Desigualdad de género y pobreza en el mundo
Desigualdad de género y erradicación de la pobreza: promoviendo los medios de vida de los hogares
Introducción
La erradicación de la extrema pobreza es la primera –y más urgente– de las Metas de Desarrollo del Milenio (MDG). Está expresada en términos de dos objetivos:
- Reducir a la mitad la cantidad de gente en extrema pobreza.
- Reducir a la mitad la cantidad de gente que sufre hambre.
El primer objetivo se enfoca a aumentar los ingresos del hogar como un medio importante para llegar a su meta. El segundo busca la reducción del hambre como medida del gasto deseado. Este capítulo trata principalmente del primer objetivo –la dimensión de los medios que pueden lograr la reducción de la pobreza– y los temas de hambre y desnutrición se verán en el próximo. El lugar tan importante que los estudios y políticas de desarrollo han dado al proveedor masculino ha despreciado el papel de la mujer en la provisión del hogar, sobre todo entre los pobres. Este capítulo se propone corregir esa opinión. En la discusión del tema conviene tener en mente dos indicadores más que, a su vez, también son parte de las Metas de Desarrollo del Milenio:
- La expansión del empleo remunerado para las mujeres fuera del sector agrícola (un indicador que está asociado con la meta de potenciación de las mujeres).
- Seguridad en la tenencia de la tierra (indicador asociado a la meta de sustentabilidad del ambiente).
En capítulos anteriores se ha examinado la relación entre desigualdad de género y pobreza de ingresos en un nivel regional amplio. Este capítulo se dedica a examinar estas relaciones en el nivel interno del hogar. Gran parte del material empírico empleado procede del África subsahariana y del sur de Asia (aunque hay ejemplos de otras partes del mundo en la sección final). Enfocar estas regiones puso de relieve algunas comparaciones y contrastes útiles:
- Tienen la mayor incidencia de pobreza en el mundo, así como el mayor número de pobres.
- Ambas zonas son de economía rural agraria, y la agricultura es una fuente importante de empleo para los pobres, especialmente las mujeres.
- Tienen muy poca dotación de recursos.
- El sur de Asia suele describirse como abundante en trabajo –hay una relación persona/tierra alta, y existe también una gran proporción de hogares sin tierras.
- El África subsahariana suele describirse como abundante en tierras y escasa en trabajo. La relación persona/tierra es baja, y la escasez de tierras es insignificante.
- El sur de Asia suele describirse como abundante en trabajo –hay una relación persona/tierra alta, y existe también una gran proporción de hogares sin tierras.
- Estas zonas presentan modelos contrastantes de relaciones de género (aunque haya considerables diferencias internas entre ambas):
- El sur de Asia está dentro del sistema de agricultura masculina y pertenece al cinturón de patriarcado "clásico", caracterizado por formas extremas de discriminación de género.
- El África subsahariana está dentro del sistema de agricultura femenina, sus hogares están organizados en forma menos corporativa y existe una línea divisoria "público-privada" menos estricta.
- El sur de Asia está dentro del sistema de agricultura masculina y pertenece al cinturón de patriarcado "clásico", caracterizado por formas extremas de discriminación de género.
Desigualdad de género y pobreza de los hogares
en el sur de Asia
El trabajo de las mujeres y la supervivencia del hogar
Como se hizo ver antes, la reclusión de las mujeres en regiones de patriarcado extremo explica los bajos niveles de participación femenina en la fuerza laboral. El trabajo en el dominio público, especialmente el trabajo remunerado hecho para otros, significa perdida de estatus para las mujeres y sus hogares. Así, aunque la pobreza empuje a las mujeres a trabajar fuera del hogar, una prosperidad posterior en éste puede obligarlas a regresar a él. Una excepción es el trabajo en el sector público, pues esa es una fuente de empleo adecuada para las mujeres con educación. Al mismo tiempo, el activo papel que las mujeres, incluyendo las procedentes de hogares con más recursos, tienen en las actividades económicas basadas en el hogar, tiende a ser social y estadísticamente invisible. Se le considera una simple extensión de sus tareas domésticas. Esto conduce no sólo a bajos niveles de participación en la fuerza laboral, de acuerdo con la estrecha definición de la Organización Internacional del Trabajo (ILO) (es decir, incluye únicamente las actividades hechas con el fin de obtener un salario o una utilidad), sino también a establecer una fuerte relación entre el trabajo remunerado de las mujeres y la pobreza del hogar. Una discusión de los estudios hechos en la India y en Bangladesh ilustra esto muy bien, al tiempo que señala algunas de las coacciones que las mujeres pobres enfrentan a causa de sus habilidades para contribuir al ingreso del hogar.
La distribución de género del trabajo en áreas rurales
La pobreza rural en el sur de Asia está íntimamente ligada a la falta de tierras, al trabajo rural asalariado y, en la India, a las castas. Durante el siglo XX ha habido un constante declive en el "cultivo propio" como fuente de empleo rural, en parte debido a la creciente falta de tierras. Los hombres se han diversificado en el trabajo asalariado dentro del sector agrícola, así como en varias formas de actividades no agrícolas dentro del sector de la economía rural. También han emigrado a las economías urbanas. Las mujeres, sin embargo, siguen concentradas en las áreas rurales.
India
De acuerdo a estimaciones oficiales, los hogares sin tierra y los que tienen pocas tierras sumaron más de 50% de los hogares rurales en la India en 1992. Los pobres sin tierras proceden en su mayoría de las castas de los "intocables", y también forman la mayor parte de la fuerza de trabajo remunerado en la agricultura y se les encuentra en variedad de actividades fuera de ésta –tales como trabajo no agrícola remunerado, producción pequeña de mercancías, servicios informales dependientes de la casta (barrenderos, comadronas, peluqueros, etc.) y como emigrantes en las áreas urbanas.
Las mujeres pertenecientes a estos grupos no enfrentan las mismas restricciones que las de castas más altas, y tienen mayores tasas de participación en la fuerza laboral que el resto de la población femenina. Sin embargo se les encuentra principalmente en el trabajo agrícola remunerado y entre las formas menos pagadas de trabajo disponible en la economía. Sólo 19% del trabajo femenino de los hogares más pobres estaba involucrado en actividades no agrícolas "estadísticamente reconocidas" (trabajo remunerado en el sector no agrícola, comerciantes y vendedoras autoempleadas). Existe también un marcado patrón regional de participación en la fuerza laboral femenina, que refleja en parte la línea divisoria de género "norte-sur" de la que se habló antes.
Se han dado varias explicaciones sobre la "feminización" del trabajo agrícola asalariado. Algunas de ellas son:
- La pérdida de tierras para la subsistencia y el crecimiento inadecuado de oportunidades de empleo productivo en las granjas familiares.
- Bajos ingresos de los hogares agrícolas y desigualdad en la distribución de la tierra.
- Difusión de la tecnología de la Revolución verde desde los años sesenta, que produjo un desplazamiento del trabajo (como resultado de la mecanización), al tiempo que aumentó la productividad de la agricultura y la demanda total de trabajo; también condujo a un mayor aumento del trabajo femenino que del masculino.
- Un declive en el empleo rural no agrícola y una vuelta a la agricultura, particularmente a formas "subsidiarias" de empleo para las mujeres desde principios de los noventa. Este cambio siguió al derrumbe de los programas gubernamentales diseñados para beneficiar a las áreas rurales, que habían sido financiadas con deuda externa. También ha habido un importante crecimiento del empleo casual femenino.
Bangladesh
Bangladesh también ha sufrido una creciente escasez de tierras, una disminución en el tamaño de las granjas y una diversificación fuera de la agricultura a varias actividades no relacionadas con ésta. La participación de la agricultura en la fuerza rural laboral ha caído dramáticamente (de 85% en 1974, a 66% en 1984/1985). Este cambio fue acompañado por un aumento en otras ocupaciones, incluyendo la construcción (33%), comercio (17%) y transportes (9.9%). Sin embargo, la tasa de participación femenina en la fuerza de trabajo sigue siendo baja, mucho más baja que en la India. En el campo ha aumentado gradualmente de 7%, a principios de los ochenta, hasta alrededor de 17%, en 1996.
