fueron despedidas. Además, un estudio hecho en Guinea hizo notar que de los cientos que fueron despedidos del sector público, las mujeres fueron menos capaces que los hombres de encontrar empleo en el sector privado. Sin embargo esto parece referirse solamente al sector formal, pues sus empleos en la economía informal parecen ir aumentando.

Las ideas antiguas sobre la economía urbana informal de África la consideraban compuesta por aquellos que no habían podido encontrar empleos formales mejor pagados y con posibilidades de ascender. Sin embargo, estas ideas tienen que ser revisadas a la luz de un dramático declive en sueldos reales en el sector urbano formal (de un índice de 100, en 1975, a 52 en 1985) y a la emergencia de una economía "paralela" que rinde altas utilidades. La participación de la fuerza laboral femenina en el sector informal ascendió de 10%, en 1970, a 18% en 1990 (consecuentemente, el porcentaje de mujeres pasó de 29% a 35%). Al mismo tiempo, crecientes cantidades de hombres buscaban también oportunidades en la economía informal, debido a que en ella había mayores ganancias.

Sin embargo, los hombres y las mujeres de los hogares más pobres —sin capacitación, educación ni capital— siempre han estado en la economía informal, en donde se ocupan de un amplio rango de actividades generadoras de ingresos. Como ya se dijo, las mujeres se concentran en el sector de autoempleo. Esto ofrece no sólo facilidades para entrar a las que no tienen educación, o tienen muy poca; también les da un cierto grado de flexibilidad para atender sus actividades domésticas. La empresa masculina tiende a ser más de capital intensivo, aunque los productos de sus insumos fueron positivos y significativos, tanto para hombres como para mujeres, y tal vez un poco más para éstas. El entrenamiento vocacional tuvo poco efecto en la productividad, pero puede haber facilitado la entrada a ciertos sectores.

Dentro de la categoría de los autoempleados, las mujeres forman de 62 a 87% de los que se dedican al comercio, donde, fuera de algunos puestos de mercado en ciertas áreas de África occidental, suelen estar confinadas a los nichos menos productivos. Por ejemplo, un estudio encontró que 75% de los vendedores de comida en los mercados urbanos de Tanzania eran hombres, y que controlaban casi todo el mayoreo y a los intermediarios del maíz. Las mujeres se concentraban en el comercio al menudeo de bajo perfil. En forma similar, un estudio del mercado de arroz en Guinea oriental demostró que las mujeres tendían a vender en pequeña escala, mientras que los hombres eran generalmente mayoristas. El género también diferencia la escala y el tipo de productos. Es muy probable que las mujeres trafiquen con productos perecederos (fruta y verdura fresca) en pequeñas cantidades. Esto se contempla como una extensión de su papel en el suministro de alimentos en el hogar, y no va en contra de las ideologías de género prevalecientes. De acuerdo a un estudio llevado a cabo en Burkina Faso, hay una clara correlación entre ingresos y escala de comercio. Los mayoristas en frutas y verduras ganaban cinco veces más que los minoristas.

Datos obtenidos en Sudáfrica mostraron que el ingreso mensual neto de mujeres autoempleadas en 1990 era de alrededor de 44% del de los hombres en la misma categoría. En Abidjan, mujeres cabezas de empresa en el sector informal también ganaban menos de la mitad de lo que ganaban los hombres. Entre trabajadores marginales independientes (es decir, aquellos que no tienen capital) las mujeres ganaban la mitad de lo que ganaban los hombres en la misma situación en Burkina Faso, 30% en Camerún, 38% en Costa de Marfil y 68% en Mali. Sin embargo, en Guinea ganaban 60% más. Las diferencias de género en las utilidades de actividades de negocios están ilustradas por un estudio de 1992, del sector informal, en un pueblo del norte de Nigeria .

Otros aspectos de la liga entre pobreza del hogar y trabajo femenino pueden encontrarse en estudios que analizan las respuestas de los hogares en tiempos de crisis. Uno de esos estudios fue hecho en Tanzania, en 1988, cuando ese país estaba sufriendo una crisis y una reforma económicas. Esto había conducido a sueldos reales que bajaban rápidamente en el sector formal y a una constante búsqueda de actividades generadoras de ingresos en el sector informal, principalmente por parte de mujeres. Este movimiento de las mujeres por generar ingresos era respuesta a la crisis, así lo demuestra el hecho de que 80% de ellas había empezado sus negocios en los cinco años anteriores al examen, en contraste con 50% que correspondía a los hombres. El número de mujeres urbanas autoempleadas había crecido de 7% en los años setenta a más de 60%. En muchos casos fueron sus maridos quienes les proporcionaron el capital inicial. Los hogares mantenían su relación con el empleo formal siempre que fuera posible, no tanto por el ingreso que les producía, sino más que nada por la seguridad que proporcionaba. Las mujeres eran más capaces de combinar actividades, las más comunes de las cuales eran pequeños negocios y agricultura urbana, generalmente en pequeñas parcelas, en el área periurbana.

Diferencias de género en las utilidades de las actividades de negocios en el norte de Nigeria

Un estudio hecho en Zaria, pueblo del norte de Nigeria, encontró que las mujeres forman 45% de las cabezas de empresa. Dividiéndolas en sectores de altos y bajos ingresos, el estudio encontró que 84% de las cabezas de empresa estaban en actividades de bajos ingresos. Estos tenían muy pocas exigencias de entrada en términos de costos de iniciación o capacidades, y la mayoría de esos empresarios tenía al menos otra actividad generadora de empleos. El 96% de las mujeres empresarias tenía ingresos bajos, comparadas con el 76% de los hombres. Los ingresos de mujeres cabezas de empresa eran considerablemente menores que los de los hombres. El estudio demostró también que 57% de los trabajadores del sector informal eran empleados, no empresarios independientes.

Entre los años setenta y 1991/1992 el sector informal se expandió, y la brecha entre los sectores de altos y de bajos ingresos y entre ingresos de hombres y de mujeres se incrementaron. Hubo un gran aumento en la proporción de mujeres que trabajaban como empleadas baratas en el sector informal. Su sueldo promedio era 32% del de los hombres. Esto es alrededor de un sexto del sueldo mínimo oficial, que a su vez era menor que el mínimo que tenían en 1975.

La atención que se dio al empleo formal urbano oscureció una importante consecuencia de la reforma económica: el papel de los ingresos informales de las mujeres en la creciente brecha entre grupos de ingresos, y las razones para ello. Este foro sugiere que las mujeres de hogares de ingresos altos y medios ganaban solamente dos o tres veces el ingreso de una trabajadora promedio. El examen de los ingresos de estas mismas mujeres en la economía informal, sin embargo, demostró que ganaban hasta 10 veces más de lo que las mujeres pobres ganaban con sus pequeños negocios, y un promedio de 10 veces sus propios salarios como profesionistas. La ventaja que tenían era su acceso a capitales mayores, al conocimiento y a los recursos para abordar negocios mayores.

Ligas entre desigualdad de género y pobreza de ingresos:
El espectro más amplio

Este capítulo se ha basado en datos obtenidos en el sur de Asia y el África subsahariana para poner énfasis en:

  • El papel de las mujeres como actores económicos.

  • La importancia crítica de sus contribuciones económicas al hogar.

  • La importancia particular de esta contribución a las estrategias de vida de los pobres.

Esta sección final hace algunas generalizaciones sobre las ligas entre desigualdad de género y pobreza del hogar, y sus implicaciones para la meta de reducción de la pobreza, e incluye ejemplos de otras regiones.

El trabajo de la mujer y la supervivencia del hogar

Ya ha quedado claro que el trabajo de las mujeres es fundamental para la supervivencia y seguridad de los hogares pobres, y que es también una ruta importante por la cual las mujeres pueden escapar de la pobreza. Las mujeres de hogares pobres ejercen multitud de actividades generadoras de ingresos y ahorradoras de gastos. En algunos casos, complementan las contribuciones de los hombres; mientras que en otros son las principales o únicas fuentes de ingreso de los hogares.

Sin embargo, la relación entre trabajo femenino remunerado y pobreza de los hogares refleja variaciones, tanto en las economías locales como en las estructuras locales de patriarcado. En regiones donde existe reclusión femenina, el involucramiento de las mujeres en el trabajo remunerado fuera del hogar puede indicar de por sí que hay pobreza dentro de éste. En otras regiones, el tipo de trabajo que las mujeres y los hombres ejecutan es un indicador más poderoso de la pobreza que el hecho de que todos trabajen. El tipo de trabajo relacionado con la pobreza femenina varía. Por ejemplo, un estudio hecho en Vietnam que compara los medios de vida en el Norte y en el Sur notó que ciertas ocupaciones estaban asociadas al grado de pobreza en los lugares donde se hicieron los estudios. En el norte la distribución de la tierra era más equitativa, y había muy poca ausencia de tierras. Los hogares cuyas mujeres seguían cultivando arroz y algunos otros vegetales de bajo grado y no habían podido diversificarse a vegetales de más alto precio o a actividades no agrícolas, tendían a ser más pobres. En el sur, donde la escasez de tierras era mayor, aquellos hogares donde las mujeres (pero no los hombres) se comprometían en trabajo agrícola remunerado tendían a ser más pobres.

Durante el último medio siglo, el empleo en América Latina ha sido predominantemente urbano y orientado a la exportación. Mientras que el empleo femenino ha estado aumentando constantemente, el empleo público se ha reducido con las crisis económicas, reestructuraciones, condiciones de trabajo que se deterioran, mayores cantidades de gente buscando trabajo y la creciente informalización de los mercados laborales. La pobreza del hogar está asociada en la región al desempleo y a los empleos de bajo nivel. Así, las mujeres en Chile enfrentan un riesgo grande de desempleo y/o de entrar a formas precarias de trabajo. De acuerdo a un estudio con datos de Argentina, Chile y México, mujeres ocupadas en trabajo familiar no remunerado reportaban el mayor grado de inseguridad en sus trabajos y también en sus necesidades familiares.

En muchas parte de la región, mujeres pobres y sin capacitación —especialmente las que han emigrado de áreas rurales— trabajaban en el servicio doméstico, y a menudo vivían en la casa de sus empleadores. Al principio de los años noventa, 25% de las trabajadoras en Honduras y 14% en El Salvador desempeñaban ese trabajo. Un estudio hecho en zonas de casas pobres en el México urbano demostró que este trabajo era el más extendido (32%) entre mujeres cabezas de hogar, así como entre esposas. Aunque las condiciones de trabajo dentro del servicio doméstico varían mucho, los sueldos suelen ser muy bajos para las que viven en casa de sus empleadores. Es un trabajo que ocupa muchas horas y deja muy pocas oportunidades de llevar una vida social. En Perú se ha observado que el servicio doméstico es apenas un poco mejor que pedir limosna o ejercer la prostitución.

El trabajo de las mujeres y las respuestas del hogar a las crisis

Una segunda liga entre pobreza del hogar y participación de las mujeres en el trabajo remunerado se relaciona con las respuestas del hogar a las crisis y la inseguridad. Como ya se vio en el capítulo 2, las Políticas de Ajuste Estructural presionaron a las mujeres a procurarse mayores ingresos. Este capítulo también señaló la existencia de una "venta de pánico" del trabajo por parte de las mujeres cuando las fuentes de ingresos usuales del hogar no eran suficientes o se acababan; igualmente, afirmó que el trabajo femenino es un modo de suavizar el flujo del ingreso al hogar. El trabajo de las mujeres juega un papel clave para ayudar a los hogares a manejar varios tipos de contingencias.

Estudios subsecuentes a la crisis 1997–1998 en el sur de Asia proporcionaron otros puntos de vista más profundos sobre las influencias del género en los impactos y en las respuestas. En Indonesia, por ejemplo, un estudio encontró que 46% de los desempleados eran mujeres, y que ellas representaban alrededor de un tercio de toda la fuerza laboral. En Tailandia, entre enero de 1997 y febrero de 1998, las mujeres eran de 50 a 60% de los desempleados. En la República de Corea, las mujeres formaban 75% de los "trabajadores desalentados" y 86% de los despedidos de los importantes sectores bancario y financiero. La tasa de empleo total cayó 7.1%, mientras que para los hombres fue de 3.8%. Las zonas de manufacturas para exportación despidieron a sus trabajadores habituales, principalmente a mujeres, y los recontrataron para trabajar a destajo. Sin embargo, a medida que los hombres eran despedidos aumentaba el porcentaje de mujeres en el trabajo remunerado y en el no remunerado.

La crisis afectó también a los niños. Por ejemplo, la entrada de niños muy chicos a la escuela en Indonesia se retrasó, al tiempo que los mayores, especialmente niñas, fueron sacados de la escuela para contribuir a generar ingresos. La crisis pareció propiciar un aumento en el trabajo de los niños, prostitución y violencia doméstica. Se estima que en Jakarta de 2 a 4 veces más mujeres se convirtieron en trabajadoras del sexo en 1998, que en 1997.

Es interesante comprobar que el efecto de la crisis, en algunos casos, contribuyó a derruir antiguas barreras. Uno de los impactos que tuvo en Indonesia, además del aumento de mujeres que buscaban trabajo remunerado para no tener que sacar a los niños de la escuela, fue un rompimiento de la división de género normal de las ocupa­ciones. Las mujeres ocuparon puestos que tradicionalmente pertenecían a los hombres, como la pesca en mar abierto, por ejemplo; mientras que los hombres adoptaron empleos "femeninos", como preparar y salar pescado.

De estos estudios se comprende claramente que las respuestas a las crisis, a los choques y a la inseguridad pueden tomar formas diferenciadas por género y tener efectos diferenciados por género, pues hombres y mujeres enfrentan diferentes coacciones y oportunidades. Mientras que los hombres suelen tener mayores opciones en el mercado laboral, también tienen que ejecutar a veces trabajo manual físico agobiante o viajar largas distancias lejos de sus hogares para obtener un empleo. Las mujeres, por el otro lado, enfrentan opciones más restringidas que incluyen trabajos humillantes como servicio doméstico, pedir limosna y prostitución. Las respuestas a las crisis tienen también diferencias de género en otros miembros de la familia. Por ejemplo, sacar a los niños, especialmente a las niñas, de la escuela es un mecanismo que está detrás de la transmisión intergeneracional de la pobreza.

Una gran preocupación por el riesgo, la inseguridad y la vulnerabilidad ocupa ahora un lugar central en las consideraciones de las políticas, como se observa al comparar el Informe sobre Desarrollo Mundial de 1990 con el de 2000. Mientras que el primero dejaba un lugar residual a "redes de seguridad", el último incluía "seguridad" como uno de sus tres temas clave. Sin embargo, la forma en que el diseño de protección social y las medidas de redes de seguridad intentan beneficiar a mujeres y hombres de hogares pobres varía considerablemente. En algunos casos, esas medidas pueden favorecer a los hombres consciente o inconscientemente, por la presunción de que ellos son los principales proveedores del hogar.

Hogares encabezados por mujeres y pobreza del hogar

La relación entre cabezas femeninas de hogar y pobreza no es muy clara. Sin embargo, examinando los tipos de procesos que causan la asociación entre ellas puede ayudar a revelar las interacciones entre género y pobreza en diferentes contextos socioeconómicos .

Parece ser que lo importante no es que la cabeza del hogar sea una mujer per se, sino los procesos por los cuales la mujer se convirtió en cabeza del hogar. Estos procesos se explican parcialmente por la distinción entre cabezas de hogar de jure y de facto. Es fácil suponer que las de jure estén asociadas a una mayor pobreza —dada la ausencia del proveedor masculino— pero esto no siempre es así. Por ejemplo, una comparación entre hogares de Malawi y de Kenya deja ver que a menudo se encuentra uno con el caso contrario. En Kenya, porque las cabezas de hogar de jure eran a menudo esposas en matrimonios polígamos y recibían contribuciones del marido para atender a los hijos. En el área de Malawi estudiada, se debía a las costumbres matrimoniales locales, según las cuales el marido iba a vivir con el linaje de la esposa, poseedor de la tierra. La mayoría de las cabezas de hogar de facto eran producto de la emigración masculina debida a pobreza del hogar. En ambos casos, eran los hogares más pobres, exceptuando aquellos en que los miembros masculinos habían emigrado a Sudáfrica en tiempos en que el envío de sus altos sueldos hacía a sus hogares los más prósperos de la muestra.