Estudios hechos en varios pueblos desde los años setenta y anteriores, demostraron que la contribución femenina a la agricultura era principalmente en los procesos posteriores a la cosecha. Estos procesos empleaban tecnología manual y se llevaban a cabo en el hogar, generalmente como trabajo familiar no remunerado. Los hogares que tenían grandes extensiones de tierra, sin embargo, sí contrataban trabajadoras de grupos sin tierras para substituir a las trabajadoras familiares. Pero el empleo de las mujeres elude generalmente las estadísticas oficiales. Por ejemplo, en 1981 el estimado de participación femenina en la fuerza laboral era de 3%. Sin embargo, un estudio basado en datos de 1985, hecho en cuatro pueblos, encontró que de 8 a 20% de los hogares enviaban a sus mujeres en busca de trabajo remunerado. Entre los hogares sin tierras, las cifras iban de 50 a 77%. Información tomada de 46 pueblos en un mismo distrito confirmaron que de 11 a 24% de los hogares (alrededor del 60% de los hogares sin tierras) tenían mujeres en empleos remunerados. Esto pudiera reflejar: a) una reducción gradual en las restricciones a la participación de las mujeres en la fuerza laboral, debida a la pobreza, y b) nuevas oportunidades de empleo para las mujeres en tareas basadas en el campo debidas a la Revolución verde. Aunque parte de esta labor agrícola de las mujeres es autocultivo, otra parte la ejecutan para obtener un sueldo.
Un examen hecho en 1994 a ocho pueblos, examinados previamente en 1980, mostró un significativo aumento en la contribución de las mujeres a los ingresos de los hogares pobres, lo que evidenciaba una mayor participación de las mujeres en el trabajo remunerado. Mientras que el estudio anterior estimaba que las mujeres contribuían con 24% del ingreso total del hogar, el estudio reciente sugería que estaban contribuyendo con alrededor de 45%. La contribución de los niños había disminuido de 29% a 6%, en parte debido a que muchos más niños iban ahora a la escuela.
Los programas de microcréditos dirigidos a las mujeres en hogares pobres y sin tierras denotan la creciente participación que tienen en trabajos orientados al mercado, así como el aumento en el tamaño de sus contribuciones. Pero esta participación mayor sigue todavía la tradicional división de género en el trabajo en la economía informal. También ha habido en años recientes un aumento en la migración femenina a los pueblos o ciudades, en parte debido al atractivo que representa el aumento de manufactura de ropa para la exportación.
Pobreza en el hogar y trabajo remunerado de la mujer
Además de las restricciones a la movilidad de las mujeres ya anotadas, otra razón que explica la fuerte asociación entre pobreza del hogar y trabajo femenino es que las mujeres pobres reciben sueldos menores que los hombres pobres. Así, aunque sus ganancias se empleen para satisfacer las necesidades básicas del hogar, no son suficientes para sacarlos de la pobreza. Esto es particularmente cierto cuando en el hogar no hay un trabajador hombre que aporte su sueldo. Estadísticas de finales de los ochenta muestran que las mujeres, tanto en la India como en Bangladesh, recibían sueldos de aproximadamente la mitad de los que recibían los hombres por el mismo trabajo, con algunas variaciones regionales, tanto en los sueldos totales como en las diferencias de género.
India
El Examen Nacional de Muestras (NSS) de 1983 demostró que las mujeres provenientes de hogares sin tierra o con pocas tierras tenían los más altos niveles de participación en el trabajo remunerado, mientras que las mujeres de hogares poseedoras de tierras tenían más altos niveles de participación en varias formas de actividad productiva no remunerada. Este trabajo no remunerado jugaba un papel muy importante como "ahorrador de gastos" o "sustituto del ingreso". Sin embargo, hay una importante distinción entre las actividades basadas en la posesión de recursos (cría de animales, agricultura propia) y las que involucran una propiedad común de éstos (combustible y forraje). El primero solían hacerlo las mujeres de hogares que tenían tierras, y el segundo lo hacían las mujeres más pobres. La importancia de esta última categoría de actividad queda demostrada por un estudio hecho en Rajastán, que afirma que 42% del ingreso del trabajo y de los hogares con pocas tierras procedía de recursos de propiedad común, mientras que los terratenientes mayores tenían 15 por ciento.
La mayoría de las mujeres combinaban sus actividades productivas, remuneradas o no, con las tareas domésticas. Por ejemplo, datos sobre el uso del tiempo obtenidos de zonas rurales de Madhya Pradesh afirman que las tareas domésticas ocupaban en promedio 58% del tiempo del de trabajo de las mujeres en una muestra de 155 hogares examinados. Esto subía a 79% en las mujeres de ingresos medios, y hasta 96% en las casas ricas. Alrededor de 50% del tiempo del trabajo de las mujeres se invertía en trabajo familiar no remunerado de tipo agrícola entre los hogares de ingresos medios, contra 5% de los trabajadores asalariados procedentes de hogares sin tierras. El trabajo asalariado ocupaba alrededor de 40% del tiempo de trabajo de las mujeres en ese último grupo, para ser casi nulo entre los granjeros ricos o medianos.
Junto con un alza general de sueldos en el campo, hubo un aumento más rápido en los sueldos reales agrícolas de las mujeres que en los de los hombres, en casi todos los estados. Las disparidades de género en sueldos han disminuido. En total, las percepciones de las mujeres rurales era sólo 52% de lo que recibían los varones en 1972, pero para 1983 habían aumentado a 69%. En Bengala Occidental, los sueldos agrícolas femeninos subieron de 75% de los masculinos a 86% a mediados de los años sesenta y principios de los setenta. La brecha entre sueldos femeninos y masculinos era mayor, y fluctuaba más, en las áreas menos desarrolladas agriculturalmente.
Los estudios sugieren que la habilidad de las mujeres para traducir su educación en mayores sueldos ha aumentado con el tiempo. Estudios anteriores, basados en datos de los años setenta, habían demostrado que el efecto de una educación mayor, aun entre trabajadoras agrícolas no capacitadas, era importante para los hombres, pero insignificante para las mujeres. Sin embargo, un estudio posterior hecho en Bengala occidental encontró que las ventajas adquiridas con la educación eran positivas, tanto para hombres como para mujeres, y, en realidad, un poco mayores para éstas. Una explicación a este hecho puede ser la creciente necesidad de trabajo capacitado emanado de la difusión de las tecnologías de la Revolución verde. Otra puede estar conectada con el aumento del sueldo en el sector público, aunque esto benefició más a los hogares en mejores condiciones (y a los hombres más que a las mujeres). Sin embargo, los diferenciales de género persisten, y en algunas regiones tardan en cambiar más que en otras .
Tareas masculinas y femeninas y niveles de pago |
Un estudio hecho en zonas rurales de Tamil Nadu mostró una marcada división de género en el trabajo agrícola entre las castas de "intocables" sin tierras. Los hombres se han encargado tradicionalmente de arar las tierras, de cavar y de sembrar, mientras que las mujeres se encargaban de acarrear cosas y de arrancar las hierbas malas. Las mujeres ganaban la mitad que los hombres por el mismo número de horas de trabajo. Tanto hombres como mujeres estaban de acuerdo en que a ellos se les pagase más porque su trabajo era "más duro", y porque sería humillante para ellos que una mujer ganara lo mismo que un hombre, aunque el trabajo fuera igual. Cuando la mecanización del arado produjo el desplazamiento de grandes cantidades de hombres, éstos prefirieron quedar desempleados a hacer un trabajo considerado "femenino" por miedo a perder imagen (las mujeres sí aceptaban los empleos masculinos). Esta renuencia de los hombres a tomar empleos "femeninos" parece extenderse más allá de las zonas rurales de Tamil Nadu. Datos de todo el mundo que cubren más de 40 países de ingresos altos, medios y bajos, demuestran que hay muchas más mujeres haciendo trabajo no agrícola propio de hombres, que hombres haciendo trabajos femeninos. Sin embargo, las mujeres continúan recibiendo sueldos "femeninos". |
Bangladesh
Estudios hechos en Bangladesh desde los años setenta muestran una fuerte conexión entre el trabajo remunerado de las mujeres y la pobreza del hogar. Había mayor pobreza en los hogares cuyo proveedor era mujer; la mayoría de ellas venía de hogares sin tierras, y habían empezado a trabajar cuando el ingreso del marido se había hecho insuficiente (debido a enfermedad, discapacidad o empleo muy mal pagado), o también por divorcio o separación. Esas mujeres contribuían con alrededor de 24% del ingreso total de sus hogares, mientras que las mujeres que no tenían empleos remunerados contribuían con uno por ciento.
Exámenes de los hogares hechos en 1994 y 2000 indicaban que el trabajo remunerado en el campo continuaba siendo desempeñado por mujeres pertenecientes a los hogares más pobres, especialmente a aquellos hogares que estaban encabezados por ellas. Un examen nacional a gran escala indicó que la contribución femenina a los ingresos del hogar era significativamente más alta en los hogares más pobres.
Como en la India, los recursos de propiedad común juegan un papel muy importante como ahorradores de gastos en los hogares pobres. Esto incluye recoger combustible y forraje, materiales para construir la casa y algunas frutas y vegetales silvestres; pescar y separar las mieses. Exámenes nacionales efectuados en 1990 mostraron que estas actividades producían alrededor de 4% del ingreso total de hogares con muchas tierras, pero alrededor de 22% en hogares sin tierras o con pocas tierras. Estudios a nivel micro demuestran que las mujeres y los niños hacen una importante contribución a este trabajo.
Género y trabajo en áreas urbanas
La pobreza tiene también una marcada dimensión de género en las áreas urbanas del sur de Asia. La urbanización crece a lo largo del subcontinente, empujada en parte por la búsqueda de empleo de los pobres de las áreas rurales. El porcentaje de mujeres viviendo en áreas urbanas ha crecido de alrededor de 19% en 1970 hasta alrededor de 25% en años recientes.
India
En la India, los trabajadores del sector organizado provienen de las castas capacitadas y de las familias en buena posición. El género refuerza esta segmentación por clase y por casta. Los trabajadores del sector organizado no son sólo hombres en su inmensa mayoría, sino que las mujeres pobres tienden a estar concentradas en los segmentos más casualizados de la economía informal. Censos de la India muestran que la participación femenina en la fuerza laboral en áreas urbanas es menor que la de los hombres, y menor que la de las mujeres en áreas rurales. También parece estar declinando desde los años setenta. Esto puede deberse a que es más fácil combinar subsistencia y trabajo remunerado en áreas rurales. El acceso a alguna forma de trabajo productivo –una pequeña parcela propia, animales y aves o reservas ecológicas– permiten a las mujeres alimentar a la familia, así como obtener un ingreso. En las áreas urbanas, por otro lado, ganarse la vida requiere mayor movilidad, capital financiero y capacidades, incluso para lidiar con empleados de gobierno. Esto coloca a las mujeres en posición más desventajosa.
Por otro lado, las estadísticas oficiales pueden ser todavía menos capaces de capturar la naturaleza de las actividades remuneradas de las mujeres en la economía informal urbana que en la rural. Por ejemplo, un estudio encontró que subcontratar había aumentado de 9.36% en 1970, a 25% en 1993–1994. Esto ha provocado una expansión de la participación de las mujeres en varios tipos de tecnologías de trabajo intensivo, localizadas mayormente en la economía informal.
Esto no había sido detectado por las macroestadísticas. Una gran parte del aumento parece estar asociado a manufacturas orientadas a la exportación .
La "feminización" del trabajo orientado a la exportación |
Grandes y pequeñas empresas de la India han incrementado la subcontratación de mujeres que trabajan en sus casas o en pequeños talleres. Por ejemplo, la producción textil de Tirpur se hacía originalmente en molinos, empleando solamente trabajadores varones. Con la fragmentación del proceso de producción, sin embargo, empezaron a llevar mujeres como "ayudantes", las cuales a menudo eran sacadas de sus hogares. La expansión de la exportación llevó a una rápida aceleración de la subcontratación y a la informalización del trabajo. Pronto 60% de la fuerza laboral eran mujeres sujetas a trabajo casual a destajo, y recibían ingresos diarios apenas superiores al mínimo oficial en el área. Incrementos similares en subcontratación se observaron también en otros sectores exportadores (p. ej. ropa, plásticos, procesamiento de nueces de la India y fibra de coco). Estas tendencias indican que, como en otros países, el empleo orientado a la exportación ha sido "feminizado". Sin embargo, esto no suele apreciarse porque en su mayoría el fenómeno está localizado en la economía informal. |
Bangladesh
Bangladesh ha experimentado también aumentos en la urbanización y en el porcentaje de población femenina viviendo en áreas urbanas (de 8% que había en 1970 a 14% en años recientes). Debido a que la movilidad de las mujeres en el dominio público está más restringida en las áreas rurales, las mujeres más pobres han estado emigrando desde los años setenta a la relativa anonimidad de las ciudades. Estudios a pequeña escala hechos en los años setenta y ochenta, por ejemplo, hicieron notar la gran proporción de mujeres abandonadas, a menudo cabezas de familia, entre los habitantes de las zonas depauperadas de Dacca. Estas mujeres trabajaban mayormente en la economía informal, como sirvientas domésticas; o en el campo de los empleos casuales marginalizados (p. ej. prostitución).
A diferencia de la India, las estadísticas oficiales documentan un veloz aumento de la participación femenina en la fuerza de trabajo urbana durante la última década o poco más. Este trabajo se halla dentro del rango de industrias orientadas a la exportación, particularmente la industria de la ropa, que despegó en los años ochenta. En otras palabras, la "feminización" de las manufacturas orientadas a la exportación ha tomado una forma mucho más visible en Bangladesh de lo que parece haberlo hecho en la India. En estas fábricas emplean un gran porcentaje de mujeres rurales migrantes, a veces de las regiones más pobres del país. Es claro que las presiones de la pobreza, junto con el "atractivo" de nuevas oportunidades, han erosionado parte de las restricciones previas a la movilidad pública de las mujeres.
Pobreza del hogar y trabajo de las mujeres en áreas urbanas
La asociación ya vista en las áreas rurales entre participación de las mujeres en el trabajo remunerado y pobreza en el hogar, se encuentra también en las áreas urbanas.
India
Las actividades en las que se involucran las mujeres provenientes de hogares de bajos ingresos son aquellas que pagan poco, requieren poca capacitación y son extensiones del trabajo doméstico. La principal excepción a este patrón es el sector de tecnología de la información (IT), que proporcionó empleos bien pagados y benefició grandemente a las mujeres urbanas educadas. Un estudio del Instituto Nacional de Asuntos Urbanos (NIUA) que se hizo en seis ciudades, en 1988, encontró que 31% de las mujeres trabajadoras estaban en autoempleo, 25% tenían empleos a destajo y 18% eran trabajadoras casuales. Como era previsibe, estaban concentradas en las ocupaciones que pagaban menos y que exigían menos capacidades. Las que trabajaban en el hogar recibían el menor sueldo, inferior incluso al de las trabajadoras casuales. Los muy bajos productos del trabajo femenino en la economía informal, donde tienden a estar concentradas, explican la fuerte asociación entre la actividad económica de las mujeres y la pobreza del hogar en áreas urbanas.
Este mismo examen demostró que la participación femenina en la fuerza laboral era mayor entre hogares de ingresos bajos de lo que los censos estimaban para todas las ciudades, y considerablemente superior para grupos más jóvenes. El 62% de hogares de bajos ingresos tenían al menos una mujer trabajadora; los porcentajes eran muy superiores en las ciudades situadas al sur del país. La participación femenina en la fuerza laboral era mayor en los hogares donde la cabeza tenía un empleo casual, que solían ser los más pobres. Un estudio basado en Faridabad hizo notar la extrema pobreza de los hogares mantenidos por mujeres: 14.2% de los hogares examinados dependían completamente de los ingresos femeninos, y eran "los más pobres entre los pobres".
Sin embargo, a pesar de la remuneración tan baja que reciben las mujeres, se ha demostrado que sus contribuciones económicas constituyen el elemento singular más importante de las estrategias de supervivencia de los hogares pobres urbanos. El estudio hecho por el Instituto Nacional de Asuntos Urbanos confirmó que 11% de los hogares dependían enteramente de los ingresos femeninos y que las mujeres contribuían con 25–50% del ingreso en alrededor de un tercio de todos los hogares.
Bangladesh
Estudios de la economía urbana en Bangladesh muestran también la asociación que existe entre participación femenina en la fuerza laboral y pobreza del hogar. Exámenes de los hogares, en 1992, arrojaron una participación masculina total en la fuerza laboral de 68% contra 34% de las mujeres. Mientras que los aumentos per cápita en el ingreso del hogar condujeron a un declive en las tasas de participación, tanto de mujeres como de hombres –en parte debido a que había más miembros jóvenes del hogar estudiando– el declive fue mucho más considerable para las mujeres. Esto puede deberse, probablemente, a que muchas más mujeres, especialmente casadas, dejaron de trabajar.
Un estudio reciente de las formas de vida de hogares urbanos pobres da más detalles sobre las actividades de las mujeres y confirma la segmentación de género en la economía informal:
- Las mujeres están empleadas principalmente en fábricas de ropa, en servicio doméstico, como vendedoras callejeras, en el comercio (en muy pequeña escala, y dentro de un área restringida) y en labores manuales, sobre todo en la industria de la construcción.
- Los hombres se localizan en el sector del transporte (p. ej. jalando rickshaws y manejando taxis), en profesiones capacitadas (carpintería, colocación de azulejos y trabajo con metales) y en la industria del servicio o el sector de menudeo (p. ej. empleados en tiendas, restaurantes y hoteles, peluqueros y cocineros).
El aumento de las manufacturas orientadas a la exportación, particularmente la ropa, ha dado una oportunidad a las mujeres de entrar a la economía formal, aunque muchas de ellas proceden de hogares muy pobres. También ha hecho posible un cierto grado de mejora en sus circunstancias de vida (véase casilla 5.3). Sin embargo, el grado en que la contribución de las mujeres ha cambiado su posición dentro del hogar está rígidamente limitado por las diferencias entre las remuneraciones con los hombres, por los obstáculos que se oponen a su avance y por el control que los hombres tienen sobre sus posibilidades de trabajar fuera del hogar o no.