Por lo tanto la ayuda masculina es importante para distinguir hogares encabezados por mujeres pobres de otros menos pobres. Sin embargo, la presencia de miembros masculinos adultos y en uso de sus facultades no significa necesariamente que el hogar cuente con su ayuda. En vez de eso, los hombres pueden desangrar los recursos del hogar y conducir a mujeres y niños a una mayor pobreza. En Costa Rica, México y Filipinas, hogares encabezados por mujeres de jure estaban mejor que los encabezados por hombres debido a varias causas. Estos hogares a menudo los habían formado las mujeres para evitar las demandas sobre el presupuesto del hogar que hacían esposos o parejas irresponsables. En muchos de esos casos, las contribuciones de los hijos adultos compensaban las de parejas masculinas. En el México urbano, muchos hogares encabezados por mujeres encontraban modos más sencillos de defender los niveles básicos de consumo en una crisis económica porque las mujeres controlaban las necesidades básicas.

Cabezas femeninas de hogar y pobreza en Bangladesh y Ghana

Los análisis de datos relativos a los hogares de 10 países no pudieron encontrar una relación consistente entre los hogares encabezados por mujeres y diferentes medidas de pobreza de ingresos, excepto en dos: Bangladesh y Ghana. Las observaciones relativas a Bangladesh no son sorprendentes, pues desde hace tiempo un gran número de estudios cualitativos y cuantitativos han notado una asociación entre pobreza y hogares encabezados por mujeres de jure. Las observaciones de Ghana son más sorprendentes, porque datos de 1987/1988 sugieren que los hogares encabezados por mujeres estaban generalmente mejor que los encabezados por hombres debido a un número de criterios diferentes. Sin embargo, estos datos no mencionaban el hecho de que las cabezas femeninas de hogar trabajaban diez horas más a la semana que los hombres, eran posiblemente los únicos proveedores del hogar y tenían mayores razones de dependencia. Casi todos los hombres vivían con, por lo menos, otro trabajador adulto, mientras que las cabezas femeninas de hogar tenían que combinar la generación de ingresos con el trabajo doméstico. Había varios grados de pobreza entre ellas: las que estaban en peores condiciones eran las viudas, seguidas por las divorciadas. Las mujeres casadas estaban relativamente bien. Además, las Políticas de Ajuste Estructural encontraron que las cabezas femeninas de hogar estaban asociadas a la pobreza en el norte, por sus sistemas patrilineales de parentesco; pero no en el sur, donde prevalecía el matrilinealismo. Estudios hechos en el noreste también notaron la alta incidencia de pobreza femenina dentro de hogares encabezados por hombres.

Finalmente, hay que hacer notar que datos de Bangladesh, Vietnam y Sudáfrica sugieren que un hogar compuesto exclusivamente por mujeres es señal inequívoca de pobreza.

Pobreza de tiempo y supervivencia del hogar

Estudiando las estrategias de medios de vida de los hogares se encontró que el tiempo es también una dimensión de género de la pobreza. La mayoría de las mujeres trabajan más horas que los hombres. Su necesidad de contribuir económicamente a los esfuerzos productivos del hogar se combina con la elasticidad de la división de género del trabajo en las actividades reproductivas. Las variaciones de horario dependen del grado en que las tareas domésticas puedan repartirse entre los miembros del hogar. Un estudio hecho en zonas rurales de Vietnam encontró que las demandas del trabajo doméstico limitaban: a) el tiempo que las mujeres tenían para otras actividades productivas, b) el rango de dichas actividades y c) el producto que obtenían por su esfuerzo laboral total. Los hombres podían fácilmente emigrar en la temporada de poco trabajo para buscar empleo como carpinteros, albañiles, conductores de carros de bicicleta, comerciantes, etc. Las mujeres estaban atadas a "los brotes del bambú en el pueblo", debido a sus responsabilidades con la granja y la familia.

En respuesta a la persistente pobreza de la década pasada en México, mujeres y niños aumentaron su participación en el trabajo remunerado. Trabajaron más tiempo por sueldos menores y en peores condiciones, recurriendo cada vez más a actividades informales, a medida que escaseaban las formales. Con la decreciente capacidad de los adultos viejos para contribuir al ingreso del hogar y la creciente emigración de hombres jóvenes en busca de empleos en los mercados transnacionales de trabajo, las mujeres se han convertido en los principales proveedores de muchos hogares urbanos pobres.

Desigualdad de género y productos del trabajo de las mujeres

La última conexión entre desigualdad de género y pobreza refleja la desigualdad en los productos obtenidos del trabajo, ampliamente reconocido como el valor clave a disposición de los pobres. Es claro que las desigualdades no son estáticas, pueden cambiar en respuesta a fuerzas del mercado o pueden ser encaradas por medio de políticas públicas y por varias formas de negociación o protesta, que resultan más efectivas cuando son colectivas .

Las explicaciones de las desigualdades de género en los productos del trabajo reflejan una combinación de las coacciones específicas de género, de las coacciones intensificadas por el género y de las que son impuestas por el género. Este capítulo ha dado varios ejemplos de coacciones específicas de género, entre las que se hallan:

  • Poderosas normas sociales en Bangladesh, los estados del norte de la India y Pakistán que restringen los movimientos de las mujeres en el dominio público y las confinan a actividades en el hogar, que generalmente rinden pobres productos.

  • Responsabilidad primaria de las tareas del hogar y cuidado de los hijos, que limitan el tipo de actividades que las mujeres pueden efectuar en términos de tiempo y espacio, aun en la ausencia de coacciones culturales en su movilidad pública.

  • Ideas sobre la masculinidad y la feminidad que hacen que el producto del trabajo sea diferenciado por género. En el estudio de la zona rural de Tamil Nadu, mencionado antes, la opinión de que los hombres "deberían" recibir mayores sueldos fue aprobada, no sólo por los empleadores y los trabajadores, sino también por muchas de las mujeres . Esas opiniones ejercieron una presión hacia arriba en el precio del trabajo masculino.

  • Las formas no recíprocas de control que los hombres mayores ejercen sobre el trabajo de las mujeres y los hombres jóvenes en el hogar en un número de países del África subsahariana. Esto reduce la cantidad de tiempo que ellas pueden invertir en sus propias actividades y empresas agrícolas.

Estos varios límites a la movilidad de las mujeres en relación a las oportunidades del mercado ayudan a explicar por qué la localización parece ser mucho más importante para explicar el producto del trabajo de las mujeres que el de los hombres. Por ejemplo, en el estudio sobre los precios del maíz al que nos referimos antes, los hogares encabezados y establecidos por mujeres en áreas remotas eran menos responsivos a las señales que emitían los precios. La razón era que tenían menos facilidades para llevar sus productos al mercado. La importancia de la proximidad a las áreas comerciales también ayuda a explicar los niveles de las actividades empresariales en áreas urbanas de África. Un estudio hecho en Nigeria advirtió que las mejoras en el transporte habían reducido en gran parte el "porteo" (llevar mercancía en la cabeza) que las mujeres tenían que hacer como obligación hacia sus esposos y parientes varones. También les ha permitido tomar empleos remunerados en agricultura, y empezar sus propias granjas. Tecnologías ahorradoras de trabajo que reemplazasen las labores domésticas de las mujeres tendrían un efecto similar.

Las desventajas intensificadas por el género que figuraron en la discusión se refieren a:

  • Desigualdades de género en el acceso y control de tierra y propiedades. Principios desiguales de herencia desposeen a las mujeres de los derechos de heredar tierras o disminuyen su acceso a ellas por medio de los miembros masculinos de la familia. Consecuentemente las mujeres no tienen la opción de cultivar tierras; y si lo tienen, es con tierras menos buenas, propias para cultivos más pequeños.

  • Prácticas discriminatorias por corporaciones que celebran contratos con campesinos varones, haciendo a un lado a las mujeres.

  • Las varias tendencias inmersas en el suministro por parte de los estados de extensión, créditos y otros servicios.

Conclusión

De los descubrimientos estudiados en este capítulo emerge un mensaje muy claro para la elaboración de las futuras políticas:

  1. La importancia de las contribuciones de las mujeres a los medios de vida de los hogares, especialmente los pobres.

  2. La asociación que existe entre lo mal remunerado que está el trabajo de las mujeres y la pobreza extrema.

Mejorar el acceso de las mujeres a las oportunidades económicas, así como el producto de su trabajo, es claramente un punto crítico para la meta de reducir la pobreza mundial a la mitad. Sin embargo, un compromiso de crecimiento con base en estrategias de trabajo intensivo no resolverá el problema por sí solo. Si el crecimiento económico no va acompañado por un verdadero esfuerzo para encarar las coacciones que disminuyen el producto del trabajo de las mujeres, las mujeres pertenecientes a hogares de bajos ingresos nunca podrán aprovechar las oportunidades generadas. Esto significa desmantelar varias formas de discriminación en el dominio público. También significa prestar mayor atención a las cargas de trabajo de la mujer en el dominio doméstico, lo cual incluye ayuda para sus responsabilidades en el cuidado de los niños y la promoción de tecnologías ahorradoras de trabajo para reducir la carga del trabajo doméstico que, rutinario pero necesario, está muy poco remunerado.

Por supuesto puede argüírse (y se ha hecho ya varias veces) que no es importante enfocarse a la capacidad de generar y mejorar los ingresos de las mujeres, pues ellas no son las principales proveedoras. En lugar de eso, debía darse prioridad a mejorar la capacidad de generar ingresos al proveedor principal (hombre), pues él tiene menos coacciones para aprovechar las oportunidades económicas, y su ingreso es la fuente principal para satisfacer las necesidades primarias del hogar. Sin embargo, como ya se dijo antes, esta suposición de que el hombre es el proveedor principal ha ido en detrimento de las medidas tomadas para encarar la pobreza. Ya se demostró que los hogares no son necesariamente igualitarios; es más, hay evidencias de que existen graves desigualdades en la distribución del bienestar básico en el hogar.

Por lo tanto, debe darse mayor importancia a las contribuciones económicas de las mujeres al elaborar las políticas porque a) ya se ha demostrado la importancia de esta contribución a los medios de vida de los hogares de bajos ingresos y b) hay evidencias de que mejorar los ingresos de los hombres no necesariamente lleva a un mejoramiento equivalente del nivel de vida de los miembros del hogar. Igualar las oportunidades económicas a fin de mejorar la capacidad de las mujeres para la acción económica y la generación de ingresos puede ser un medio efectivo de encarar la pobreza de ingresos en los hogares, así como de estimular las capacidades humanas de sus miembros (incluyendo, por supuesto, los femeninos). Los argumentos correspondientes se tratarán en el próximo capítulo.

GEOGRAFÍA DE LA POBREZA DE GÉNERO

GEOGRAFÍA DE LA POBREZA DE GÉNERO

Acercamientos al análisis de la pobreza y sus dimensiones de género

ntroducción

La pobreza se asocia generalmente con la idea de privación, sea de algunas necesidades básicas o de los recursos necesarios para satisfacer dichas necesidades. Aunque hay varias opiniones sobre cuáles son esas necesidades básicas, los tres acercamientos dominantes al análisis de la pobreza que aparecen en los estudios de desarrollo son:

  1. Línea de pobreza, que mide los "medios" económicos que los hogares y los individuos tienen para satisfacer sus necesidades básicas (esos medios están determinados por su ingreso).

  2. Las capacidades; este acercamiento explora un mayor rango de medios (dotaciones y derechos), así como fines (logros funcionales).

  3. Evaluación Participativa de la Pobreza (PPA), que explora las causas y resultados de la pobreza en forma específica, dentro de su contexto.

Cada uno de estos acercamientos aclara algo sobre las dimensiones del género en la pobreza, sobre la forma que éstas toman en diferentes regiones, y sobre cómo pueden ser afectadas por el crecimiento económico.

Acercamiento de la línea de pobreza

Separando a los pobres de los no-pobres

Las mediciones de la línea de pobreza igualan el bienestar con la satisfacción que los individuos consiguen al consumir diversos bienes y servicios. Se enfocan a la habilidad –que se equipara al ingreso– de "escoger" entre diferentes "paquetes" de satisfactores. Estas consideraciones condujeron a:

  1. Considerar el crecimiento del ingreso nacional per cápita como una medida del desarrollo a nivel macro.

  2. Considerar los aumentos per cápita del ingreso del hogar como medida de prosperidad a nivel micro.

Ya se ha demostrado que el crecimiento económico no necesariamente beneficia a los sectores más pobres de la sociedad; por eso, la reducción de la pobreza se ha convertido en una importante medida del desarrollo. Para saber si la pobreza se ha reducido o no debe establecerse un criterio, una frontera entre los pobres y los nopobres. La forma más empleada de establecer esta frontera fue la línea de pobreza .

Este acercamiento ha tenido bastantes críticas, por lo que ha sido modificado para incluir los siguientes temas, todos los cuales son relevantes al discutir las dimensiones del género en la pobreza:

  • La gente satisface sus necesidades de supervivencia no únicamente por medio del ingreso monetario, sino también a través de una variedad de recursos –incluyendo producción de subsistencia, acceso a recursos de propiedad común y suministro estatal de servicios.

  • La gente tiene "existencias": objetos y derechos de los cuales echar mano.

  • El bienestar de los seres humanos, incluyendo todos sus intereses, depende no sólo de su poder de compra, sino también de otros aspectos menos tangibles, como la dignidad y el autorrespeto.

Cómo se fijó la línea de pobreza

Se calculó el costo de adquirir la dieta diaria recomendada de calorías para el individuo promedio; ese dato se multiplicó por el tamaño promedio del hogar en un contexto particular, y se estimó así la suma necesaria para satisfacer esas necesidades diarias. El equivalente mensual o anual de ese ingreso diario se considera el nivel mínimo necesario para la supervivencia de los miembros del hogar. La línea de pobreza separa los hogares que ganan menos de esta cantidad de los que ganan al menos dicha cifra. La base para medir la incidencia de pobreza en un país, o a nivel internacional, la forman los datos sobre el ingreso de los hogares medidos mediante el examen de sus gastos.

Sin embargo, los datos más reveladores de la conexión entre género y pobreza son las relaciones dentro del hogar. Como se ha visto ya, la economía convencional consideraba el hogar organizado alrededor de la reunión de los recursos de todos los miembros; de ahí podían satisfacerse las necesidades de bienestar de todos ellos. Estudios hechos en diferentes partes del mundo sugieren que, por el contrario, existen desigualdades sistemáticas y muy difundidas dentro de los hogares. Estas desigualdades pueden estar relacionadas con la edad, el estatus en el ciclo de vida, el orden de nacimiento, la relación con la cabeza del hogar y muchos otros factores. Los más influyentes son, sin embargo, los que están relacionados con el género. Por eso, los intentos para estimar la pobreza que despreciaban las desigualdades dentro del hogar daban sólo un retrato incompleto del problema. Especialmente, decían muy poco sobre la experiencia de la pobreza de la mujer en relación con la del hombre dentro del mismo hogar.

Hogares encabezados por mujeres y la "feminización de la pobreza"

Las medidas de la pobreza a nivel de los hogares, sin embargo, revelan un importante aspecto de la interacción entre género y pobreza: el desproporcionado número de hogares encabezados por mujeres que hay entre los pobres. La certeza de que el número de hogares encabezados por mujeres estaba creciendo, tanto en los países industrializados como en los que están en desarrollo, hizo que se empezara a hablar de la "feminización" de la pobreza. Un importante informe sobre la pobreza rural en el mundo, hecho por el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola, concluyó que las mujeres rurales en países en desarrollo se hallaban entre las personas más pobres y más vulnerables, y que 564 millones de ellas estaban viviendo por debajo de la línea de pobreza en 1988. Esto equivale a 47% de aumento sobre los datos de 1965–1970. En 1995, el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (UNDP) calculó que 70% de los pobres eran mujeres.