Desigualdad de género y pobreza del hogar en el África
subsahariana
En el África subsahariana hay menos restricciones culturales a la movilidad de las mujeres en el dominio público y, consecuentemente, mayores estimados de participación femenina en la fuerza laboral. Los prejuicios que han conducido a que el trabajo de las mujeres sea desestimado en las estadísticas nacionales de otras regiones no parecen haber tenido ese efecto aquí. Sin embargo, debido a varias coacciones, las mujeres pobres tienen un conjunto mucho más limitado de opciones económicas que los hombres pertenecientes a grupos sociales equivalentes. Entonces, el tipo de trabajo que las mujeres desempeñan puede ser un indicador más poderoso de pobreza que el simple hecho de que trabajen. Así, los modelos imperfectos, los conceptos inapropiados y las estadísticas poco confiables impiden conocer todas las diferentes actividades productivas que desempeñan las mujeres. Por otro lado, la baja densidad poblacional ha hecho que la región sea catalogada como "abundante en tierras", pero esta categoría es engañosa; en realidad, sólo una tercera parte puede ser catalogada como "abundante en tierras", y aun esa tercera parte está en disminución.
La industria de la ropa y las mejores posibilidades que tienen las mujeres |
En Bangladesh, la industria de la ropa paga a las mujeres mejores salarios que la mayoría de las actividades que pueden emprender en la economía informal (aunque presenta muchas de las características de la informalidad examinadas en el capítulo 3). Los estudios a nivel micro demuestran que las mujeres que trabajan de día en esta industria ganan alrededor de 11 takas diarios, mientras que las sirvientas domésticas ganan alrededor de 690 takas al mes. En contraste, un estudio hecho demostró que, aunque alrededor de 25% de las trabajadoras de la ropa ganan menos de 500 takas al mes, 25% de ellas ganan más de 1 500 mensuales. Las diferencias de género en cuanto a salarios son menores que en otras industrias manufactureras. Además, los salarios femeninos subieron a más del doble entre 1990 y 1996, lo que hizo posible una mejora en la situación de las mujeres. Un estudio de los hogares de zonas depauperadas demostró que aquellos hogares que cuentan entre sus miembros con una trabajadora de la industria de la ropa tenían más probabilidades de satisfacer sus necesidades diarias, y aun de ahorrar un poco, que aquellos que no la tienen. Sin embargo, los hogares que cuentan con una trabajadora manual tienen mucho menos probabilidades de satisfacer sus necesidades que aquellos cuyas mujeres no trabajan. Esto apoya la opinión de que el trabajo manual, especialmente el de las mujeres, es una opción poco apetecida; y que sólo se recurre a él en tiempos de grandes penurias. |
Esas mismas imperfecciones han obscurecido también el conocimiento de la forma en que los pobres se ganan la vida en general. En la región se ha enfatizado mucho la agricultura de subsistencia, que se ha combinado con falta de atención a los mercados. Parece haber entre muchos economistas la opinión de que los mercados laborales en el África rural son muy débiles; y que apenas empiezan a aparecer en algunas partes, en respuesta al crecimiento poblacional y a las oportunidades brindadas por el comercio externo. Existen, por supuesto, variaciones a lo largo del subcontinente que reflejan diferencias en el ambiente y en "historias locales de empobrecimiento y acumulación". Sin embargo, se puede afirmar con seguridad que la mayoría de los pobladores de las áreas rurales no pueden subsistir dependiendo únicamente de las actividades agrícolas. Por lo tanto, los grupos más pobres son aquellos que no tienen acceso a un ingreso proveniente de actividades diferentes a las agrícolas .
Las más pobres han diversificado sus actividades hace tiempo, porque una sola fuente de ingresos no puede mantener a todos los miembros de la familia. Incapacitadas para adquirir los insumos que el campo necesita, su única opción es abordar actividades no agrícolas que requieren poco capital y muy poca capacitación. Las actividades no agrícolas pueden también ser fomentadas por la necesidad de capital para invertir en productividad de la granja, o para suavizar las alzas y bajas de la producción agrícola. Más recientemente ha sido acelerada por la liberalización económica que condujo a la suspensión de subsidios a semillas y fertilizantes, y por la regulación gubernamental de los precios de alimentos. Esto dañó la producción de comida y de cultivos para venta, especialmente en regiones donde los transportes son insuficientes. Al mismo tiempo, el precio de los bienes al consumidor subió y hubo recortes en el subsidio público de algunos servicios sociales. Por eso, los hogares rurales tuvieron que buscar nuevas y más remunerativas actividades fuera de la agricultura.
Importancia que tiene para los hogares rurales el ingreso proveniente de actividades no agrícolas |
Una revisión a fondo de 23 estudios de campo hechos a lo largo del África subsahariana hizo ver que, en promedio, 45% del ingreso de los hogares rurales procede del sector no agrícola. Este resultado se obtuvo a pesar de la gran variedad de las fuentes de las contribuciones, ya fuera trabajo asalariado, autoempleo en actividades no agrícolas o emigración. En muchos casos:
• Exceptuando los distritos cercanos a minas y mercados urbanos, el empleo local en el sector no agrícola produjo mayor ingreso que el proveniente de los emigrantes. |
Los hombres parecen estar pasando con mayor velocidad que las mujeres a los sectores no agrícolas, haciendo que aumente la concentración de mujeres en el campo. En la mayor parte de la región, los hombres forman la mayoría de los migrantes a minas y ciudades en busca de empleo, y dejan que las mujeres tomen sus lugares en la agricultura. Con la difusión de las relaciones de mercado, la agricultura en el África subsahariana, así como en el sur y el occidente de Asia, se está "feminizando" a grandes pasos.
Género y actividad económica en la economía rural
Es sabido que las mujeres juegan un papel muy importante en la agricultura en África, pero se tiene la tendencia a asociarlas con cultivos para el autoconsumo; y a los hombres con los cultivos para venta. La realidad es mucho más variada, no sólo a lo largo de la región, sino también a menudo en áreas vecinas. En algunas partes del subcontinente, las mujeres se dedican al cultivo más importante para la subsistencia de la familia, mientras que los hombres cultivan para vender; en otros lugares, los hombres cultivan productos industriales o para exportación, además del cultivo principal de subsistencia. Hay un gran rango de posibilidades.
Las mujeres ciertamente contribuyen con un alto porcentaje de trabajo en la producción de comida para autoconsumo y para venta. Esto va desde 30% en Sudán hasta 80% en el Congo. El porcentaje de mujeres en la fuerza laboral económicamente activa de la agricultura va de 48% en Burkina Faso a 73% en el Congo. Esto significa que los hombres están a veces muy involucrados en la producción de comida. Las mujeres también producen, y venden, para comprar más comida. Los hogares más pobres a menudo tienen deficiencia de cereales, debido al pequeño tamaño de sus posesiones. Una estrategia de supervivencia "probada con el tiempo" consiste en cultivar y vender alimentos nutritivos y de alto valor económico (como legumbres), para comprar cereales, que son más baratos. Si las mujeres se dedican al cultivo secundario mientras los hombres cultivan el cereal, su producción puede estar más orientada al mercado que la de los hombres.
En esta región los medios de vida basados en la tierra dependen de otros factores de la producción, que incluyen trabajo y varios insumos, tracción animal y herramientas más modernas. Dependen también de la habilidad que tengan para cultivar productos de alto valor y del acceso que tengan al mercado. Aunque las mujeres tengan acceso a la tierra, generalmente no son las propietarias, lo cual se traduce en inseguridad en la tenencia. Esto deja a viudas, divorciadas y abandonadas en una posición difícil, particularmente en sociedades patrilocales. La falta de acceso de los campesinos al crédito agrícola afecta tanto a hombres como a mujeres. Sin embargo, cooperativas agrícolas y juntas estatales de mercado tienden a comprar –y a distribuir suministros, créditos y servicios de extensión– a jefes de hogares varones. Las mujeres a menudo necesitan el permiso de sus esposos para que les concedan préstamos.
Cultivos por contrato
Los problemas de las mujeres han empeorado por la cada día mayor comercialización de la agricultura. Las nuevas Exportaciones Agrícolas No Tradicionales (NTAE) se producen principalmente en plantaciones grandes y en empacadoras. Sin embargo, algunos productos de exportación —especialmente los hortícolas— son cultivados por campesinos pequeños, generalmente bajo contrato. Son los campesinos en mejores condiciones los que se han beneficiado de estos contratos, porque para poder aspirar a ellos es necesario poseer la tierra, el equipo y otros requerimientos de capital. En Kenya, por ejemplo, campesinos pequeños que cultivan vegetales para exportación tenían el doble de tierras (y de mucho mejor calidad) que los que no exportan; además, sus tierras son mejores candidatas a recibir irrigación.