Los hogares encabezados por mujeres se convirtieron pronto en el tema más importante en la discusión sobre género y pobreza en las organizaciones internacionales. Sin embargo, la relación entre hogares encabezados por mujeres y pobreza no es consistente. Más bien parece tener un elemento regional, y están más representados entre los pobres de América Latina y Asia que entre los de África. Esto es porque el fenómeno puede deberse a varias causas (costumbre, viudez, divorcio, separación, poligamia, migración de los miembros femeninos o masculinos, etc.). No todos estos factores tienen las mismas implicaciones para la pobreza del hogar. Por ejemplo, los hogares encabezados por mujeres en matrimonios polígamos en África o en sociedades matrilineales de África y Asia tienden a estar mejor. En Jamaica, los hogares encabezados por mujeres están muy extendidos y no necesariamente asociados con la pobreza, y en muchos casos, los hogares en los cuales el miembro masculino está presente se hallan en peores condiciones.

Los intentos recientes para tomar en cuenta el tamaño y la composición de los miembros del hogar y así calcular mediciones del ingreso, generalmente han fortale­cido la asociación entre hogares encabezados por mujeres y pobreza. Un análisis de la pobreza del hogar en el Nepal rural, por ejemplo, que tomó en cuenta las "economías de escala" asociadas con hogares más grandes, encontró que los encabezados por mujeres eran generalmente más pobres que el resto de la población; también tendían a ser más pequeños y a establecer mayores relaciones de dependencia. Entre la población de estos hogares, las cabezas femeninas de familia de jure estaban mejor que otras categorías si poseían alguna fuente de ingresos proveniente del hombre; pero resultaban más pobres comparadas con hogares sin entradas provenientes del hombre. Esto indica claramente que la presencia y la ausencia de contribuciones masculinas debe tomarse en cuenta para el análisis.

Por lo tanto, centrar las políticas antipobreza en los hogares encabezados por mujeres no es un criterio suficiente. Además, las dimensiones de género en la pobreza no están limitadas a si el hogar está encabezado por una mujer o no, a pesar de la impresión que producen muchos documentos pertenecientes a las políticas antipobreza. Y también es necesario explorar las desigualdades en las privaciones que tienen lugar en los hogares encabezados por hombres. Sin embargo esto no puede hacerse tomando como base las medidas de línea de pobreza, porque éstas se determinan con base en el ingreso del hogar. Entonces, es necesario tomar como foco al individuo.

Acercamiento de las capacidades

Expansión de los conceptos medios y fines

El acercamiento de las "necesidades básicas" surgió en la agenda del desarrollo en respuesta a:

  1. El fracaso de los beneficios del crecimiento económico para "permear" hasta los pobres.

  2. El éxito obtenido en países socialistas pobres, como China, que logró mejorar la nutrición, la salud y la educación de grandes secciones de su población.

La idea de medios se expandió para incluir –junto al ingreso generado por el mercado– servicios que pudieran ayudar a la gente a satisfacer necesidades esenciales (p. ej. agua potable, sanidad, salud pública y transporte). También expandió la idea de fines para incluir un rango más amplio de necesidades consideradas esenciales para llevar una vida humana digna (p. ej. techo, salud y ropa). El empleo libremente elegido fue incluido en los medios y en los fines, pues genera el ingreso o los productos necesarios para satisfacer necesidades básicas, y da a los individuos la autoestima y dignidad esenciales para su bienestar.

Este acercamiento se basó en la idea de "funcionamientos y capacidades" propuesto por Amartya Sen y elaborado en el trabajo subsecuente de Dreze y Sen. El ingreso y las mercaderías fueron considerados importantes mientras ayudasen a las capacidades de la gente a alcanzar las vidas que deseaban (sus "logros funcionales"). Las "capacidades" no sólo incluían las básicas del individuo, como nutrición y salud, sino también otras más complejas, como participar en su comunidad y lograr la autoestima. Un acercamiento basado en capacidades borra las diferencias entre medios y fines. Salud y educación, por ejemplo, son logros funcionales en sí, pero también son capacidades que permitirán al individuo llegar a otros logros valiosos. Como las capacidades son no solamente lo que el individuo puede "escoger", sino lo que es capaz de lograr, dependen en parte de sus circunstancias personales y en parte de las coacciones sociales.

Mientras estos logros se relacionen con el individuo, pueden medirse a nivel de comunidad o de país. Un intento de hacer esto es el Índice de Desarrollo Humano (HDI) del Programa de Desarrollo de la ONU, que combina datos a nivel país sobre ingreso, expectativas de vida y logros educacionales. El Índice de Desarrollo Humano definió así las capacidades básicas de la vida humana:

  • Llevar una vida larga y saludable.

  • Ser un tanto ilustrado

  • Tener acceso a los recursos necesarios para llevar un nivel digno de vida.

Estas "aspiraciones" se consideran "medidas de habilitación" y, al mismo tiempo, los fundamentos que permitirían a la gente tener acceso a otras oportunidades.

Desigualdad de género y desarrollo humano

Como las capacidades se definen en relación al individuo –a diferencia de la línea de pobreza, que se define en relación al hogar– pueden también interpretarse y medirse en formas disociadas del género. Esto lo intentó el Programa de Desarrollo de la ONU en el Informe sobre Desarrollo Humano (HDR) de 1995, que introdujo dos nuevos e importantes índices para medir la desigualdad de género a nivel nacional:

  1. El Índice de Desarrollo de Género (GDI), que se basa en los tres indicadores que el tiene el Índice de Desarrollo Humano. Las expectativas de vida en el momento del nacimiento representan el estado total de salud; un indicador compuesto por el logro educacional (tasa de alfabetismo adulta y razón combinada de inscripción a la escuela) representa el conocimiento; y el Producto Doméstico Bruto (GDP) per cápita representa el nivel de vida. Datos disociados del género para cada uno de estos indicadores reciben un único valor social, y son combinados para calcular el Índice de Desarrollo de Género para cada país. Si la razón fundamental del Índice de Desarrollo Humano se aplica al Índice de Desarrollo de Género, vemos que una precondición para la potenciación de las mujeres en cualquier contexto es disminuir las disparidades de género en el producto del trabajo, en los niveles de educación logrados y en las expectativas de vida.

  2. La Medida de Potenciación de Género (GEM), desplazó el foco de la desigualdad de género de las capacidades básicas a las disparidades en mayores oportunidades y elecciones. Combinó datos nacionales de desigualdad de género en ingreso por ocupaciones profesionales, administrativas y técnicas, y por representación parlamentaria. Aunque esta definición más amplia de igualdad de género es crítica para la meta total de desarrollo igualitario, no es inmediatamente relevante para las dimensiones del género en la pobreza. No hay correlación entre el índice de la Medida de Habilitación de Género (GEM) y las medidas de necesidades y capacidades básicas, incluidos el Índice de Desarrollo Humano y el Índice de Desarrollo de Género (GDI).

El Índice de Desarrollo de Género está estrictamente ligado al Producto Doméstico Bruto per cápita, y aumenta a medida que éste lo hace. Por lo tanto, no proporciona una medida de la desigualdad de género en sí. De hecho, todos los países colocados entre los 10 primeros por el Índice de Desarrollo de Género son también economías de altos ingresos, mientras que los colocados entre los 10 más bajos son todas economías de bajos ingresos. Por lo tanto, Dijkstra y Hanmer han desarrollado, empleando los mismos indicadores, otra medida llamada Estatus Relativo de las Mujeres (RSW). Esta medida proporciona información sobre la desigualdad de género en un país, que es independiente de su Producto Doméstico Bruto per cápita. No sólo es la correlación entre el Producto Doméstico Bruto per cápita y el Estatus Relativo de las Mujeres (RSW) de los 136 países considerados mucho más débil que cuando se emplea el Índice de Desarrollo de Género (GDI), sino que los 10 mejores y los 10 peores países ya no corresponden a los países con altos y con bajos ingresos.

Importancia de las políticas públicas en la igualdad de género

Los 10 países con mejores resultados según el Estatus Relativo de las Mujeres (RSW) incluyen dos escandinavos de altos ingresos (Finlandia y Suecia), uno de ingresos medios altos, anteriormente socialista (Hungría); y siete de ingresos medios bajos, seis de los cuales eran anteriormente socialistas (Estonia, Latvia, Lituania, Polonia, la Federación Rusa, Eslovaquia y Jamaica). Los 10 peores incluyen un país de ingresos medios altos (Arabia Saudita), uno de ingresos medios bajos (Argelia) y otros de ingresos bajos (Afganistán, Chad, Egipto, Mali, Nepal, Pakistán, Sierra Leona y República de Yemén). En este grupo hay una fuerte mayoría de países musulmanes; pero nótese que algunos son países pertenecientes al cinturón de patriarcado extremo, junto con tres de la región de África occidental. Estas dos regiones también tienen los siguientes 10 peores países.

Estos resultados demuestran la importancia de las políticas públicas, que permiten a los países conseguir mayores igualdades de género en formas que no son medidas por sus niveles de ingresos. Entre los mejores, los países escandinavos y los socialistas están asociados a "regímenes de bienestar" fuertemente igualitarios. La presencia entre los peores países de ingresos medios como Argelia y Arabia Saudita, y la ausencia de otros de bajos ingresos y musulmanes, como Bangladesh y Gambia, muestra que las desigualdades de género no pueden atribuirse solamente a la pobreza o al patriarcado. Estos países muestran una combinación de pobreza, patriarcado y políticas públicas.

El acercamiento de capacidades tiene ventajas importantes sobre el acercamiento de la línea de pobreza, porque revela las dimensiones del género en ella. Medidas de aspectos básicos de la capacidad humana disociadas del género (como expectativas de vida, educación y participación en la fuerza laboral, así como aspectos más complejos (como participación política y logros profesionales) ayudan a construir una imagen más amplia de la extensión, el alcance y la distribución de la desigualdad de género, tanto en países desarrollados como en los que están en desarrollo.

Al mismo tiempo, resulta importante mantener las mejoras en capacidades humanas debidas a mejoras totales separadas de las que reflejan una reducción en las desigualdades de género. El nivel absoluto de bienestar es muy importante, pero la desigualdad de género es un problema ético que debiera preocupar a los gobiernos. Existen también razones políticas para investigar los niveles absolutos de privación que sufren las mujeres, así como de sus privaciones relativas a las de los hombres, pues son relevantes para diferentes resultados del desarrollo humano.

Desigualdad de género e indicadores del Índice de Desarrollo de Género

Hay una relación entre cada una de las dimensiones que forman el Índice de Desarrollo de Género (y el Estatus Relativo de las Mujeres) y el ingreso, el crecimiento y las estructuras de coacciones patriarcales. Países que tienen buenos resultados en un aspecto pueden tener malos en otros. Al buscar la razón de estas divergencias, se distinguen fácilmente aquellos aspectos de la desigualdad de género que responden al crecimiento económico y aquellos otros que tal vez tengan que ser encarados con medidas adicionales de políticas. Esta relación ayuda también a identificar los aspectos de la desigualdad que son más resistentes al cambio.

Sueldo y participación en la fuerza de trabajo

La primera de las tres capacidades humanas identificadas por el Informe sobre Desarrollo Humano se refiere a oportunidades económicas, y se mide por el Producto Doméstico Bruto per cápita. Este indicador revela desigualdades en participación de fuerza laboral y en sueldos ganados.

Como se anotó en el capítulo anterior, la participación femenina en la fuerza laboral en los paises en desarrollo parece estar más fuertemente relacionada con diferencias regionales en torno al parentesco y con relaciones de género que con diferencias en el ingreso per cápita o la incidencia de la pobreza. Las variaciones en las razones de sueldo mujer-hombre siguen un patrón regional menos claro. En 1995, el Programa para el Desarrollo de la ONU encontró que los sueldos de las mujeres eran en promedio 75% de los sueldos de los hombres. Los tres países con las menores disparidades en este aspecto eran Australia, Tanzania y Vietnam, mientras que los países con las mayores disparidades eran Bangladesh, China y la República de Corea.

Sin embargo existen problemas con las estimaciones internacionales de disparidades de sueldo, mayores tal vez que los que existen en la participación en la fuerza laboral. Los datos empleados en el Índice de Desarrollo de Género no han sido estandarizados por habilidades, aunque probablemente haya diferencias de género en esta área. Además, el Índice de Desarrollo del Género examina sólo el sector de sueldos formales. Las disparidades en el sector informal deben ser muy acentuadas, especialmente en las economías agrarias de bajos ingresos. Esto se debe: a) a los datos anteriores, que pertenecen tan sólo a una fracción del empleo total en estos países, y b) a que la fuerza de trabajo en la economía informal –incluyendo el sector agrícola­tiende a estar menos organizada, lo cual significa que las disparidades en sueldo serán probablemente mayores . Además los datos de la economía formal tienden a estar dominados por el sector público, donde los sueldos son definidos administrativamente, no competitivamente. Así, las disparidades tienden a ser menores que en el resto de la economía (incluyendo el resto de la economía formal).

Diferencias de salarios en Gambia

El Examen de Gastos de los Hogares de 1998, llevado a cabo en Gambia, mostró que la mayoría de la población económicamente activa estaba concentrada en el sector agrícola: 57% hombres y 73% mujeres. Los sueldos agrícolas anuales para las mujeres eran inferiores a la mitad de los de los hombres. Sólo 2.4% de la fuerza laboral masculina y 0.6% de la fuerza laboral femenina estaban empleadas en el sector público. En este caso, los sueldos de nivel medio sólo variaban ligeramente debido al género.

Los datos disponibles sugieren que las diferencias en sueldos están decreciendo, pero no queda claro si es que los sueldos femeninos están aumentando o si los masculinos están decreciendo. Un estudio de las razones de sueldo mujer-hombre para 12 países en desarrollo mostró que en todos ellos los sueldos femeninos habían subido en relación a los masculinos. El aumento era de alrededor de 0.6 a 0.7% anual en Brasil, Chile, Colombia y Venezuela; a 2.4% en Costa de Marfil y hasta 5% en la República de Corea. En cinco de los siete países para los cuales había datos sobre las variables explicatorias relevantes hubo un ligero descenso en los sueldos masculinos. Otro estudio indicó que la tendencia en los diferenciales de sueldo mujer-hombre era positiva sólo para países que habían alcanzado algún nivel de crecimiento económico. Las mujeres pueden pasar a ocupar empleos mejor pagados a medida que su educación aumenta, y a medida que sus nexos con la fuerza laboral se incrementan.

En América Latina, donde la participación de las mujeres en la fuerza laboral ha estado aumentando más aprisa que la de los hombres, análisis recientes enfocados a sus tres economías más grandes (Argentina, Brasil y Chile) reportan también que los ingresos de las mujeres están mejorando en relación a los de los hombres. Para los tres países, los niveles de educación parecen ser más importantes que el sexo o el sector de la economía para explicar las variaciones en los ingresos mensuales. Al mismo tiempo, las mujeres siguen estando sobrerepresentadas en los segmentos del merca­do peor pagados y menos protegidos; y expresan mucha mayor inseguridad en relación a la supervivencia básica del hogar y al bienestar que los hombres. Los investigadores sugieren que la sección más vulnerable de la población trabajadora es la de las mujeres clasificadas como "trabajadoras familiares no remuneradas", quienes no tienen acceso a un ingreso propio.

A pesar de algunas tendencias positivas, la segregación por género sigue siendo una constante en los mercados laborales. La brecha en los ingresos también permanece grande, no puede explicarse por diferencias en capacitación ni por segmentación del mercado laboral, y sugiere que existe algún grado de discriminación directa.

Expectativas de vida

El segundo componente del Índice de Desarrollo de Género se refiere a las expectativas de vida, que representan diferencias de género en salud y bienestar físico. Las tasas de mortalidad según la edad favorecen a las mujeres:

  • Aunque se conciben más machos que hembras, los machos son más vulnerables, tanto antes como después del nacimiento. Más niñas nacen, y más niños mueren durante los primeros años de vida.

  • Las mujeres, en promedio, viven más tiempo por razones hormonales.

Una inversión de este patrón generalmente significa que existe discriminación de género contra las mujeres. Por otro lado, una disparidad superior al promedio a favor de las mujeres indica desventajas masculinas.