Los contratos se otorgan dando por supuesto que los cabezas de familia varones pueden dirigir el trabajo de las mujeres y de los niños en la familia. Así, los hombres han tomado la dirección de los cultivos para venta; y se espera que las mujeres contribuyan con su trabajo a estos cultivos, y también a los propios. Por ejemplo, las mujeres de Kenya contribuyen con el trabajo primario en el cultivo del frijol "francés" para exportación, y hay un aumento en sus cargas de trabajo; pero los que firman los contratos y por lo tanto reciben los pagos, son los hombres. Además, los hombres han empezado a apoderarse de tierras que han sido previamente usadas por las mujeres para producir comida para la familia y para venta en los mercados locales, erosionando así las esferas de las actividades independientes de las mujeres.
Expansión de las Exportaciones Agrícolas No Tradicionales en Uganda |
En Uganda, la caída de los precios del café a principios de los años noventa produjo un cambio, fuertemente apoyado por el Banco Mundial, hacia las exportaciones agrícolas no tradicionales. Un estudio reciente hecho en dos pueblos encontró que mujeres y hombres expresaron diferentes preferencias en su elección de cultivos, y diferentes preocupaciones en cuanto a los medios de vida del hogar. Las mujeres pusieron el énfasis en la seguridad de la alimentación, mientras que los hombres preferían la generación de ingresos. Aunque ambas están claramente relacionadas, la diferencia podría reflejar la menor confianza que tiene la mujer en, y el menor acceso a, los mercados. La importancia del acceso al mercado está apoyada también por el hecho de que el pueblo más pobre y más aislado se enfocó principalmente a cultivar para consumir, mientas que el pueblo más cercano a Kampala había empezado a especializarse en cultivos para venta. El trabajo era la mayor coacción en la capacidad de los hogares para responder al mejoramiento de precios para sus cultivos. Los hogares encabezados por mujeres se apoyaban fuertemente en trabajadores a sueldo (generalmente hombres). El trabajo de las mujeres era también menos elástico que el de los hombres debido a las otras demandas en su tiempo. Otras coacciones eran falta de acceso a insumos laborales. El estudio encontró en la división actual del trabajo una mayor flexibilidad de la que esperaban, y sugirió que los hombres estaban dispuestos a participar en todas las etapas de la producción agrícola, siempre y cuando hubiese los debidos incentivos. Sin embargo, no necesariamente estaban dispuestos a aumentar su contribución al trabajo doméstico. |
Actividades no agrícolas
Hay muy poca investigación sobre las actividades no agrícolas de las mujeres, debido a la fuerte asociación que existe entre ellas y los cultivos de subsistencia. Sin embargo, hay datos que indican un alto grado de involucramiento. Un estudio hecho en Zimbabwe, por ejemplo, que examinó el ingreso en 12 pueblos, encontró que 58% de los hombres y 42% de las mujeres trabajaban en industrias caseras. El trabajo era específico de género, y el de las mujeres solía ser menos remunerativo. Por ejemplo, el ingreso más bajo para una industria casera operada por un hombre —fabricación de ladrillos— producía hasta siete veces más que la elaboración de cerveza, que es una industria casera femenina.
Un estudio hecho en 1989 en un área del noreste de Ghana, siguiendo un estudio original hecho en 1975, encontró que muchas mujeres estaban más ocupadas que antes en generar ingresos por medio de actividades no agrícolas. Sin embargo, el rango actual de actividades no agrícolas no ha cambiado mucho. La fuente de ingresos más importante era el comercio, principalmente de comida preparada, y varios tipos de comercio en pequeño. La contribución femenina a los modos de vida del hogar combinaba su trabajo reproductivo, su trabajo productivo para los miembros masculinos del hogar, y alguna otra actividad independiente.
Trabajo asalariado
El otro aspecto poco descrito y poco investigado del trabajo femenino es el trabajo asalariado, especialmente el casual en granjas pequeñas. Esto parte de no reconocer la importancia de los mercados rurales laborales en África. Sin embargo, el empleo por un día, sea para recibir pago en dinero o en especie, está muy extendido. Es una fuente importante de trabajadores para los más exitosos campesinos en áreas donde los dueños tienen pocas tierras. El trabajo asalariado de la mujer tiene también creciente importancia para los hogares muy pobres, aunque en diferentes grados, a lo largo del subcontinente.
Por ejemplo, un estudio hecho en Zambia a finales de los años ochenta encontró que alrededor de dos terceras partes de los hogares examinados contrataban trabajadores a sueldo para cultivar maíz híbrido, y que la mayor parte de los trabajadores locales eran mujeres. Por otro lado, estudios provenientes de Uganda encontraron que el trabajo asalariado era hecho por hombres; sobre todo jóvenes y solteros. Entraban al mercado laboral para establecerse financieramente o para mantener a una familia joven, y lo abandonaban cuando ya estaban mejor establecidos. Las mujeres que buscaban trabajo asalariado eran, generalmente, viudas o divorciadas.
Las oportunidades de tener trabajo asalariado han aumentado en muchas partes de la región como resultado del creciente cultivo de Exportaciones Agrícolas No Tradicionales. Las mujeres tienen un porcentaje muy significativo de empleos en este tipo de actividad, que suelen ser empresas a gran escala organizadas en forma casi industrial. En Kenya y Zambia, por ejemplo, más de 65% de los trabajadores en empacadoras de verduras y en granjas son mujeres. En Zimbabwe, las mujeres representan 91% de los empleados hortícolas. Estas mujeres son generalmente jóvenes, y a menudo solteras; pero también hay una alta proporción de mujeres casadas cabezas de hogar. En Kenya, por ejemplo, suman más de la mitad de los que participan en la producción de verduras para exportación. El 90% de las mujeres que trabajan en la producción sudafricana de fruta estaban casadas.
La mayoría de las mujeres que toman estos empleos tienen pocas posesiones, y oportunidades muy limitadas de ganar buenos sueldos en la agricultura. La industria hortícola de exportación atrae grandes cantidades de individuos provenientes de hogares sin tierras o con pocas tierras, que emigran de las áreas rurales para trabajar en las empacadoras de las ciudades. Un estudio reciente hecho en Kenya encontró que todos los asalariados en empacadoras y 86% de los que estaban en granjas había emigrado de otras partes del país, a menudo dejando a sus hijos. Una diferencia importante para las mujeres que trabajan en el sector de Exportaciones Agrícolas No Tradicionales es que reciben dinero en intercambio por su trabajo, en contraste con el trabajo no remunerado que efectúan en las granjas de la familia.
Pobreza del hogar y actividad económica de las mujeres
Dadas las, generalmente, altas tasas de participación femenina en la fuerza laboral en el África subsahariana, no se advierte una asociación clara entre la pobreza del hogar y la participación femenina en la fuerza laboral del tipo que se advierte en el sur de Asia. Sin embargo, necesariamente existe una relación entre el ingreso del hogar y la pobreza de sus miembros femeninos. Desde luego, como la reunión de los ingresos en el hogar no se practica en muchas partes de África, es muy posible que las mujeres casadas sean mucho más pobres que sus maridos si no reciben algún tipo de ayuda por parte de ellos. En ese caso, tienen que sobrevivir por su propio esfuerzo.
La estructura de género que tienen la autoridad y los incentivos dentro del hogar han sido mostrados por numerosos estudios. Por ejemplo, un estudio hecho en Camerún advirtió la renuencia de las mujeres a cultivar la tierra cuando los productos iban a ser controlados por los hombres. Preferían emplear su trabajo en los campos que estaban bajo su control. También señaló el uso de violencia por parte de los hombres para coaccionar a sus esposas a fin de aportar el trabajo necesario. Un número de bien conocidos estudios hechos en Gambia señalan luchas dentro del hogar sobre la asignación del trabajo femenino, con ejemplos de proyectos que fracasaron por culpa de esas luchas. Análisis provenientes de Burkina Faso muestran cómo los varones mayores del hogar controlaban el trabajo y otros insumos, con el relativo descuido de los que estaban controlados por hombres jóvenes, así como por miembros femeninos.
Estos estudios han prestado atención a las deficiencias de asignación (es decir, que los recursos no son distribuidos en forma eficiente) debido a desigualdades en las relaciones dentro del hogar. Sin embargo, no suelen tomar en cuenta las desigualdades de género externas al hogar. Estas incluyen falta de insumos agrícolas (fertilizantes, arados, etc.), lo cual es más común entre los hogares encabezados por mujeres. Además, como se dijo antes, la pobreza en la región se asocia crecientemente a la inhabilidad de obtener ingresos por medio de actividades no agrícolas. Éstas a menudo proveen los fondos para invertir y aumentar la productividad agrícola. Con sus escasas posesiones, las mujeres del campo no pueden obtener de sus actividades agrícolas el sobrante que necesitan para formar un capital que les permita empezar una empresa no agrícola, y muchas necesitan el apoyo de los miembros masculinos del hogar. Sin embargo, es muy probable que las mujeres más pobres no cuenten con ese apoyo. Con un pequeño capital para empezar y poco acceso a la tierra, las opciones que tienen disponibles no les van a producir gran cosa. Así, el tiempo de trabajo de las mujeres se pierde en actividades poco productivas, de bajos ingresos.
Esto también resulta cierto para los hombres, hasta cierto punto. Sin embargo, los hombres tienden a tener más capital, capacidades o educación, lo cual les permite escapar del problema. Por ejemplo, investigaciones hechas en zonas rurales de Tanzania demuestran que los hombres tuvieron mucho más éxito que las mujeres al traducir los logros educacionales en empleos no agrícolas. Un hombre de 36 años de edad con educación secundaria tiene tres oportunidades de cuatro de conseguir ese tipo de empleo, mientras que una mujer con el mismo nivel educativo tiene la mitad de esas oportunidades; con la educación primaria completa tenía la cuarta parte; y con educación primaria parcial, sólo la quinta parte.
Investigaciones hechas en Ghana, donde las oportunidades de trabajo agrícola para las mujeres eran pocas y mal pagadas, señalan que la pobreza puede estar mal distribuida, incluso dentro del mismo hogar . Los mercados laborales parecían estar muy poco desarrollados en esta área, aunque muchas mujeres trabajaban para otros y eran pagadas en especie. Los estudios sugieren que donde los mercados laborales asalariados están mejor desarrollados, las participaciones de las mujeres en el trabajo agrícola remunerado —especialmente el trabajo casual asalariado— pueden tomarse como un indicador importante de la pobreza del hogar y de la mujer. Mientras que el trabajo casual remunerado está mal pagado, las mujeres reciben de un tercio a un medio de lo que el hombre recibe por día de trabajo.
Los menores sueldos de las mujeres en Uganda, por ejemplo, reflejaban una combinación de sus cargas de trabajo domésticas, de su responsabilidad por las necesidades de comida de la familia y de su falta de poder de negociación dado la falta o lo limitado de las alternativas. Había una mayor frecuencia de ventas "de pánico" por parte de la mujer debido a su responsabilidad por satisfacer las necesidades del hogar (p. ej. aceptar un sueldo inferior al promedio, por su urgente necesidad de ingresos y de comida). Esto minaba su posición negociadora.
El estatus de pobreza de las mujeres en los hogares de Ghana nororiental |
En los grandes y complejos hogares de Ghana nororiental pueden encontrarse mujeres casadas, con un amplio rango de ingresos y de ahorros; sin embargo, su estatus de pobreza no es el mismo que el de los maridos, sino que depende de las transferencias hechas por éstos para ayudarlas, y del más amplio juego de relaciones que las mujeres construyen para tener un capital inicial y formar sus propias empresas. Éstas incluían las de sus familias originales. Las mujeres que probablemente fueran las más pobres eran: a) las que por su edad no podían trabajar y tampoco podían esperar que algún pariente atendiese a sus necesidades materiales o b) las que tenían mala salud y por lo tanto tenían que depender de los maridos/padres. En otras palabras, las mujeres podían sufrir pobreza aunque sus maridos no la sufrieran; pero lo contrario no parece darse, es decir, cabezas de familia masculinos pobres no tenían esposas con altos ingresos ni posesiones aprovechables. |
Pequeños campesinos de Nigeria, entre los que había varias mujeres, generaban menos empleos que los grandes campesinos, pero pagaban mejores sueldos diarios. Una razón de esto era que los campesinos pequeños empleaban a sus parientes femeninos cercanos y amigos, y necesitaban ganarse su buena voluntad, mientras que los grandes campesinos tenían relaciones menos personalizadas. Sin embargo, los sueldos más bajos y los términos más estrictos de trabajo se encontraban en las unidades de agrinegocios. Consecuentemente, estos trabajadores tendían a ser más pobres, migrantes extranjeros y con necesidad urgente de dinero. Ninguna de estas mujeres poseía una granja, así que probablemente se hubiera estado desarrollando una escasez de tierras en la zona.
En las áreas rurales de Zimbabwe, el trabajo femenino asalariado estaba mal pagado porque tendía a ser desempeñado por cabezas de hogar femeninas que no tenían ningún apoyo masculino y con muy poco poder de negociación con los empleadores. Había una diferencia entre las cabezas de familia de jure y de facto.1
Las primeras eran muchos más pobres, menos propensas a recibir remesas, y poseían menos tierras e insumos que los hogares encabezados por hombres o los hogares encabezados por mujeres de facto. La abrumadora mayoría de mujeres con empleos casuales en la empresa agriindustrial más grande del país eran cabezas de familia de jure (mientras que la mayoría de los trabajadores varones eran casados). Los hijos de trabajadoras casuales sufrían de desnutrición en grados superiores al promedio.
Un estudio más reciente de la pobreza rural en el sur de África seleccionó una muestra de hogares basados en la involucración femenina en el trabajo remunerado. Estos hogares se compararon con un examen nacional de hogares rurales, y se encontró que tenían niveles más altos de pobreza. Sin embargo, existían variaciones en sus niveles de pobreza. Hogares que tenían razones de hombres adultos residentes a mujeres inferiores a la media para todos los hogares rurales negros eran también los más pobres, y los hogares compuestos enteramente por mujeres eran los más pobres de todos. Muy pocas de estas mujeres eran capaces de ganarse la vida por medio de autoempleo en agricultura o cuidado de animales. En vez de eso, para sobrevivir tenían que vender su trabajo; de éste, 60% era trabajo agrícola remunerado. Este trabajo y el servicio doméstico eran los peor pagados del mercado laboral. De acuerdo al examen nacional, 58% de los hogares recibían 90% o más de sus ingresos como sueldos o como remesas de los maridos.
En África, cabezas de familia femeninas de jure son las que resultan del divorcio, viudez o abandono, o las que están en matrimonios polígamos. Las de facto son aquellas en que los miembros masculinos de la familia están ausentes, generalmente porque han emigrado en busca de trabajo.
Importancia de los mercados de trabajo en el crecimiento económico |
Mercados laborales que funcionen bien son importantes para aliviar las coacciones laborales que sufren los hogares encabezados por mujeres de hogares más pobres, que confían en ellos como fuentes de ingresos. Un examen de las áreas rurales de Tanzania, por ejemplo, encontró que los hogares más pobres estaban predominantemente compuestos por mujeres, y tenían muy escasas posesiones. También eran la fuente principal de trabajo agrícola manual y remunerado. Alrededor de 80% tenían por lo menos un trabajador agrícola remunerado, en contraste con los hogares encabezados por hombres o que recibían algún tipo de ayuda masculina. En el primer grupo, se comprobó que los hombres evitaban que sus esposas aceptaran trabajo remunerado, y muchas mujeres que lo tenían lo dejaban al casarse. Así, el matrimonio era una coacción importante para la posibilidad de las mujeres de conseguir trabajo remunerado. Por el otro lado, la disponibilidad de este trabajo permitía a muchas mujeres escapar de un matrimonio violento. En este ejemplo, escaseces de trabajo constreñían la acumulación económica en un sector potencialmente dinámico de la economía rural. Esta escasez reflejaba en parte el ejercicio de la autoridad patriarcal dentro del hogar. Impedía que se creara una fuerza laboral femenina remunerada, cuando la disponibilidad de trabajo hubiera podido contribuir al crecimiento económico. |
El estudio explora variaciones en los niveles de pobreza entre muestras de hogares para identificar: a) las características de las mujeres pobres que fueron capaces de escapar de los peores aspectos de las carencias, y b) las barreras que cerraron la puerta de escape a las demás. Las primeras eran principalmente mujeres que ganaban salarios relativamente altos en empleos estables en granjas a gran escala, manejadas por el Estado. Todas ellas:
- Tenían un relativamente alto número de años de estudios.
- Habían evitado embarazos muy tempranos o muy frecuentes.
- Habían evitado que los hombres de la familia les prohibiesen tomar un empleo asalariado.
Así, tenían mayor y menos interrumpida experiencia de trabajo. Parte de su éxito derivaba de las ventajas que tuvieron sus padres, especialmente las que tenían madres muy motivadas.
El género y la actividad económica en la economía urbana
En general, las observaciones hechas en las áreas urbanas del África subsahariana muestran que es más fácil encontrar mujeres trabajando en la economía informal que en la formal; y dentro de aquella, en el autoempleo. Los hombres, por el contrario, se encuentran más fácilmente en el sector público y en varias formas de trabajo remunerado, tanto formal como informal.