Las expectativas de vida en general se aproximan bastante a la distribución regional del ingreso, son superiores a los 75 años para los países de la OECD, mientras que van de 64 a 72 años en América Latina y el Caribe; alrededor de 55 en el sur de Asia, y de 46 a 53 en el África subsahariana. Las expectativas de vida de las mujeres se conforman también a la distribución regional del Producto Nacional Bruto per cápita. En 1970, África subsahariana tenía el menor nivel de expectativas de vida femenina (alrededor de 45 años), seguida por Asia del Sur (47), Oriente Medio y África del Norte (54). Asia oriental, el Pacífico y América Latina y el Caribe tenían niveles más altos. Para 1997 se habían obtenido en todo el mundo aumentos en las expectativas de vida, pero los países más pobres del África subsahariana tuvieron los menores. Los niveles absolutos de expectativas de vida, incluyendo los niveles para las muje­ res, diferencian a los países ricos de los pobres. En los países pobres, la diferencia se establece entre los pobres y los más pobres. Uno de los factores que produjo variaciones en las expectativas de vida de las mujeres es la mortalidad materna. Hay dos maneras de medirla:

  1. La razón de mortalidad materna, que mide el riesgo que tiene la mujer de morir debido a un embarazo, se expresa por el número de muertes por 100 mil partos exitosos al año. Las Metas de Desarrollo del Milenio incluyen un compromiso para reducirla.

  2. La tasa de mortalidad materna, que mide el número de muertes maternas en un año por 100 mil mujeres en edad reproductiva, da cuenta del riesgo que representa el embarazo, y el riesgo de morir por causas relacionadas con él. Como fácilmente se deduce, esta tasa disminuye a medida que la fertilidad disminuye.

Como las expectativas de vida totales y las de la mujer en particular, la mortalidad materna parece estar fuertemente relacionada con el Producto Nacional Bruto per cápita . La brecha entre países desarrollados y países en desarrollo es mayor en términos de mortalidad materna que medida con cualquier otro indicador. Esto incluye mortalidad infantil, que es la medida más usada en la desventaja comparativa.

Las diferencias de género en expectativas de vida están ligadas más estrechamente a los patrones regionales de organizaciones familiares y de parentesco que a los niveles regionales de pobreza. Existe una estrecha correlación entre la clasificación de regiones del mundo en desarrollo por razones de actividad económica mujerhombre y por razones de expectativas de vida mujer-hombre. A pesar de sus mayores niveles de pobreza, el África subsahariana tiene un mayor grado de igualdad de género en expectativas de vida que algunos de los países con altos ingresos de Asia occidental, norte de África y sur de Asia. Mientras que el porcentaje de mujeres candidatas a sobrevivir la edad de 65 años en 1999 era más alta que la de los hombres en todo el mundo, la diferencia era menor en las regiones de "patriarcado extremo". Existen también variaciones subregionales en diferencias de género que reflejan variaciones en sistemas familiares y de parentesco dentro de las regiones.

Estimados de la razón de mortalidad materna

Estimados gubernamentales de las razones de mortalidad materna dados a conocer por la Organización Mundial de la Salud (WHO) muestran que África tiene las razones más altas, particularmente África occidental. Cifras de hasta 2 900 por cada 100 mil partos se encontraron en Mali, y de 500 a 1 500 en Ghana. En Asia varían de 600 en Bangladesh a 900 en Papúa Nueva Guinea. Y de 10 a 50 en China y de 9 a 42 en la República de Corea. Las razones en América Latina y el Caribe varían considerablemente, pero tienden a ser más bajas que las del África subsahariana y el sur de Asia.

Hay algunas limitaciones para el uso de las expectativas de vida como medida de la desigualdad de género. Por ejemplo, una comparación entre Bangladesh y Gambia mostró que el país africano tenía más altas expectativas de vida para las mujeres que para los hombres, mientras que Bangladesh mostraba el patrón de "patriarcado extremo" de mayores expectativas de vida para los hombres. Sin embargo, análisis más detallados comprobaron que las mujeres en edad reproductiva en ambos países tenían una desventaja particular: había una alta tasa de mortalidad relacionada con la maternidad, así como anemia nutricional, entre mujeres embarazadas y lactantes.

Las razones de sexo

Las razones de sexo de las poblaciones son otro indicador de discriminación de género a nivel de las oportunidades básicas de supervivencia. Las más altas expectativas de vida de las mujeres deberán producir, lógicamente, una mayor cantidad de mujeres que de hombres. Consecuentemente, el tener más hombres en un país o región es el reverso de la aplicación biológica de las diferencias de sexo. Sin embargo, en algunas regiones las desventajas de género sobrepasan y tienen resultados inversos a los patrones biológicos. Esto ha conducido a una situación: en el mundo hay un déficit de más de un millón de mujeres.

Un examen de las razones de sexo, hecho en los años ochenta, encontró que las poblaciones del Medio Oriente, zonas del norte de África, el subcontinente indio y China estaban caracterizadas por "razones de sexo masculino", es decir, razones de más de 105 hombres por cada 100 mujeres. Países de América del Norte y Europa tenían un promedio de 105 mujeres por cada 100 hombres, mientras que el África subsahariana tenía 102 mujeres. Sin embargo, había mucho menos mujeres que hombres en países del Medio Oriente como Turquía (95), Egipto e Irán (97) y Arabia Saudita (84); en el sur de Asia, la India (93) y Pakistán (92); y en el Asia oriental, países como China (94).

Las razones de sexo masculino están asociadas a altas tasas de mortalidad femenina en los grupos de mujeres más jóvenes. Esto ha empeorado en algunos países por una alta mortalidad de mujeres en edad reproductiva. Por ejemplo, un análisis de 40 países en desarrollo (excluyendo la India y China) mostraron que el exceso de mortalidad femenina entre los niños es muy marcado en el Medio Oriente, y cerca de la media en América Latina y el África subsahariana. La "geografía" de género de las razones de sexo se refleja en la distribución regional de una fuerte preferencia por los hijos varones. Patrones de discriminación de género parecen ser particularmente intransigentes en el sur de Asia.

Logros educacionales

La educación es la tercera de las capacidades incluida en los estimados del Índice de Desarrollo de Género. Es también importante para las Metas de Desarrollo del Milenio, tanto en términos absolutos (aumentando los logros totales, particularmente a nivel primaria) como relativos (cerrando la brecha de género en alfabetismo adulto y educación en todos los niveles). Lograr la educación universal, aun a nivel primaria, es un desafío formidable que tiene un poderoso componente de género. De acuerdo con la UNICEF, más de 130 millones de niños en edad escolar en el mundo en desarrollo están creciendo sin acceso a la educación básica. Cerca de dos de cada tres niños en el mundo en desarrollo que no reciben educación primaria son niñas. África subsahariana tiene las más bajas tasas de inscripción primaria, con 57%, seguida por el sur de Asia con 68%, Oriente Medio y el norte de África con 81%, y América Latina y el Caribe con 92 por ciento.

El Índice de Desarrollo de Género muestra un patrón regional del logro en educación primaria, secundaria y superior de las mujeres (y total) que refleja niveles de riqueza y de pobreza. El logro educacional total es el mayor, y las desigualdades de género también han sido erradicadas en gran parte en los países pertenecientes a la OECD. Tasas de inscripción mujer-hombre eran de 99% en 1990, mientras que en los países menos desarrollados están aún en 84 por ciento.

El patrón regional de diferencias de género en alfabetismo adulto –producto de los logros educacionales del pasado– sugiere la influencia de los patriarcados locales. El alfabetismo femenino como porcentaje del masculino en 1992 más alto fue el de América Latina y el Caribe (97%), seguido por el sureste de Asia/Pacífico (90%), Asia oriental (80%), África subsahariana (66%), los estados árabes (62%) y el sur de Asia (55%). Sin embargo, los patrones regionales en logros actuales educacionales, medidos por las tasas de inscripción a primaria, sugieren que esta influencia de los patriarcados puede haber disminuido por el crecimiento económico. Todas estas regiones, excepto el África subsahariana y el sur de Asia, muestran altas tasas de inscripción mujer-hombre (92 a 98%). Esto refuerza el descubrimiento de que el crecimiento económico en las naciones que han alcanzado un cierto nivel de ingresos ayuda a cerrar la brecha de género en educación, independientemente de las diferencias regionales en relaciones de género.

Diferencias en los patriarcados regionales pueden explicar la disparidad entre el sur de Asia y el África subsahariana. La reducción de la pobreza y otros logros educacionales, tanto para muchachas como para muchachos en los niveles de primaria, han sido mayores en el primer caso. Por ejemplo, las tasas de inscripción femenina a primaria han aumentado arriba de 80% en el sur de Asia para 1995, mientras que el África subsahariana tenía el 60%. Sin embargo, las desigualdades de género seguían siendo mayores en el sur de Asia. Los logros mujer-hombre en el nivel de primaria eran de 75%, mientras que en África subsahariana eran de 85%. A nivel secundaria, donde las tasas son generalmente inferiores, la razón mujer-hombre estaba alrededor de 14% en la primera y 40% en la última.

Crecimiento rápido, urbanización e industrialización en Asia oriental y el sureste de Asia parecen haber conducido a ambas regiones a tasas rápidamente declinantes de fertilidad, así como a más altos niveles de logros educacionales de jóvenes de ambos sexos. Sin embargo, hay indicios de que la educación de los niños en algunos países de Asia oriental se logró a expensas, y muchas veces con la contribución, de las niñas. En Taiwán las hijas, por ejemplo, recibieron el mínimo de educación precisa para permitirles tener empleos "femeninos" en fábricas y empleos de cuello blanco, y sus sueldos fueron empleados luego para subsidiar una mayor inversión en la educación de los hijos.

Desventajas masculinas

Desviaciones muy marcadas de los patrones esperados de la diferencia de género pueden revelar desventajas no sólo femeninas, sino también masculinas. A continuación se exponen algunos ejemplos relacionados con expectativas de vida y educación.

Expectativas de vida

Situaciones en las que se presenta una posible desventaja masculina en cuanto a expectativas de vida pueden ilustrarse con los siguientes ejemplos:

  1. Razones mujer-hombre inusualmente altas se encontraron en el grupo de niños de 5 a 9 años de edad en algunas de las regiones más pobres de la India. Entre los grupos más excluidos socialmente (castas y tribus "catalogadas"), servicios de salud e infraestructura deficientes hicieron que pocos niños sobrevivieran.

  2. Las expectativas de vida de los hombres han disminuido más dramáticamente que las femeninas en Europa oriental desde que esos países se embarcaron en la transición económica. Esto se debe probablemente a la tensión causada por el sentimiento tradicional de que el hombre es el proveedor principal del hogar y el que toma las decisiones en la familia. Las tasas de enfermedades cardiovasculares, de suicidio y de alcoholismo en Rusia, por ejemplo, son significativamente mayores para los hombres que para las mujeres.

El primer ejemplo indica la necesidad de mejorar el acceso a y el suministro de facilidades de salud en las áreas más pobres y aisladas del sur de Asia. El segundo muestra los "costos" que la rigidez en las identidades de género pueden imponer a los hombres. Modelos más igualitarios de relaciones de género podrían haber permitido que el costo de la transición se compartiera con mayor igualdad. Desgraciadamente las mujeres parecen encontrar más fácil –o más imperativo– compartir la carga del suministro económico de lo que los hombres encuentran compartir la carga del trabajo doméstico.

Educación

También hay indicios de desventajas masculinas en logros educacionales en algunas regiones, particularmente en las zonas de habla inglesa del Caribe. Las mujeres con 70% de los graduados de la Universidad de las Indias Occidentales. En Jamaica, los menores logros de los muchachos son evidentes a nivel primaria, y se amplían subsecuentemente. Las ideas prevalecientes de masculinidad y feminidad consideran al hombre dominante, propio para la esfera pública, fuerte, etc., y a la mujer, sumisa, propia para la esfera privada, sensible, etc. Estos valores son internalizados por los hijos y estructuran sus interacciones en el hogar, en la escuela, en el trabajo y en la comunidad. La realidad, sin embargo, es que las mujeres siempre han trabajado fuera del hogar. Así, mientras los procesos de socialización equipan a las mujeres para la disciplina de la vida de estudios, su independencia relativa les permite tomar ventaja del mercado laboral y de las oportunidades políticas. Sin embargo hay pocos motivos que alienten a los hombres a participar en un sistema educativo basado en valores y en un idioma que se percibe como "afeminado".

Aunque la falta de logros masculinos en educación es una fuente de preocupación, debe notarse que no se traduce en desventajas masculinas en el mercado. Datos de los años noventa muestran que la participación de las mujeres en la fuerza laboral, y en los sectores formales de sus economías, es menor que la de los hombres. Las mujeres tienen mayores tasas de desempleo y tienden a ocupar los empleos peor pagados.

Sumario

Las medidas de las capacidades humanas discutidas en esta sección han hecho un número de contribuciones útiles para comprender la relación entre género y pobreza:

  • Ayudan a monitorear diferencias en logros básicos a lo largo de los países y del tiempo.

  • Ponen atención a las diferencias regionales que existen en las relaciones de género y de parentesco –y de patrones asociados de desigualdades de género– que no son necesariamente los mismos que los patrones regionales de ingreso o de pobreza.

  • Revelan algunos aspectos de la desigualdad de género que parecen ser elásticos a lo largo del tiempo e inmunes al crecimiento económico, y otros que no lo son.

Al mismo tiempo, puede buscarse la forma de que los indicadores del Índice de Desarrollo de Género sean más sensibles a las disparidades de género en los países más pobres. Si se logra que los datos de disparidad de género en salarios en toda la economía, y no sólo en el sector formal, sean más amplios, tendríamos una mejor medida de las oportunidades económicas. La expectativa total de vida puede ser una medida útil del desarrollo, pero disfraza diferenciales específicos de edad en la mortalidad, y esconde desventajas de género en los grupos en edad reproductiva.

Evaluaciones Participativas de la Pobreza (PPA)

La pobreza desde la perspectiva de los pobres

Un creciente cuerpo de trabajo explora la experiencia de la pobreza desde la perspectiva de los pobres. Esas Evaluaciones Participativas de la Pobreza (PPA) emplean gran variedad de métodos, principalmente cualitativos (incluyendo grupos focales, discusiones a profundidad con informantes clave y varias técnicas visuales como matrices, gráficas y diagramas). Se originaron a raíz de los primeros intentos de los practicantes en el campo de promover apreciaciones y evaluaciones de proyectos de desarrollo, a través de un rango de técnicas conocidas colectivamente como Apreciación Rural Participativa (PRA). Los acercamientos participativos cobran más y más importancia en los ejercicios de evaluación nacional de pobreza llevados a cabo por agencias internacionales de desarrollo. Sin embargo, emplean predominantemente las discusiones de grupos focales, no todo el rango de métodos arriba mencionados.

Los acercamientos por Evaluación Participativa de la Pobreza han hecho algunas contribuciones clave a nuestra discusión. Entre ellas figuran las siguientes:

  • La pobreza es un fenómeno multidimensional que incluye no sólo privaciones económicas, sino también varias formas de vulnerabilidad .

  • Los pobres se preocupan no sólo por satisfacer sus necesidades inmediatas de alimento, sino por una gran variedad de metas a largo plazo, tales como seguridad, acumulación, posición en la sociedad y autorrespeto (pero la pobreza puede forzarlos a aceptar relaciones patrón-cliente humillantes, a ser diariamente explotados en su trabajo, o a alguna serie de situaciones igualmente dolorosas).

  • Los pobres emplean una serie de medios para conseguir sus metas, que incluyen empleo casual o asalariado, empleo asegurado, cuidado de ganado y animales, microcultivos, migración estacional, trabajo sexual, pedir limosna y hurtos).

  • Los pobres tienen una variedad alterna de recursos aparte de su trabajo, entre los que se incluyen:

    1. Recursos humanos: tienden a ser, entre los más pobres, trabajo básico para el que no se requiere capacitación.
    2. Recursos materiales: valores físicos e inventarios, préstamos en efectivo o en especie, recursos de propiedad común.
    3. Recursos "sociales": reclamos que pueden ejercer como resultado de su pertenencia a ciertas redes sociales, asociaciones y relaciones. Además dependen de las redes de seguridad informales formadas por sus parientes y su comunidad, que pueden sacarlos a flote en los tiempos de crisis.

Inseguridad y vulnerabilidad

El Informe sobre Desarrollo Mundial del año 2000, del Banco Mundial, incluía la inseguridad como una de las dimensiones clave de la pobreza. El BM califica ciertos porcentajes de población por arriba de la línea de pobreza como "vulnerables", porque enfrentan el gran riesgo de caer por abajo de ella. La vulnerabilidad se ha convertido en un aspecto integral del análisis de la pobreza, y es a la vez:

  • Objetiva, por la exposición a los riesgos, choques y tensiones que soportan los individuos, y por su inhabilidad de lidiar con ellos sin sufrir pérdidas dañinas sostenibles (es decir, perjudicar la salud, vender propiedades productivas, sacar a los hijos de la escuela).

  • Subjetiva, por la impotencia que se siente ante todo tipo de amenazas.

La vulnerabilidad estudia las fluctuaciones en el bienestar de los pobres y los movimientos dentro del hogar hacia –y fuera– de la pobreza a través del tiempo. Por ejemplo, entre los grupos vulnerables de que habla la UNICEF en su crítica del ajuste estructural están los "nuevos pobres", aquellos que fueron expulsados del sector público cuando éste se redujo.

Un examen de 22 evaluaciones de pobreza nacional llevado a cabo en el África subsahariana a mediados de los años noventa identificó los siguientes temas entre las dimensiones de la pobreza:

  • Inseguridad en la alimentación (comidas irregulares y periodos de escasez de comida).

  • Exclusión de los servicios sociales (por razones financieras, pero también debido a falta de infraestructura y/o el comportamiento de los proveedores).

  • Falta de bienes productivos (p. ej. molinos, ganado, crédito, carros de bueyes, redes de pescar, radios, bicicletas y tierras).

  • Vivienda de mala calidad.

  • Irregularidad en los flujos de ingreso.

  • Impotencia (no ser escuchados en su comunidad).

Además, la pobreza tendía a estar asociada a la dependencia. Los pobres trataban de amarrarse a relaciones patrón-cliente, frecuentemente en términos que los rebajaban, para obtener protección en los tiempos de crisis. En la pobreza extrema se encuentran los viejos, los discapacitados y, en algunos casos, los hogares encabezados por mujeres. Estos son totalmente dependientes de la ayuda de otros para sobrevivir.

Evaluaciones de la pobreza por medio de acercamientos cualitativos y en contextos específicos pueden enriquecer el análisis de la pobreza en las siguientes formas:

  • La información que produce no está determinada de antemano, sino que emerge de los procesos de recaudación de datos. Esto permite que los descubrimientos obtenidos en exámenes cuantitativos puedan ser verificados e interpretados. También puede ayudar a corregir conceptos equivocados muy arraigados.

  • Pueden dar lugar a un análisis de la pobreza más dinámico, al atraer la atención a sus causas y procesos ocultos, así como a su descripción.

  • Ponen de relieve los factores que conectan las medidas de las políticas a nivel macro y los resultados a nivel de individuos, hogares y comunidades.

Necesidad de políticas amplias para encarar la pobreza

Las Evaluaciones Participativas de la Pobreza han demostrado las conexiones entre diferentes aspectos de ésta. Subrayando la necesidad de un acercamiento amplio a la reducción de la pobreza. La mala salud, por ejemplo, resultó ser una causa importante y consecuencia, a la vez, de la pobreza. Sin embargo, las políticas de salud que sean independientes de medidas que provean de agua potable no serán muy efectivas donde existe una gran incidencia de enfermedades transmisibles por el agua. En forma similar, el hambre disminuye la asistencia a las escuelas así como la capacidad de aprender, mientras que la ayuda en alimentos para la educación contribuye a mejorar ambas.

Evaluaciones Participativas y género

Las Evaluaciones Participativas de la Pobreza tienen gran potencial para capturar algunos de los aspectos de la pobreza dependientes del género, como son los siguientes:

a) Desventajas que afectan más a las mujeres pobres

Al respecto proporcionaron gran número de ejemplos, entre los cuales están:

  • La mayor carga de tiempo de las mujeres ("pobreza de tiempo") en África.

  • Violencia doméstica. Desigual poder de decisión y cargas de trabajo.

  • Causas desproporcionadas en Vietnam: las mujeres también eran vistas como "herramientas" en tiempos de penuria (p. ej. las muchachas eran vendidas a extranjeros para sacar a la familia de la pobreza).
b) Conexiones entre producción y reproducción

Hicieron más visibles las conexiones entre producción y reproducción. Por ejemplo, la habilidad de los pobres en Guinea-Bissau para generar ingresos se redujo porque la degradación ambiental los obliga (a las mujeres, especialmente) a pasar cada vez más tiempo en los trabajos rutinarios del hogar, como recoger leña y acarrear agua.

c) Variaciones en las relaciones dentro del hogar

Aclararon que en algunos países (p. ej. Ghana y Zambia) las mujeres y los hombres tenían:

  • Bases sustancialmente diferentes en sus actividades para ganarse la vida.

  • Un alto grado de separación de los ingresos del hogar.

  • Una separación asociada a responsabilidades familiares.

La antropología ha documentado esto, pero apenas lo ha registrado en el análisis económico dominante, que continuaba considerando a los hogares como caracterizados por la unión de los recursos de los miembros.

d) Vulnerabilidad de hogares encabezados por mujeres

En algunas partes de África como Benin, Kenya, Rwanda y Sierra Leona, se demostró que los hogares encabezados por mujeres eran más vulnerables a la pobreza. Remesas de miembros ausentes de la familia (hombres) eran un importante factor para determinar si los hogares encabezados por mujeres eran pobres o no en Cabo Verde, Mauritania y Uganda. En Ghana, los hogares encabezados por mujeres estaban asociados a la pobreza en el norte, pero no en el sur.

e) Diferencias de género en prioridades

Demostraron que mujeres y hombres a menudo tenían diferentes preocupaciones y prioridades. El estudio hecho en Zambia hizo ver que las mujeres atendían más a las necesidades básicas, mientras que los hombres preferían la posesión de valores físicos. En Gambia, tanto mujeres como hombres daban prioridad al ingreso. Sin embargo, mientras las mujeres ponían a la salud en segundo lugar, los hombres daban esa prioridad a la educación. La distancia a la que el agua potable estaba, y su calidad, fueron preocupaciones expresadas casi exclusivamente por mujeres en el África subsahariana, lo cual reflejan su responsabilidad primaria en esta área. Es necesario el conocimiento de las diferentes prioridades para predecir, por ejemplo, los aumentos en el flujo de dinero a los hombres (¿comprarán más ganado o satisfarán las necesidades de alimento?) o para imponer tarifas a los usuarios de salud y educación.

f) Desigualdades relacionadas con las
políticas y tratamiento desigual

Mostraron cómo las desigualdades relacionadas con las políticas reforzaban las desventajas económicas de las mujeres en su lucha por la vida. En Guinea-Bissau, África del Sur y Zambia, las mujeres eran a menudo ignoradas en la distribución de créditos, extensiones agrícolas, etc. Kenya fue el único país donde los servicios de extensión agrícola no eran discriminatorios de las mujeres. Las consultas con los pobres llevadas a cabo en todo el mundo para elaborar el Informe sobre Desarrollo Mundial (WDR) de 2001, demostraron que las instituciones estatales no se hacían responsables de los pobres. Por el contrario, trataban a la gente pobre con arrogancia y desprecio. Una Evaluación Participativa de la Pobreza de Tanzania, por ejemplo, destacó la brusquedad de todo el personal de salud. Esto se explica en parte porque los empleados públicos tienden, casi por definición, a estar en mejores condiciones, tener mayor preparación o estar mejor conectados que los demás miembros de la sociedad. A menudo reproducen las desigualdades de clase, de género, de casta y de estatus que se dan en el dominio privado en sus acciones e interacciones con el público.

g) Falta de acceso de las mujeres a los recursos

Hicieron notar los problemas encarados por las mujeres para tener acceso a la tierra. En Vietnam, a pesar de que había una ley de 1993 que daba derechos a la mujer a la posesión de la tierra por herencia, eran los hijos varones quienes las heredaban, como dictaban las antiguas costumbres. En Kenya y Tanzania, donde las mujeres poseían derechos legales a la tierra, las costumbres prevalecían, y pocas mujeres hacían uso de ese derecho. En Camerún, la tendencia hacia la privatización estaba coartando los derechos de usufructo que tenían las mujeres por tradición. Por otro lado, en Guinea-Bissau se demostró que la falta de crédito y otras herramientas, más que el acceso a la tierra, eran las coacciones clave relacionadas con el género. Éstas, a su vez, eran coacciones importantes en el desarrollo socioeconómico del país.

Limitaciones de las Evaluaciones Participativas

Los resultados de las Evaluaciones Participativas han aumentado la comprensión de las dimensiones de género en la pobreza. Sin embargo, lo han hecho en forma irregular y, frecuentemente, incidental. Muchos de estos resultados no tienen referencias a los asuntos de género mientras que en otros el género es empleado simplemente como sinónimo de "mujer". Dos explicaciones clave de este hecho son: a) varios tipos de influencia en el proceso mediante el cual los perfiles de pobreza son compilados y traducidos a políticas, y b) el hecho de que las "percepciones de la gente pobre", al fin y al cabo, reflejan las normas y los valores de la sociedad a la cual mujeres y hombres se suscriben.

a. Varios tipos de predisposición en el proceso

Las Evaluaciones Participativas de la Pobreza, como cualquier otra metodología, son tan ciegas al género o tan sensibles a él como lo sean quienes las elaboran. Los tipos de preguntas hechas, los temas explorados y el rango de información obtenido dependen de lo que cada quien considere relevante. Por ejemplo, un análisis hecho en Bengala occidental habla acerca de la violencia experimentada por los pobres, pero no menciona formas de violencia específicas de género. Los datos obtenidos sugieren, sin embargo, que los ataques sexuales y el acoso a las mujeres en el dominio público y violencia de maridos y otros miembros de la familia en la esfera doméstica son hechos frecuentes, y a menudo relacionados con frustraciones nacidas de la pobreza. Aun cuando la información que generen las evaluaciones participativas sea relevante, pueden ocurrir "pérdidas por transmisión". El equipo de investigación puede carecer de las habilidades necesarias para interpretar e incorporar la información al análisis en el que se basaron las políticas. Por ejemplo, a pesar de frecuentes alusiones en ellas al alcoholismo como causa de la pobreza, nunca se tomó en cuenta en el análisis porque no se ajustaba al modelo de pobreza que se estaba empleando. Sin embargo, el alcoholismo, generalmente problema masculino, a menudo está asociado al desempleo masculino y a la violencia doméstica contra las mujeres, mientas que preparar bebidas alcohólicas es una importante fuente de recursos para las mujeres en el campo.

Otras pérdidas por transmisión pueden ocurrir también cuando el análisis se convierte en documento de políticas. Un proceso de revisión del Banco Mundial determina los aspectos que serán incluidos y cómo éstos serán traducidos a medidas prácticas. A veces parece que el BM quisiera imponer sus propias ideas sobre la pobreza, como se advierte en el Informe sobre Desarrollo Mundial de 1990, más que basar sus acciones en el resultado de los estudios. Por ejemplo, la educación femenina (particularmente la inscripción de niñas a la escuela primaria) es a menudo la más importante recomendación relativa a los asuntos de género, más que cualquier otra prioridad recomendada por las Evaluaciones Participativas de la Pobreza. Esto parece reflejar la posición del banco, pero no hay duda de que muchos padres rurales se oponen frecuentemente a que sus hijas reciban una educación.

b. Las percepciones de los pobres reflejan normas y valores sociales

Las observaciones de las Evaluaciones Participativas de la Pobreza pueden también dejar de incluir temas de género debido a las "percepciones de los pobres". Estas percepciones a menudo reflejan normas y valores que no dan ningún peso a las desigualdades de género ni a violaciones de derechos humanos de las mujeres. Además las mujeres suelen aceptar sin reservas este sistema de valores: están convencidas de que su valor como seres humanos es inferior al de los hombres. Por ejemplo, tanto hombres como mujeres en Guinea consideraban las cargas de trabajo más pesadas de las mujeres, así como el dominio de los hombres en la toma de decisiones públicas y privadas, como hechos "naturales", no injustos, en la organización de las relaciones de género.

Confiar en la gente pobre para definir sus condiciones puede también ocultar temas mayores de desigualdad, muchos de ellos referentes a las mujeres. Estos incluyen aborto e infanticidio, preferencias en la distribución de salud y nutrición dentro de la familia, explotación de las mujeres jóvenes por las viejas (p. ej. sus suegras). Otro ejemplo es la circuncisión femenina. Este es un medio no sólo de controlar la sexualidad femenina y una amenaza considerable a su salud y bienestar, sino también una forma en que las madres preparan a sus hijas para la adultez. Sin embargo, en las Evaluaciones Participativas de la Pobreza llevadas a cabo en países en que la práctica tiene amplia difusión, hay muy poca referencia a ella. La evaluación de Gambia, por ejemplo, no la menciona; a pesar de que 99% de las mujeres adultas han sido circuncidadas, y de que el asunto ha sido abordado por los grupos femeninos como tema de salud y de derechos.

Aunque la violencia contra las mujeres se menciona en algunas evaluaciones, no se hace alusión al grado de la misma. El uso de violencia o amenazas es claramente un factor importante en el mantenimiento de las relaciones de poder dentro del hogar. Las Evaluaciones Participativas de la Pobreza dan para ella razones que van desde que un marido no recibe sus alimentos a tiempo hasta la suegra que está imponiendo su autoridad sobre la nueva esposa del hijo. La violencia también aparece en situaciones donde las mujeres buscan un cierto grado de independencia, como cuando ganan acceso a préstamos y a trabajo remunerado. Sin embargo, existe también una dimensión de pobreza para la violencia doméstica, ya que la escasez y la crisis económica intensifican las frustraciones de la familia.

Muchos aspectos de la discriminación de género están inmersos en incuestionables y en gran parte ocultas tradiciones y creencias que se consideran herencia biológica o mandato divino. Los grupos subordinados están dispuestos a aceptar y hasta a coludirse con ellos en la sociedad cuando:

a) Poderosas normas culturales o ideológicas explican y justifican la desigualdad.

b) La posibilidad de desafiar estas normas es limitada, y podría acarrear costos personales y sociales muy altos.

Las mujeres pueden pensar que la violencia a manos de sus maridos es una parte aceptable del matrimonio, o una expresión legítima de la autoridad masculina. Tal vez no perciban o no se quejen de la discriminación de género dentro del hogar, y tal vez hasta la practiquen contra sus propias hijas. Estas situaciones, aunque reflejan creencias y prácticas de toda la sociedad, se ven exacerbadas por la pobreza. Pero las creencias y los valores pueden cambiarse a medida que las comunidades van aceptando las nuevas realidades y encuentran nuevas formas "de ser y de hacer", empiezan a cuestionar lo que previamente se aceptaba sin problemas.

Conclusión

Las tres formas expuestas de considerar la pobreza son complementarias, no competitivas. Ofrecen diferentes aspectos y, tomadas en conjunto, proporcionan un entendi­miento más amplio de las dimensiones de género en la pobreza que una sola. Los datos que proporcionan sobre las desigualdades de género en la distribución de las necesidades básicas y de las capacidades en el hogar –junto con los estudios que demuestran que los hogares no necesariamente reúnen los ingresos de todos sus miembros– presentan un serio desafío al modelo unitario de hogar adoptado por los economistas convencionales. Este modelo había dominado previamente los acercamientos a los análisis de pobreza y alimentado muchas de las políticas elaboradas para atacarla.

Así, los economistas han ido dando mayor atención a otros aspectos del hogar. En los modelos de "negociación", por ejemplo, los miembros del hogar "cooperan" en la producción y la reproducción porque el producto de la cooperación sobrepasa los ingresos individuales. En caso de haber conflicto sobre los términos de la cooperación o de la distribución de sus ganancias habrá de tomarse una decisión; a ella se llega por varios caminos: a) negociación, b) el ejercicio, encubierto o descubierto de amenazas, incluyendo amenazas de violencia, o c) sumisión por parte de los miembros subordinados. Alternativamente, los conflictos no resueltos pueden causar el rompimiento de la cooperación cuando el o los miembros optan por la "salida", y se apartan del hogar por completo. La forma en que los miembros del hogar puedan apoyar sus intereses o preferencias reflejará su poder de negociación en relación con los otros miembros.