La educación tiene un papel importante en el acceso a empleos no agrícolas mejor pagados en muchas partes de la región. Sin embargo, parece tener mayor peso en el empleo formal que en el informal, y en las áreas urbanas más que en las rurales. Se ha encontrado que aumenta las posibilidades, tanto de hombres como de mujeres, de entrar a trabajar al sector público. Sin embargo, estudios hechos en algunos países (Costa de Marfil, Ghana, Guinea y Uganda) demuestran que, para cada nivel de educación, es más fácil que los hombres obtengan empleo, y que perciban salarios mayores. Este efecto no era tan evidente en el sector de autoempleo, donde la mayoría de las mujeres se encuentran. La escolaridad en Ghana estaba asociada a la entrada de empleos asalariados y, entre éstos, al sector público. Observaciones similares se encontraron en Costa de Marfil, Guinea y Uganda.
Por un lado, las mujeres tenían menos acceso al sector público en muchas partes de África; por otro, se vieron afectadas por el recorte en el empleo del sector público, resultado de las Políticas de Ajuste Estructural (SAP). Esto se debe a que estaban concentradas en los empleos que requerían menor capacitación y estaban peor pagados, que es donde se hizo la mayor parte del recorte. Por ejemplo, las mujeres formaban 26% de los empleados en el sector público en Ghana, pero 35% de ellas fueron despedidas. Además, un estudio hecho en Guinea hizo notar que de los cientos que fueron despedidos del sector público, las mujeres fueron menos capaces que los hombres de encontrar empleo en el sector privado. Sin embargo esto parece referirse solamente al sector formal, pues sus empleos en la economía informal parecen ir aumentando.
Las ideas antiguas sobre la economía urbana informal de África la consideraban compuesta por aquellos que no habían podido encontrar empleos formales mejor pagados y con posibilidades de ascender. Sin embargo, estas ideas tienen que ser revisadas a la luz de un dramático declive en sueldos reales en el sector urbano formal (de un índice de 100, en 1975, a 52 en 1985) y a la emergencia de una economía "paralela" que rinde altas utilidades. La participación de la fuerza laboral femenina en el sector informal ascendió de 10%, en 1970, a 18% en 1990 (consecuentemente, el porcentaje de mujeres pasó de 29% a 35%). Al mismo tiempo, crecientes cantidades de hombres buscaban también oportunidades en la economía informal, debido a que en ella había mayores ganancias.
Sin embargo, los hombres y las mujeres de los hogares más pobres —sin capacitación, educación ni capital— siempre han estado en la economía informal, en donde se ocupan de un amplio rango de actividades generadoras de ingresos. Como ya se dijo, las mujeres se concentran en el sector de autoempleo. Esto ofrece no sólo facilidades para entrar a las que no tienen educación, o tienen muy poca; también les da un cierto grado de flexibilidad para atender sus actividades domésticas. La empresa masculina tiende a ser más de capital intensivo, aunque los productos de sus insumos fueron positivos y significativos, tanto para hombres como para mujeres, y tal vez un poco más para éstas. El entrenamiento vocacional tuvo poco efecto en la productividad, pero puede haber facilitado la entrada a ciertos sectores.
Dentro de la categoría de los autoempleados, las mujeres forman de 62 a 87% de los que se dedican al comercio, donde, fuera de algunos puestos de mercado en ciertas áreas de África occidental, suelen estar confinadas a los nichos menos productivos. Por ejemplo, un estudio encontró que 75% de los vendedores de comida en los mercados urbanos de Tanzania eran hombres, y que controlaban casi todo el mayoreo y a los intermediarios del maíz. Las mujeres se concentraban en el comercio al menudeo de bajo perfil. En forma similar, un estudio del mercado de arroz en Guinea oriental demostró que las mujeres tendían a vender en pequeña escala, mientras que los hombres eran generalmente mayoristas. El género también diferencia la escala y el tipo de productos. Es muy probable que las mujeres trafiquen con productos perecederos (fruta y verdura fresca) en pequeñas cantidades. Esto se contempla como una extensión de su papel en el suministro de alimentos en el hogar, y no va en contra de las ideologías de género prevalecientes. De acuerdo a un estudio llevado a cabo en Burkina Faso, hay una clara correlación entre ingresos y escala de comercio. Los mayoristas en frutas y verduras ganaban cinco veces más que los minoristas.
Datos obtenidos en Sudáfrica mostraron que el ingreso mensual neto de mujeres autoempleadas en 1990 era de alrededor de 44% del de los hombres en la misma categoría. En Abidjan, mujeres cabezas de empresa en el sector informal también ganaban menos de la mitad de lo que ganaban los hombres. Entre trabajadores marginales independientes (es decir, aquellos que no tienen capital) las mujeres ganaban la mitad de lo que ganaban los hombres en la misma situación en Burkina Faso, 30% en Camerún, 38% en Costa de Marfil y 68% en Mali. Sin embargo, en Guinea ganaban 60% más. Las diferencias de género en las utilidades de actividades de negocios están ilustradas por un estudio de 1992, del sector informal, en un pueblo del norte de Nigeria .
Otros aspectos de la liga entre pobreza del hogar y trabajo femenino pueden encontrarse en estudios que analizan las respuestas de los hogares en tiempos de crisis. Uno de esos estudios fue hecho en Tanzania, en 1988, cuando ese país estaba sufriendo una crisis y una reforma económicas. Esto había conducido a sueldos reales que bajaban rápidamente en el sector formal y a una constante búsqueda de actividades generadoras de ingresos en el sector informal, principalmente por parte de mujeres. Este movimiento de las mujeres por generar ingresos era respuesta a la crisis, así lo demuestra el hecho de que 80% de ellas había empezado sus negocios en los cinco años anteriores al examen, en contraste con 50% que correspondía a los hombres. El número de mujeres urbanas autoempleadas había crecido de 7% en los años setenta a más de 60%. En muchos casos fueron sus maridos quienes les proporcionaron el capital inicial. Los hogares mantenían su relación con el empleo formal siempre que fuera posible, no tanto por el ingreso que les producía, sino más que nada por la seguridad que proporcionaba. Las mujeres eran más capaces de combinar actividades, las más comunes de las cuales eran pequeños negocios y agricultura urbana, generalmente en pequeñas parcelas, en el área periurbana.
Diferencias de género en las utilidades de las actividades de negocios en el norte de Nigeria |
Un estudio hecho en Zaria, pueblo del norte de Nigeria, encontró que las mujeres forman 45% de las cabezas de empresa. Dividiéndolas en sectores de altos y bajos ingresos, el estudio encontró que 84% de las cabezas de empresa estaban en actividades de bajos ingresos. Estos tenían muy pocas exigencias de entrada en términos de costos de iniciación o capacidades, y la mayoría de esos empresarios tenía al menos otra actividad generadora de empleos. El 96% de las mujeres empresarias tenía ingresos bajos, comparadas con el 76% de los hombres. Los ingresos de mujeres cabezas de empresa eran considerablemente menores que los de los hombres. El estudio demostró también que 57% de los trabajadores del sector informal eran empleados, no empresarios independientes. Entre los años setenta y 1991/1992 el sector informal se expandió, y la brecha entre los sectores de altos y de bajos ingresos y entre ingresos de hombres y de mujeres se incrementaron. Hubo un gran aumento en la proporción de mujeres que trabajaban como empleadas baratas en el sector informal. Su sueldo promedio era 32% del de los hombres. Esto es alrededor de un sexto del sueldo mínimo oficial, que a su vez era menor que el mínimo que tenían en 1975. |
La atención que se dio al empleo formal urbano oscureció una importante consecuencia de la reforma económica: el papel de los ingresos informales de las mujeres en la creciente brecha entre grupos de ingresos, y las razones para ello. Este foro sugiere que las mujeres de hogares de ingresos altos y medios ganaban solamente dos o tres veces el ingreso de una trabajadora promedio. El examen de los ingresos de estas mismas mujeres en la economía informal, sin embargo, demostró que ganaban hasta 10 veces más de lo que las mujeres pobres ganaban con sus pequeños negocios, y un promedio de 10 veces sus propios salarios como profesionistas. La ventaja que tenían era su acceso a capitales mayores, al conocimiento y a los recursos para abordar negocios mayores.
Ligas entre desigualdad de género y pobreza de ingresos:
El espectro más amplio
Este capítulo se ha basado en datos obtenidos en el sur de Asia y el África subsahariana para poner énfasis en:
- El papel de las mujeres como actores económicos.
- La importancia crítica de sus contribuciones económicas al hogar.
- La importancia particular de esta contribución a las estrategias de vida de los pobres.
Esta sección final hace algunas generalizaciones sobre las ligas entre desigualdad de género y pobreza del hogar, y sus implicaciones para la meta de reducción de la pobreza, e incluye ejemplos de otras regiones.