Estos nuevos acercamientos explican las relaciones desiguales de poder dentro del hogar que los modelos previos no podían explicar. Una importante contribución a la situación es la idea de poder retroceder, como algo que determina el poder de negociación dentro del hogar. Esto se refiere a los recursos que mujeres y hombres son capaces de controlar, independientemente de su pertenencia a dicho hogar. Las mujeres suelen exigir menos el acceso a los recursos del hogar y de la comunidad en aquellas culturas qua las consideran inferiores o menos merecedoras que los hombres. Por otro lado, las mujeres son más proclives a considerarse, y a ser consideradas por los demás, menos merecedoras en situaciones donde su contribución al hogar está confinada al trabajo familiar no remunerado y, por lo tanto, menos visible. Mejorando el acceso de las mujeres a recursos fuera del hogar puede dárseles el poder necesario para desafiar las relaciones de poder dentro de él .

A medida que las mujeres ganen acceso a nuevas formas de recursos, la privación y la discriminación que antes se aceptaban sin discusión van a ser crecientemente cuestionadas. En este proceso de cambio van a jugar un importante papel las políticas que ataquen las dimensiones de género de la pobreza y la discriminación de género en la sociedad. Las políticas públicas pueden promover nuevos modelos de relaciones de género, que ayuden a extender el rango de posibilidades disponibles para las mujeres y los hombres al organizar sus vidas.

Necesidad de respuestas multifacéticas a las desventajas de género

Las mujeres, particularmente las más pobres, enfrentan un acceso extremadamente desfavorable a la tierra y a otros recursos valiosos. Los términos en que participan en el trabajo remunerado, incluyendo el producto de sus esfuerzos, hace muy poco para mejorar su nivel de subordinación dentro de la familia. Suelen ser activamente discriminadas en el acceso a importantes recursos como crédito, insumos agrícolas, servicios de extensión, salidas al mercado, etc. Es evidente que desmantelar estas "desventajas impuestas de género" puede jugar un importante papel en atacar las desigualdades de género dentro del hogar, tanto como en la economía. Una legislación formal en igualdad de género es un medio de atacar formas muy arraigadas de discriminación en el matrimonio y en el trabajo. Al mismo tiempo, es importante tomar nota de que la legislación por sí sola no puede asegurar los derechos de las mujeres si las costumbres y las creencias de la comunidad evitan que sea implementada. Son necesarias una educación y una información sobre estos derechos, junto con una maquinaria efectiva para imponerla y una sociedad civil activa y preparada para tomar acción pública y asegurar su imposición.

 

 



INFORMESSSSSSSS

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El género y el Informe sobre Desarrollo Mundial de 1990

El Informe sobre Desarrollo Mundial de 1990, presentado por el Banco Mundial, menciona en su análisis muy poco sobre la dimensión de género. Señaló que las cifras de salud, nutrición, educación y participación de fuerza laboral demostraban que las mujeres tenían severas desventajas ante los hombres, y que se enfrentaban "a todo tipo de obstáculos culturales, sociales, legales y económicos que los hombres, aun los pobres, no enfrentan. Generalmente trabajan más horas y el salario es menor, si es que algún salario reciben". También hizo notar el gran número de hogares de madres solteras, y sostuvo que "aumentar los ingresos directos de las mujeres es un buen medio de llegar a los niños y de fortalecer el estatus de las mujeres, así como su poder de negociación dentro del hogar". Además, se refería a la predisposición de género en los servicios de extensión agrícola en los cuales muchos, si no la mayoría, de los granjeros eran mujeres. Sin embargo, aunque su discusión de las oportunidades económicas para los pobres cubría un amplio rango de temas –incluyendo infraestructura, derechos sobre la tierra, el sector informal y el cambio tecnológico– el análisis de géneros estaba confinado a un par de temas y a una breve mención del hecho de que las mujeres eran más cumplidas para pagar los préstamos recibidos.

Mayor atención se dio a los temas relacionados con el género en la sección de servicios sociales para los pobres. Estos incluían:

a) desigualdades entre los géneros en educación y alfabetismo

b) altos niveles de mortalidad materna

c) efectos negativos de una alta fertilidad en la salud de las madres.

En términos de políticas, los servicios de planificación familiar, junto con la educación y empleo de las mujeres, fueron considerados factores importantes para reducir las tasas de fertilidad. También sugirió que los cuidados sanitarios primarios dirigidos a las mujeres podrían coadyuvar a reducir la mortalidad materna. Se dio especial atención a la educación de las muchachas. Las becas para muchachas y el aumento de número de profesoras en países que tienen alto grado de discriminación de género fueron recomendados como buenos caminos para combatir la desigualdad, así como políticas de largo plazo para aumentar la participación de las mujeres en el mercado laboral.

El género y el Informe sobre Desarrollo Humano (HDR)

El primer Informe sobre Desarrollo Humano de 1990 apenas mencionó el tema de género. Sí hizo notar que el aumento de hogares encabezados por mujeres ha conducido a una "feminización de la pobreza", y que los problemas de la desigualdad de género eran tan relevantes en el norte como en el sur. También señaló que las mujeres "están generalmente menos calificadas que los hombres y tienden a aceptar empleos peor pagados; tienen menos oportunidades para ascender, y esto las hace menos aptas que los hombres para dar una vida digna a sus familias".

El Informe de 1995, por otro lado, se centró en la desigualdad de género para combinarse con la Cuarta Conferencia Mundial sobre las Mujeres de la ONU, celebrada en Beijing. Este Informe ofreció un análisis mucho más elaborado de los temas relativos al género. Afirmó que el propósito del desarrollo era "aumentar las oportunidades del ser humano, no solamente su ingreso". También sugirió que destruir la desigualdad de género tenía muy poco que ver con el nivel del ingreso nacional y que "la pobreza tiene cara de mujer –de 1.3 miles de millones de personas en la pobreza, 70% son mujeres". Hizo notar que las causas de la "feminización de la pobreza" eran diferentes en el sur y en el norte. En el sur eran "las trágicas consecuencias del desigual acceso de la mujer a las oportunidades económicas". Sin embargo en el norte estaban ligadas a "la situación desigual en el mercado laboral, al trato que recibe la mujer bajo el sistema de bienestar social y al status de poder dentro de las familias". Los intentos hechos para estimar el trabajo no remunerado de la mujer contribuyeron a llamar la atención sobre el tamaño de sus contribuciones al crecimiento económico de sus países.

El Informe sobre Desarrollo Humano concluía que, debido a desigualdades en las estructuras de poder, la igualdad de género no podría lograrse por el libre juego de los procesos económicos y políticos. Por lo tanto, los gobiernos deberían reformar sus políticas e introducir acciones cuyo fin fuera promover la igualdad y asegurar que las mujeres tuvieran acceso a los recursos productivos .

El género y el Informe sobre Desarrollo Mundial de 2000

El Informe sobre Desarrollo Mundial del año 2000 se centró en la pobreza y ofreció una vista más compleja de los géneros que el de 1990. El género era punto importantes de la discusión en temas clave como oportunidades, potenciación y seguridad, particularmente en el de potenciación. Aquí, el informe reconocía la naturaleza institucional de la desigualdad de género y ligaba las desventajas femeninas con reglas familiares, normas de comunidad, sistemas legales y abastecimiento público. Las reglas familiares críticas que ayudaban a determinar el grado de igualdad de género fueron identificadas como:

  • Reglas de herencia, que determinan la propiedad que tienen las mujeres sobre los recursos.

  • Reglas de matrimonio, que determinan la autonomía doméstica de las mujeres.

Pasos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (UNDP) para lograr la igualdad de género

El Informe sobre Desarrollo Humano de 1995 concluyó admitiendo que la intervención de los gobiernos era necesaria para lograr la igualdad de género y ofreció una agenda de cinco puntos para acelerar el proceso que conduce a ese fin:

  1. Multiplicar los esfuerzos nacionales e internacionales con el fin de lograr la igualdad en un periodo de tiempo acordado.

  2. Modificar los acuerdos económicos e institucionales a fin de promover mayores oportunidades para mujeres y hombres en el lugar de trabajo (por ejemplo, permiso de paternidad tanto como de maternidad, horarios flexibles de trabajo, impuestos justos e incentivos de seguridad social).

  3. Que al menos 30% de los puestos que toman decisiones sea ejercido por mujeres.

  4. Programas para asegurar la educación femenina universal, una mayor salud reproductiva y mayor crédito para las mujeres.

  5. Programas nacionales e internacionales para proveer a la gente, especialmente a las mujeres, de más accesos a oportunidades económicas y políticas.

El Informe sobre Desarrollo Mundial del año 2000 pedía enfocar la pobreza desde la óptica del género y hacía notar que una mayor igualdad entre los géneros es deseable, no sólo por derecho, sino también porque "produce beneficios sociales y económicos que favorecen la reducción de la pobreza". Sin embargo, no incluía un análisis del efecto de la predisposición de género en los mercados laborales y otros. Esto indica que el Banco Mundial seguía considerando al mercado como impersonal y, por lo tanto, "neutral al género". Además, este informe no identificó que la desigualdad de género es un factor central de las causas de la pobreza y de la forma que ésta adquiere.

El Informe del Banco Mundial de 2001

El tratamiento más completo que el Banco Mundial ha dado hasta la fecha al problema del género es el Informe sobre Investigación de Políticas titulado "Engendrando el desarrollo: por medio de la igualdad de género en derechos, recursos y voz". Este informe documenta diferentes aspectos de la desigualdad de género, empleando datos provenientes del mundo en desarrollo, así como del mundo desarrollado. Al igual que el Informe sobre el Desarrollo Mundial, "Engendrando el desarrollo" hacía notar la importancia del parentesco en la construcción de la desigualdad de género. Partió de la nueva forma de pensar en la "economía de los hogares" para explorar las estructuras del poder, de los incentivos y de los recursos en el hogar (. También examinó las formas en que las creencias y los valores de los hogares y comunidades interactúan con marcos legales más amplios para reproducir la predisposición de género en las instituciones clave. Entre éstas se hallan las del Estado y las del mercado.

El informe hacía notar que los mercados laborales en todo el mundo tienen una estructura jerárquica en la cual los sectores, las ocupaciones y las actividades están separadas de acuerdo al género. Las mujeres tienden a estar poco representadas en el sector formal de los empleos mejor pagados, y sobrerepresentadas en los sectores informales y sin remuneración (particularmente si son subcontratadas; en empleos temporales, casuales o relativos al hogar). El resultado de ésto es que los ingresos de las mujeres son de 70% a 80% de los ingresos masculinos, tanto en países desarrolla­dos como en los que están en desarrollo. Sólo 20% de esta diferencia puede explicarse en términos de las variables económicas convencionales, como son logros educacionales, experiencia en el trabajo y características del empleo. El informe muestra con claridad que estas desigualdades son perpetuadas por "tabúes y prejuicios" en el mercado laboral.

El informe documenta también la forma en que la globalización está abriendo y expandiendo los mercados nacionales, y señala las ventajas y las desventajas potenciales asociadas a ella. Las ventajas dan señales de que la brecha en salarios entre los géneros está decreciendo en las industrias, tanto en el norte como en el sur. Entre las desventajas están las fallas en la legislación, para evitar la continua discriminación contra las trabajadoras, así como la exposición a las fluctuaciones de la economía global que sufren aquellas que laboran en ciertas industrias. El informe concluye diciendo que "los mercados competitivos pueden no ser la mejor forma de eliminar la discriminación de géneros, y el gobierno juega un papel preponderante en la regulación de los mercados y en el suministro de una infraestructura económica adecuada .

La conclusión de "Engendrando el desarrollo" sugiere una combinación de las estrategias de crecimiento económico pro-pobres de amplio rango promovidas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, y el acercamiento al desarrollo humano basado en los derechos, adoptado por algunos miembros de la ONU y de organizaciones bilaterales de benefactores. Sin embargo:

  • Se inclina más hacia las políticas basadas en el crecimiento que hacia aquellas basadas en los derechos. Considera a los derechos más en términos de regulación que de redistribución, un ejemplo puede ser la eliminación de leyes discriminatorias y la promoción de leyes que concedan mayor igualdad. Además, pone énfasis en los derechos civiles y políticos (y su parte negativa, que es "libre de"), más que en los derechos económicos y sociales (y su parte positiva, que es "libre para").

  • Se ocupa de la desigualdad de género en un sentido amplio, y no presta mucha atención específica a sus ligas con la pobreza.

  • Fue elaborado por la división de investigación del Banco Mundial, y no queda claro si compromete a la institución a adoptar las recomendaciones de su propio trabajo.

Cómo puede el Estado encarar la desigualdad de género

"Engendrando el desarrollo" propone acciones positivas que un Estado puede tomar para reducir la discriminación de género, que causa daños a la sociedad como un todo. Puede "imponer y subsidiar, persuadir y regular, prohibir y castigar, o proveer servicios. Puede prohibir directamente un comportamiento prejuicioso, como cuando exige que las empresas contraten trabajadores por sus habilidades, no por su sexo, y sanciona o multa las violaciones".

El informe propone también una estrategia de tres partes para promover la igualdad de géneros en el proceso del desarrollo:

1. Reformar las instituciones para establecer derechos y oportunidades iguales para mujeres y hombres.

2. Favorecer un acercamiento al desarrollo y al crecimiento basado en los derechos, como la manera más efectiva de reducir la disparidad de género.

3. Tomar medidas activas para rectificar desigualdades persistentes en la intervención política.

El género y las Metas de Desarrollo del Milenio

Las organizaciones internacionales trataron la pobreza y el desarrollo humano en diferentes formas durante los años noventa, y al género le dieron un tratamiento similar. Lo enfocaron principalmente en términos de los sectores sociales, centrándose en las desigualdades en el acceso a la educación, particularmente primaria. Sin embargo, el género ha tenido una participación muy limitada en las políticas económicas y en las estrategias relacionadas con la producción.

Los Objetivos Internacionales de Desarrollo (IDT), en los cuales se basaron las Metas de Desarrollo del Milenio, también encararon el género solamente en relación con las metas del desarrollo humano, y el "progreso hacia la igualdad de género y la potenciación de las mujeres" consistió en la eliminación de la disparidad de géneros en la educación primaria y secundaria. Hubo también un compromiso con los servicios de salud reproductiva y reducción de mortalidad materna –una causa muy importante de muerte de mujeres en los países más pobres– en tres cuartas partes para el 2015. Éstas son metas importantes, pero cerrar la brecha entre los géneros en indicadores de salud y educación no sólo requiere proporcionar mejores servicios, sino que también significa aumentar la acción económica de las mujeres y el valor que se dan a ellas mismas, así como el que les da su comunidad.

Las Metas de Desarrollo del Milenio son sólo un adelanto sobre los Objetivos Internacionales de Desarrollo, porque las mujeres no son todavía parte de la meta de reducción de la pobreza. En vez de eso, las mujeres continúan siendo asimiladas a las metas de desarrollo humano –en relación con educación, mortalidad materna e incidencia de VIH/Sida–. Hay, sin embargo, un buen número de nuevos e importantes temas:

  • La igualdad de género es ya una meta explícita.

  • Los indicadores del progreso para reducir la disparidad de géneros en educación primaria y secundaria incluyen:
    • La relación entre jóvenes de ambos sexos en todos los niveles de educación.
    • Disparidad de géneros en el alfabetismo adulto.
    • Porcentaje de mujeres en empleos remunerados en el sector no agrícola.
    • Porcentaje de mujeres ocupando escaños en los parlamentos nacionales.

Conclusión

Ha costado casi medio siglo que las metas de reducción de la pobreza e igualdad de género alcancen la prominencia que ahora tienen en las políticas principales de las organizaciones. Durante el proceso, la comprensión de la pobreza ha pasado de la identificación inicial con la pobreza del ingreso a un entendimiento multidimensional. Esto incluye tanto sus dimensiones humanas como sus causas estructurales. El entendimiento de los problemas del género ha aumentado también, aunque con mayor lentitud y en forma más dispareja. Esto es político en parte, pues la igualdad de género puede resultar amenazante para el poder y los privilegios de los diseñadores de políticas, en vez de afectar solamente a los conglomerados humanos que ellos contemplan de lejos. Pero también es conceptual en parte, y se encuentra en la naturaleza, los modelos y las metodologías de los análisis macroeconómicos de las tendencias dominantes.

El trabajo de los defensores del género y de los académicos feministas ha servido para mantener los temas de género vivos en la agenda del desarrollo en una forma u otra desde los setenta. Además, las ligas tan claras que se han identificado entre pobreza y desigualdad de género, particularmente cuando las Políticas de Ajuste Estructural (SAP) han sido impuestas, han demostrado que las políticas macroeconómicas seguirán siendo ciegas ante este problema, a menos que el pensamiento macroeconómico tome más en cuenta el análisis de género.

¿Son eficaces las políticas contra la exclusión de género en Europa?

¿Son eficaces las políticas contra la exclusión de género en Europa?

 


La ONG Surt y cinco entidades europeas advierten en un estudio de los “vacíos” en los datos que sirven de base para emprender políticas contra la exclusión de género y proponen alternativas para tener en cuenta la voz de las mujeres.

Todos los países miembros de la Unión Europea tienen en marcha Planes Nacionales para la Inclusión Social con la idea de reducir los niveles de pobreza y desigualdad. A estas políticas se suman las comunes de la UE y acciones a nivel regional y local que también incorporan las cuestiones de género. Entonces, ¿podría decirse que realmente contamos con políticas eficaces contra la exclusión de las mujeres en Europa?

Según la organización Surt, que desde hace más de diez años apoya a mujeres para su inserción sociolaboral, los actuales Planes Nacionales para la Inclusión Social tienen “deficiencias en términos de género” y no disponen de la información suficiente para saber cuál es la dimensión de la exclusión de género en Europa y, en consecuencia, para impulsar políticas efectivas.

Todas estas afirmaciones las hace Surt después de investigar, durante dos años y junto a cinco organizaciones de varios países europeos, cómo viven las mujeres los procesos de exclusión y cómo los gobiernos dan respuesta a sus necesidades. La primera conclusión es que hay “vacíos de datos en muchos ámbitos”, que no se observa con suficiente detenimiento las causas de esta exclusión y que no se escucha la opinión de las mujeres en situación de exclusión, afirma Ángela Gabàs, coordinadora del proyecto en España.

Para entender el proceso que lleva a una mujer a la pobreza, explica Gabàs, es necesario “mirar más allá de las cifras” y tener en cuenta situaciones que quizás son difíciles de contabilizar de manera objetiva pero que juegan un papel importante en la exclusión. “Se trata de tener presente la visibilidad y la posición social de la mujer en el ámbito público y en el privado, su participación en los procesos de decisión en la familia, la distribución de sus tiempos, ver cómo se reparten los recursos familiares...”

En total, el informe publicado por Surt y las otras entidades europeas propone 300 indicadores relacionados con las dimensiones económica, laboral, familiar, la educación y la salud, la vivienda, las redes sociales y la participación política. Son propuestas que utilizan como criterio principal las experiencias de las mujeres entrevistadas y que no se utilizan en las estadísticas que sirven de base para los actuales Planes Nacionales para la Inclusión Social.

Así, desde Surt proponen a los Gobiernos observar cómo se distribuye el poder y las responsabilidades en las familias, ver la autonomía de las mujeres para participar en la vida social y los efectos de las cargas familiares, contabilizar el número de mujeres que trabajan a jornada completa cobrando menos del salario mínimo o a través de la economía sumergida, saber cuántas mujeres tienen deudas acumuladas y qué porcentaje se siente estigmatizada por su situación económica...

Todos estos indicadores deberían sumarse a otros más objetivos y fáciles de obtener, como son las cifras de las mujeres bajo el umbral de la pobreza, la cantidad de guarderías públicas y de centros de atención a ancianos a los que pueden dirigirse las mujeres, las diferencias de horario de las guarderías públicas y los lugares de trabajo, y los datos del paro femenino, entre otras.

Tener más información para diseñar políticas más eficaces

Toda esta propuesta de indicadores es, según Surt, “una invitación a revisar las actuales formas de intervención para luchar contra la exclusión social”, ya que “en muchas ocasiones, las áreas de prioridad de las mujeres no coinciden con las áreas destacadas por los expertos”. “La aplicación de estos indicadores implicaría obtener información sobre muchos aspectos que hasta ahora no son tenidos en cuenta” e implicaría “poder diseñar medidas de intervención mucho más atentas a las diferencias y desigualdades de género”, señala el informe.

Incorporando todos estos indicadores se podría mejorar la calidad de las políticas actuales contra la exclusión social y realmente cumplir las prioridades políticas establecidas por la Comisión Europea, que son: aumentar la participación en el mercado de trabajo, mejorar los sistemas de protección social, acabar con las desigualdades en educación, eliminar la pobreza infantil, garantizar una vivienda digna, mejorar el acceso a servicios de calidad y garantizar la inclusión de personas con discapacidad y las personas inmigradas.

LA FEMINIZACIÓN DE LA POBREZA

LA FEMINIZACIÓN DE LA POBREZA

La mayoría de los 1.500 millones de personas que viven con 1 dólar o menos al día son mujeres. Además, la brecha que separa a los hombres de las mujeres atrapados en el ciclo de la pobreza ha seguido ampliándose en el último decenio, fenómeno que ha llegado a conocerse como "la feminización de la pobreza". En todo el mundo, las mujeres ganan como promedio un poco más del 50% de lo que ganan los hombres.

Las mujeres que viven en la pobreza a menudo se ven privadas del acceso a recursos de importancia crítica, como los préstamos, la tierra y la herencia. No se recompensa ni se reconoce su trabajo. Sus necesidades en materia de atención de la salud y nutrición no son prioritarias, carecen de acceso adecuado a la educación y a los servicios de apoyo, y su participación en la adopción de decisiones en el hogar y en la comunidad es mínimo. Atrapada en el ciclo de la pobreza, la mujer carece de acceso a los recursos y los servicios para cambiar su situación.

La Plataforma de Acción aprobada por la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en Beijing en 1995, identificó la erradicación de la carga persistente y cada vez mayor de la pobreza que pesa sobre la mujer como una de las 12 esferas de especial preocupación que requieren la atención especial y la adopción de medidas por parte de la comunidad internacional, los gobiernos y la sociedad civil.

La Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de las Naciones Unidas debatió la cuestión relativa a la mujer y la pobreza en su 40º período de sesiones, celebrado en 1996, y propuso la adopción de nuevas medidas por parte de los Estados Miembros de las Naciones Unidas y la comunidad internacional, incluida la incorporación de una perspectiva de género en todas las políticas y los programas orientados a la erradicación de la pobreza. Entre las conclusiones convenidas del período de sesiones había medidas encaminadas a la adopción de políticas que garantizaran que todas las mujeres tuvieran una protección económica y social adecuada durante los períodos de desempleo, enfermedad, maternidad, gestación, viudez, discapacidad y vejez; y que las mujeres, los hombres y la sociedad compartieran las responsabilidades por el cuidado de los niños y de otras personas a cargo.

La pobreza en el mundo afecta sobre todo a las mujeres

Un logro importante de la Conferencia de Beijing ha sido el reconocimiento por los gobiernos de que algunos aspectos de la pobreza están vinculados al género. Ello ha dado lugar a los esfuerzos que se realizan por reorientar las políticas de erradicación de la pobreza de manera que aborden específicamente las necesidades de la mujer, especialmente en las zonas rurales. También ha conducido a la introducción de una definición más amplia de la pobreza, en la que no sólo se toman en cuenta las necesidades básicas mínimas, sino que incluye también la denegación de oportunidades y opciones.

La inmensa mayoría de los países que han presentado informes sobre la aplicación de la Plataforma de Acción de Beijing se han referido a las muchas iniciativas emprendidas en esta esfera. Como ejemplo podría citarse:

  • En Uganda se da por supuesto que la meta de erradicar la pobreza masiva antes del año 2017 sólo se podrá alcanzar integrando la perspectiva de género en todas las actividades del plan nacional de acción para la erradicación de la pobreza.
  • El Camerún, Madagascar y el Níger han identificado a las mujeres como uno de los grupos beneficiarios en sus programas nacionales de erradicación de la pobreza.
  • El Senegal ha proporcionado capacitación a los funcionarios ejecutivos de categoría superior en relación con la incorporación de una perspectiva de género en los planes sectoriales de desarrollo.
  • En 1998, el Ministerio de Asuntos Sociales dedicó recursos a proyectos especiales para el fomento de las capacidades empresariales entre las mujeres.
  • En su política de asistencia para el desarrollo, Dinamarca exhorta a que se incluya una perspectiva de género en todos los programas.
  • Singapur ha puesto en práctica un plan para el mejoramiento de la situación de las familias poco numerosas, cuyo fin es facilitar el acceso de las familias de bajos ingresos a la educación y la vivienda.

La mujer y la mundialización

Los efectos negativos de la mundialización de la economía mundial repercuten desproporcionadamente sobre la mujer. La vinculación cada vez mayor de la economía a los mercados mundiales a menudo da lugar a una reducción de los gastos públicos y de los programas sociales, trasladando el costo a las familias, donde suelen ser las mujeres las que llevan sobre sus hombros la carga adicional.

  • China ha informado de que gracias al amplio enfoque adoptado con respecto a la erradicación de la pobreza, la población pobre ha disminuido de 65 millones en 1995 a 42 millones en 1998. El 60% de las personas que se han liberado de la pobreza está integrado por mujeres.
  • Zambia, como la mayoría de los países africanos, está procurando paliar los efectos negativos de los programas de ajuste estructural sobre las mujeres. Está ejecutando un programa de acción social que pagará los servicios de educación y salud que se presten a la mujer.
  • El Programa de Educación, Salud y Alimentación (PROGRESA), establecido en México en 1997, ofrece asistencia a las mujeres pobres en las esferas del empleo, la educación, la salud y la alimentación.
  • La introducción de un salario mínimo en los Estados Unidos y el Reino Unido ha beneficiado a 5,7 millones y 1,3 millones de mujeres, respectivamente.
  • En Georgia, un análisis de los efectos de las inversiones macroeconómicas y las políticas tributarias sobre la mujer sirvió para formular políticas encaminadas a amortizar los efectos negativos de las transformaciones económicas sobre la mujer.
  • En Alemania, un proyecto experimental de asistencia a las madres solteras sin hogar integró a esas mujeres en la sociedad y les proporcionó empleo.

La clave de los cambios

La potenciación del papel económico de la mujer es un factor de importancia crítica para liberar a millones de personas que están atrapadas en el círculo de la pobreza y el hambre. Proporcionando a la mujer acceso a las oportunidades económicas y educacionales, así como la autonomía necesaria para aprovechar esas oportunidades, se superaría un importante obstáculo que entorpece la erradicación de la pobreza.

La concesión de préstamos, especialmente micropréstamos, ha llegado a ser una estrategia muy popular que ha obtenido buenos resultados en la erradicación de la pobreza. Según el Informe sobre la pobreza, 1998 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, en la actualidad los sistemas de concesión de micropréstamos benefician a unos 10 millones de mujeres en todo el mundo. A continuación figuran algunos ejemplos de lo que se ha realizado desde la celebración de la Conferencia de Beijing:

  • En 1997, en los Estados Unidos se concedieron más de 10.000 préstamos, por un total de 67.000 millones de dólares, a mujeres empresarias.
  • En Belice, el Banco del Pequeño Agricultor y la Pequeña Empresa concedió a mujeres el 29% de sus préstamos.
  • El Japón concedió préstamos sin interés a 27.000 mujeres de las zonas rurales.
  • Desde 1994, el 96% de las mujeres palestinas que participaban en proyectos agrícolas se ha beneficiado de los programas de préstamos.
  • En Trinidad y Tabago, la Corporación de Fomento de la Pequeña Empresa ha concedido el 65% de sus préstamos a mujeres.
  • En el Sudán, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (FNUAP) ha proporcionado capital inicial para el establecimiento de empresas comerciales para elevar el nivel de vida de las mujeres de bajos ingresos.
  • En Viet Nam, un proyecto que ha contado con el apoyo del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) ha beneficiado a más de 60.000 mujeres de 198 comunas y 28 provincias, al concederles pequeños préstamos y proporcionarles conocimientos básicos sobre actividades en materia de generación de ingresos.

La Plataforma de Acción de Beijing también exhortó a los países a "emprender reformas legislativas y administrativas con miras a conceder a las mujeres pleno e igual acceso a los recursos económicos, incluido el derecho a la herencia y la posesión de tierras". Sin embargo, el progreso realizado en esa esfera ha sido lento. Sólo un número reducido de países --entre ellos Bolivia, Malasia, la República Unida de Tanzanía y Zimbabwe-- han modificado sus leyes para posibilitar a la mujer el acceso a la herencia de tierras.

Hogares encabezados por mujeres

Tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo se ha producido un aumento en el número de hogares encabezados por mujeres. Por lo general se asume que los hogares encabezados por mujeres que no tienen acceso a remesas provenientes de hombres que trabajan son más pobres que los hogares encabezados por hombres.

  • En la Ley del presupuesto de 1998, Italia asignó 250 millones de liras con el fin de garantizar un ingreso básico a las familias pobres, la mayoría de las cuales estaban encabezadas por mujeres.
  • En la República Islámica del Irán y el Japón se han asignado fondos a programas que integran los hogares encabezados por mujeres de las zonas rurales al empleo productivo.
  • En Singapur se ha puesto en práctica un plan para el mejoramiento de la situación de las familias de bajos ingresos, especialmente las encabezadas por mujeres, con el fin de facilitarles el acceso a la educación y la vivienda.
  • Grecia ha instituido subsidios en beneficio de los hogares que tienen a una mujer como jefe de familia.

GÉNERO

GÉNERO

 

El concepto de pobreza no es nuevo en la historia. Ya a mediados del siglo XVI, en Inglaterra se propusieron leyes para combatirla (the English poor laws, dictadas en 1563, 1572, 1576, 1597 y 1601, en el período isabelino) por diversas razones: la primera, por las circunstancias económicas y por la presión de la población; luego, por cambios en la concepción (basada en el puritanismo y el protestantismo) de lo que los gobiernos podían y debían hacer a favor de los pobres y, por último, por la ambición política de controlar a quienes las elites consideraban súbditos "inferiores" (Dieterlen, 2003). Lo que es relativamente nuevo es la idea de que el Estado (así como los organismos internacionales y los organismos no gubernamentales) deben intervenir de manera continuada y sistemática para mejorar la situación de quienes viven en la pobreza y en la extrema pobreza. Más nueva aún es la comprobación de que las causas de la pobreza y la situación de pobreza misma son diferentes para mujeres y hombres y que, por lo tanto, se necesitan políticas y programas que consideren las diferencias de género en los procesos que originan y mantienen las situaciones de pobreza.

Los modelos explicativos y la forma de medir la pobreza también definen políticas para enfrentarla. Si se mide la pobreza en función de situaciones de carencia y por el método del ingreso, la consecuencia más frecuente es que se actúe sobre las carencias mediante transferencias de subsidios monetarios, cursos de capacitación laboral, pavimentación de calles, saneamiento, provisión de servicios en las áreas de educación y salud, otorgamiento de créditos bajo condiciones especiales, y otras medidas compensatorias de corto plazo (Raczynski, 2003). En cambio, las propuestas que se realizaron en la década de 1960 para disminuir la marginalidad consideraban la provisión de infraestructura urbana, la organización de los grupos marginales y la incorporación al mercado laboral como los mecanismos centrales que ayudarían a esta población a integrarse social y económicamente. Las políticas diseñadas en esa época para reducir la desigualdad social incluían redistribución de recursos por la vía impositiva y políticas sociales y económicas redistributivas, como la asignación diferenciada de recursos a la educación básica en salud y educación y las políticas de discriminación positiva a favor de individuos y grupos desfavorecidos (Raczynski, 2003).

En lo que se refiere a la discriminación por género y por etnia, las políticas propuestas en ambos casos apuntan a políticas afirmativas que favorezcan a las mujeres y a las etnias en situación más desmedrada y a políticas de deconstrucción cultural que tiendan a disminuir los prejuicios valorativos respecto de esos grupos (cuadro 2).

 

Conceptos y propuestas relacionados con la pobreza

 

Conceptos

Dimensiones

Marginalidad

  • Ampliación de servicios urbanos

  • Organización de la población marginal

  • Incorporación al mercado laboral

Vulnerabilidad

  • Apoyo focalizado para fortalecer los ingresos
  • Promoción de nuevas fuentes de ingresos o subsidios
  • Fortalecimiento de redes de protección individuales, familiares o sociales

Desigualdad

  • Redistribución de recursos
  • Políticas sociales y económicas redistributivas
  • Políticas de discriminación positiva
  • Acceso a servicios institucionales

Exclusión

  • Creación de condiciones para una ciudadanía ampliada y para el pleno ejercicio de derechos
  • Políticas sociales integrales
  • Políticas de participación e integración
  • Acceso a servicios institucionales

Discriminación de genero, de etnia y raza

  • Acción afirmativa
  • Deconstrucción cultural
  • Políticas de conciliación entre trabajo remunerado y familia

 

 

Antes de elaborar políticas sobre pobreza es importante hacer una precisión. Conviene distinguir entre, por un lado, las políticas de reducción de la pobreza, que aluden a las causas del fenómeno y a su corrección, y que se relacionan con la gestión macroeconómica, las regulaciones y las políticas institucionales para generar un desarrollo equitativo y evitar las crisis y la desigualdad y, por otro, las políticas de alivio y enfrentamiento (protección social) de la pobreza, que apuntan a disminuir el riesgo social en situaciones de crisis, es decir, buscan atenuar las consecuencias en las diversas manifestaciones de la pobreza. Entre las políticas para reducir la pobreza se pueden distinguir las orientadas a establecer derechos económicos y sociales; entre las de alivio y enfrentamiento de la pobreza se pueden incluir las de carácter compensatorio (de asistencia social) y las orientadas a proporcionar bienes y servicios sectoriales a grupos de población focalizados.

Diversos enfoques de la pobreza de género

 

La agenda de políticas públicas de los gobiernos y de los organismos internacionales muestra una gran diversidad de enfoques ante la pobreza y el género, los que han sido aplicados por separado o combinadamente a lo largo de las tres últimas décadas y se sintetizan a continuación:

  • Enfoque asistencial: Incluye programas específicos para las mujeres pobres, como "grupo vulnerable". Plantea un apoyo a las mujeres teniendo en cuenta sólo sus funciones reproductivas, como esposas y amas de casa. Se aplicó de manera más generalizada en los decenios de 1970 y 1980, pero existen remanentes de él en algunos programas actuales del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Banco Mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).
  • Enfoque basado en la eficiencia: Sostiene que para lograr un mayor desarrollo sería más eficiente considerar al conjunto de la población, hombres y mujeres, en tanto personas disponibles para el mercado de trabajo, o, en una versión más elitista, por el aporte económico que la incorporación de las mujeres educadas, en su calidad de recurso humano altamente calificado, puede hacer a la economía. Lo aplican el Banco Mundial, el BID, la CEPAL, la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
  • Enfoque basado en la equidad: Plantea que mejorar la situación de las mujeres pobres contribuiría a la equidad, puesto que hay una incidencia mayor de pobreza en los hogares encabezados por mujeres, que las mujeres reciben salarios más bajos y que su inserción laboral es precaria y segmentada, lo cual se traduce en una mala calidad de vida y dificulta el logro de equidad. Está presente en los estudios de la CEPAL y la OIT.
  • Enfoque basado en el empoderamiento, el ejercicio de la ciudadanía social y la toma de decisiones: Según este enfoque, relativamente reciente, para que los programas dirigidos a las mujeres y otros grupos (etnias, clases) sean mejores y más eficientes hay que comprometer en su elaboración y ejecución a los propios afectados, reforzando sus capacidades mediante la organización, el mejoramiento de la autoestima, el acceso a recursos materiales y el fortalecimiento de sus redes sociales, para que puedan ejercer plenamente su ciudadanía y tomar decisiones en los planos individual, familiar y social. Lo utilizan el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la CEPAL, el Instituto de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social (UNRISD).

 

Este último enfoque hace hincapié en la promoción de políticas para superar la pobreza que tomen en cuenta todos los factores que causan la pobreza, desde los más personales —falta de autoestima y autonomía, así como la violencia que se ejerce sobre las mujeres— hasta los de carácter social y económico, como el acceso al empleo, la salud, la educación y los servicios técnico-financieros. Para ello propone comprometer en la elaboración y ejecución de estas políticas a los propios afectados y a actores estatales, sindicales y empresariales, y asigna un importante papel a los nuevos criterios de empoderamiento y capital social.

Entre las políticas orientadas a eliminar las desigualdades basadas en el género se encuentran, a su vez, dos conjuntos importantes: las políticas de reconocimiento de las diferencias y las políticas de redistribución, entre las cuales se hallan las de igualdad de oportunidades (Fraser, 1998 y 2000). Las políticas de reconocimiento, que Fraser denomina modelo de la identidad, se refieren a las políticas de reconocimiento de identidades injustamente desvalorizadas. Las de redistribución, en cambio, buscan una transformación o reforma socioeconómica para la solución de la injusticias de género y de etnia.

Las políticas de igualdad de oportunidades se han generalizado en el plano internacional. La igualdad de oportunidades en la tradición política liberal clásica implica que todos los individuos han de tener la misma oportunidad y que las desigualdades que se producen se deben a los distintos méritos que tienen las personas. Es decir, todos han podido utilizar las mismas oportunidades, pero como son diferentes, algunos son más capaces que otros, por lo que terminan siendo desiguales. Existen, por lo tanto, desigualdades injustas que deben ser corregidas, cuando no se ha tenido en el punto de partida las mismas oportunidades, y desigualdades que sólo expresan diferencias de mérito y que son legítimas. Con el propósito de corregir las desigualdades ilegítimas se han diseñado acciones afirmativas destinadas a establecer la igualdad de oportunidades en el punto de partida (Astelarra, 2003).

Sin embargo, como la igualdad de oportunidades de inicio no produce igualdad de resultados, desde una perspectiva democrática se hace hincapié en crear las condiciones sociales para una verdadera igualdad de oportunidades. Pero aunque se partiera de una situación inicial igualitaria, la retribución desigual tendería a perpetuarse de una generación a otra mediante las "herencias" y "sesgos de género", afectando así la igualdad de condiciones y oportunidades de las mujeres.

Las políticas de reconocimiento hacen hincapié en temas relativos a la identidad que define a los grupos discriminados. Su esfuerzo se orienta a que la cultura dominante reconozca los derechos propios de esos grupos. Una de las principales críticas a este enfoque es que podría tender a estigmatizar a tales grupos, al centrarse en la mantención de una identidad que los mantiene segregados de los demás.

Según Fraser, las políticas de reconocimiento y las de redistribución no se excluyen mutuamente.

 

La interrelación de las políticas referidas a la pobreza y al género

 

Las políticas sobre la pobreza con una perspectiva de género cruzan dos grupos importantes de políticas establecidas y puestas en marcha desde hace varias décadas en América Latina: las orientadas a eliminar las desigualdades de género y las dirigidas a disminuir la pobreza.

Al cruzar estos dos grupos se obtiene un conjunto posible de políticas destinadas a reducir la pobreza de género, con orientaciones muy dispares. El despliegue de acciones, proyectos y programas diseñados para disminuir la pobreza de género origina cuatro tipos de políticas combinadas (cuadro 3).

 

Políticas contra la pobreza, con una perspectiva de género

 

Políticas contra la pobreza, con una perspectiva de género

Políticas contra la pobreza

 

Derechos

Compesatorias y sectoriales / servicios

 

Políticas pro
equidad
de género

De reconocimiento

Derechos y reconocimiento cultural

 

De reconocimiento y compensatorias

De redistribución e igualdad de oportunidades

Derechos y redistribución ("casillero vacio")

De redistribución y compensatorias "económicas"

 

En el conjunto posible de políticas que se han aplicado hasta el momento podemos distinguir cuatro tipos, cuyos rasgos más estilizados se indican a continuación:

  • Políticas universales ciegas al género. Son las políticas que no distinguen entre hombres y mujeres. Se las aplicó en diversos sectores sociales, como la educación y el empleo, con el resultado de perpetuar las desigualdades de género.
  • Políticas redistributivas y compensatorias "económicas". Este tipo de políticas se puso en marcha con sesgo más redistributivo en la década de 1960, y más compensatorio y asistencialista frente a la pobreza en el decenio de 1980. Se ha reflejado en muchos programas para las mujeres jefas de hogar que con diversos grados de éxito se han ejecutado en la región. Hacia la década de 1990, los programas dedicados a la pobreza extrema incorporaron una focalización territorial más precisa y una ejecución más descentralizada, con transferencias monetarias dirigidas principalmente a las madres, pero no han modificado la visión de las mujeres en general y de las madres en particular como personas al servicio de otros, ni se han relacionado nítidamente con las políticas sectoriales.
  • Políticas de derechos y reconocimiento cultural. Son políticas más recientes —se han aplicado a partir del decenio de 1990— y tienen como objetivo que se reconozcan los derechos de los grupos excluidos, entre ellos las mujeres. Incluyen principalmente medidas legislativas orientadas a la equidad de género.
  • Políticas de redistribución y de derechos económicos sociales y culturales. A este conjunto se le denomina "casillero vacío", puesto que se trata de políticas para el futuro que no han sido aplicadas en país alguno. Si bien su diseño requiere un equilibrio cuidadoso, no son incompatibles entre ellas, y necesitan voluntad y consenso políticos más vigorosos para su puesta en marcha y ejecución. En especial, estas políticas debieran brindar más autonomía y poder a las mujeres, modificando el desequilibrio de género existente y flexibilizando los roles de género con miras a acrecentar las opciones de hombres y mujeres.

En cuanto al diseño de las políticas sociales, la heterogeneidad de la pobreza obliga a elaborar políticas que sean universales y al mismo tiempo selectivas y orientadas a grupos específicos. No es el mismo tipo de pobreza el de una mujer pobre que es madre adolescente y el de una mujer viuda sin ingresos propios, así como serán diferentes sus necesidades, sus potencialidades y los programas y políticas que deberán formularse para ellas.

Si se considera la pobreza como un proceso que va más allá de una fotografía instantánea (Kabeer, 1998b), queda en claro la importancia de formular políticas heterogéneas, flexibles y adecuadas para encarar las situaciones cada vez más diversas y cambiantes por las que atraviesa la población pobre y para el tránsito continuo de la población entre etapas de bienestar, pobreza e indigencia.

Las políticas orientadas a reducir la pobreza desde una perspectiva de género, por lo tanto, consideran los recursos individuales, familiares y sociales de hombres y mujeres; toman en cuenta el uso del tiempo de ambos géneros; apoyan el fortalecimiento de las mujeres pobres que se hallan en posiciones más débiles; tienen en cuenta la subjetividad y las diferentes necesidades de hombres y mujeres; toman en consideración la dinámica de los procesos de pobreza y por consiguiente las entradas y salidas de la pobreza, y atienden a las relaciones entre diversos aspectos de esos procesos.

 

Evaluación de las políticas sobre pobreza desde una perspectiva de género

 

Una primera medida para evaluar las políticas de género es la de determinar sus fundamentos (éticos, culturales, económicos y otros) y comprobar si las formas de conceptualización, medición y aplicación no han desvirtuado sus objetivos centrales. Es válido preguntarse entonces si con la puesta en marcha de las políticas se avanza hacia la equidad de género o si se han ido gestando nuevas formas de desigualdad, y si en el proceso se afianza la autonomía o la dependencia respecto de los programas (Arriagada, I., 1998). Otro aspecto fundamental es el fomento de la participación activa de hombres y mujeres pobres en el diseño, ejecución y evaluación de los programas e intervenciones sociales que les afectan. Incorporar a la población en la toma de decisiones puede hacer más lento el proceso, pero a la larga redunda en un mayor compromiso con los programas, haciéndolos más sustentables, y en una notable mejora de la autoestima de la población.

Cabe recalcar la necesidad de efectuar una evaluación precisa de los cambios introducidos, para aprender de la experiencia pasada y reciente en el diseño de programas y proyectos sociales. Esto contribuirá a generar una política de género coherente con los objetivos iniciales planteados y a evitar que estos se desvirtúen en su ejecución. Por lo mismo, es preciso evaluar también, y de manera permanente, el impacto diferente en hombres y mujeres de las políticas sociales y económicas. Tal evaluación debe referirse a la totalidad de las políticas, ya que no ha sido ajeno a la experiencia latinoamericana que los efectos adversos de una política (por ejemplo, de una determinada política económica) deban paliarse con otras, como es el caso de los programas sociales compensatorios. Para evaluar los resultados esperados e inesperados de los programas es preciso contar con información actualizada tanto previa como posterior a las intervenciones sociales.

En especial, es necesario velar por la incorporación en la agenda pública de las políticas sobre pobreza con perspectiva de género; fortalecer la voluntad política de llevar a cabo tales políticas; ampliar la cobertura y calidad de los servicios y programas para las mujeres pobres desde una visión de género y evaluar permanentemente el grado de participación y de creciente autonomía de las personas, en especial de las mujeres que son sujeto de las políticas.

 

 

 

 

 

LA POBREZA DESDE UNA PERSPECTIVA DE GÉNERO

LA POBREZA DESDE UNA PERSPECTIVA DE GÉNERO

 

 

La pobreza vista desde la perspectiva de género plantea que las mujeres son pobres por razones de discriminación de género. El carácter subordinado de la participación de las mujeres en la sociedad, por ejemplo, limita sus posibilidades de acceder a la propiedad y al control de los recursos económicos, sociales y políticos. Su recurso económico fundamental es el trabajo remunerado, al cual acceden en condiciones de mucha desigualdad, dada la actual división del trabajo por género en que las mujeres asumen el trabajo doméstico y el cuidado de los hijos de manera casi exclusiva, y la persistencia de formas tradicionales y nuevas de discriminación para el ingreso y permanencia de las mujeres en el mercado laboral. En ningún país se logra el mismo ingreso por igual trabajo entre hombres y mujeres: la existencia de una gran segmentación ocupacional, tanto vertical como horizontal, hace que las mujeres no ocupen los mismos puestos de trabajo ni accedan a los niveles superiores de las ocupaciones a la par con los hombres. A ello se yuxtaponen visiones esencialistas que atribuyen a las mujeres características que las colocan en situación de inferioridad ante los hombres, ligando su potencial reproductivo con la atribución de las tareas reproductivas.La pobreza puede ser vista de doble manera: como privación de la posibilidad de satisfacer necesidades básicas y como privación de los medios para satisfacerlas. Las mujeres son pobres en la medida en que no cuentan con tiempo disponible para buscar las formas más apropiadas de satisfacer sus necesidades, y una proporción importante de ellas carece de ingresos propios.

Así, en el caso de las mujeres, además de medir la pobreza en términos de ingresos adquiere relevancia medir la pobreza en términos de tiempo. Para conocer la dinámica de la pobreza es preciso analizar el concepto de tiempo, sobre todo porque parte importante del trabajo de las mujeres —el trabajo doméstico— no es valorizado monetariamente, pero sí puede medirse en términos de tiempo. Diversos estudios (en especial las encuestas de uso de tiempo) han mostrado que la jornada femenina es más larga que la masculina si en ella se incluye el trabajo doméstico no remunerado que realizan todas las mujeres en sus hogares.

Asimismo, la creciente incorporación de las mujeres al mercado de trabajo no ha significado una incorporación paralela de los hombres a las actividades domésticas y de cuidado: de los hijos, de los ancianos, de otros familiares y de los enfermos.

Por lo demás, las formas tradicionales de medición de la pobreza, que privilegian el ingreso familiar, tiempo que hacen hombres, mujeres, jóvenes, niños/as y adultos/as mayores. Para realizar esta medición se requiere un análisis dinámico de la pobreza y de las formas en que esta aumenta o disminuye a lo largo del ciclo de vida familiar.

En lo que se refiere al trabajo en el mercado laboral, existen cuatro formas de exclusión que afectan de manera más severa a las mujeres:

a) el desempleo

b) las formas precarias de inserción laboral

c) las formas de trabajo no remuneradas

d) la exclusión de las oportunidades para desarrollar sus potencialidades.

A estas formas de exclusión se agregan las desigualdades en las ocupaciones a las que acceden (segmentación ocupacional horizontal y vertical) y la discriminación salarial en el mercado del trabajo.

En síntesis, para analizar la pobreza desde una perspectiva de género hay que hacer visibles diversas relaciones de poder, como las ligadas a las exclusiones, desigualdades y discriminaciones de género en el mercado laboral, el reparto desigual del trabajo no remunerado, el ejercicio de la violencia física y simbólica en contra de la mujer y el diferente uso del tiempo de hombres y mujeres.