El trabajo de la mujer y la supervivencia del hogar
Ya ha quedado claro que el trabajo de las mujeres es fundamental para la supervivencia y seguridad de los hogares pobres, y que es también una ruta importante por la cual las mujeres pueden escapar de la pobreza. Las mujeres de hogares pobres ejercen multitud de actividades generadoras de ingresos y ahorradoras de gastos. En algunos casos, complementan las contribuciones de los hombres; mientras que en otros son las principales o únicas fuentes de ingreso de los hogares.
Sin embargo, la relación entre trabajo femenino remunerado y pobreza de los hogares refleja variaciones, tanto en las economías locales como en las estructuras locales de patriarcado. En regiones donde existe reclusión femenina, el involucramiento de las mujeres en el trabajo remunerado fuera del hogar puede indicar de por sí que hay pobreza dentro de éste. En otras regiones, el tipo de trabajo que las mujeres y los hombres ejecutan es un indicador más poderoso de la pobreza que el hecho de que todos trabajen. El tipo de trabajo relacionado con la pobreza femenina varía. Por ejemplo, un estudio hecho en Vietnam que compara los medios de vida en el Norte y en el Sur notó que ciertas ocupaciones estaban asociadas al grado de pobreza en los lugares donde se hicieron los estudios. En el norte la distribución de la tierra era más equitativa, y había muy poca ausencia de tierras. Los hogares cuyas mujeres seguían cultivando arroz y algunos otros vegetales de bajo grado y no habían podido diversificarse a vegetales de más alto precio o a actividades no agrícolas, tendían a ser más pobres. En el sur, donde la escasez de tierras era mayor, aquellos hogares donde las mujeres (pero no los hombres) se comprometían en trabajo agrícola remunerado tendían a ser más pobres.
Durante el último medio siglo, el empleo en América Latina ha sido predominantemente urbano y orientado a la exportación. Mientras que el empleo femenino ha estado aumentando constantemente, el empleo público se ha reducido con las crisis económicas, reestructuraciones, condiciones de trabajo que se deterioran, mayores cantidades de gente buscando trabajo y la creciente informalización de los mercados laborales. La pobreza del hogar está asociada en la región al desempleo y a los empleos de bajo nivel. Así, las mujeres en Chile enfrentan un riesgo grande de desempleo y/o de entrar a formas precarias de trabajo. De acuerdo a un estudio con datos de Argentina, Chile y México, mujeres ocupadas en trabajo familiar no remunerado reportaban el mayor grado de inseguridad en sus trabajos y también en sus necesidades familiares.
En muchas parte de la región, mujeres pobres y sin capacitación —especialmente las que han emigrado de áreas rurales— trabajaban en el servicio doméstico, y a menudo vivían en la casa de sus empleadores. Al principio de los años noventa, 25% de las trabajadoras en Honduras y 14% en El Salvador desempeñaban ese trabajo. Un estudio hecho en zonas de casas pobres en el México urbano demostró que este trabajo era el más extendido (32%) entre mujeres cabezas de hogar, así como entre esposas. Aunque las condiciones de trabajo dentro del servicio doméstico varían mucho, los sueldos suelen ser muy bajos para las que viven en casa de sus empleadores. Es un trabajo que ocupa muchas horas y deja muy pocas oportunidades de llevar una vida social. En Perú se ha observado que el servicio doméstico es apenas un poco mejor que pedir limosna o ejercer la prostitución.
El trabajo de las mujeres y las respuestas del hogar a las crisis
Una segunda liga entre pobreza del hogar y participación de las mujeres en el trabajo remunerado se relaciona con las respuestas del hogar a las crisis y la inseguridad. Como ya se vio en el capítulo 2, las Políticas de Ajuste Estructural presionaron a las mujeres a procurarse mayores ingresos. Este capítulo también señaló la existencia de una "venta de pánico" del trabajo por parte de las mujeres cuando las fuentes de ingresos usuales del hogar no eran suficientes o se acababan; igualmente, afirmó que el trabajo femenino es un modo de suavizar el flujo del ingreso al hogar. El trabajo de las mujeres juega un papel clave para ayudar a los hogares a manejar varios tipos de contingencias.
Estudios subsecuentes a la crisis 1997–1998 en el sur de Asia proporcionaron otros puntos de vista más profundos sobre las influencias del género en los impactos y en las respuestas. En Indonesia, por ejemplo, un estudio encontró que 46% de los desempleados eran mujeres, y que ellas representaban alrededor de un tercio de toda la fuerza laboral. En Tailandia, entre enero de 1997 y febrero de 1998, las mujeres eran de 50 a 60% de los desempleados. En la República de Corea, las mujeres formaban 75% de los "trabajadores desalentados" y 86% de los despedidos de los importantes sectores bancario y financiero. La tasa de empleo total cayó 7.1%, mientras que para los hombres fue de 3.8%. Las zonas de manufacturas para exportación despidieron a sus trabajadores habituales, principalmente a mujeres, y los recontrataron para trabajar a destajo. Sin embargo, a medida que los hombres eran despedidos aumentaba el porcentaje de mujeres en el trabajo remunerado y en el no remunerado.
La crisis afectó también a los niños. Por ejemplo, la entrada de niños muy chicos a la escuela en Indonesia se retrasó, al tiempo que los mayores, especialmente niñas, fueron sacados de la escuela para contribuir a generar ingresos. La crisis pareció propiciar un aumento en el trabajo de los niños, prostitución y violencia doméstica. Se estima que en Jakarta de 2 a 4 veces más mujeres se convirtieron en trabajadoras del sexo en 1998, que en 1997.
Es interesante comprobar que el efecto de la crisis, en algunos casos, contribuyó a derruir antiguas barreras. Uno de los impactos que tuvo en Indonesia, además del aumento de mujeres que buscaban trabajo remunerado para no tener que sacar a los niños de la escuela, fue un rompimiento de la división de género normal de las ocupaciones. Las mujeres ocuparon puestos que tradicionalmente pertenecían a los hombres, como la pesca en mar abierto, por ejemplo; mientras que los hombres adoptaron empleos "femeninos", como preparar y salar pescado.
De estos estudios se comprende claramente que las respuestas a las crisis, a los choques y a la inseguridad pueden tomar formas diferenciadas por género y tener efectos diferenciados por género, pues hombres y mujeres enfrentan diferentes coacciones y oportunidades. Mientras que los hombres suelen tener mayores opciones en el mercado laboral, también tienen que ejecutar a veces trabajo manual físico agobiante o viajar largas distancias lejos de sus hogares para obtener un empleo. Las mujeres, por el otro lado, enfrentan opciones más restringidas que incluyen trabajos humillantes como servicio doméstico, pedir limosna y prostitución. Las respuestas a las crisis tienen también diferencias de género en otros miembros de la familia. Por ejemplo, sacar a los niños, especialmente a las niñas, de la escuela es un mecanismo que está detrás de la transmisión intergeneracional de la pobreza.
Una gran preocupación por el riesgo, la inseguridad y la vulnerabilidad ocupa ahora un lugar central en las consideraciones de las políticas, como se observa al comparar el Informe sobre Desarrollo Mundial de 1990 con el de 2000. Mientras que el primero dejaba un lugar residual a "redes de seguridad", el último incluía "seguridad" como uno de sus tres temas clave. Sin embargo, la forma en que el diseño de protección social y las medidas de redes de seguridad intentan beneficiar a mujeres y hombres de hogares pobres varía considerablemente. En algunos casos, esas medidas pueden favorecer a los hombres consciente o inconscientemente, por la presunción de que ellos son los principales proveedores del hogar.
Hogares encabezados por mujeres y pobreza del hogar
La relación entre cabezas femeninas de hogar y pobreza no es muy clara. Sin embargo, examinando los tipos de procesos que causan la asociación entre ellas puede ayudar a revelar las interacciones entre género y pobreza en diferentes contextos socioeconómicos .
Parece ser que lo importante no es que la cabeza del hogar sea una mujer per se, sino los procesos por los cuales la mujer se convirtió en cabeza del hogar. Estos procesos se explican parcialmente por la distinción entre cabezas de hogar de jure y de facto. Es fácil suponer que las de jure estén asociadas a una mayor pobreza —dada la ausencia del proveedor masculino— pero esto no siempre es así. Por ejemplo, una comparación entre hogares de Malawi y de Kenya deja ver que a menudo se encuentra uno con el caso contrario. En Kenya, porque las cabezas de hogar de jure eran a menudo esposas en matrimonios polígamos y recibían contribuciones del marido para atender a los hijos. En el área de Malawi estudiada, se debía a las costumbres matrimoniales locales, según las cuales el marido iba a vivir con el linaje de la esposa, poseedor de la tierra. La mayoría de las cabezas de hogar de facto eran producto de la emigración masculina debida a pobreza del hogar. En ambos casos, eran los hogares más pobres, exceptuando aquellos en que los miembros masculinos habían emigrado a Sudáfrica en tiempos en que el envío de sus altos sueldos hacía a sus hogares los más prósperos de la muestra.
Por lo tanto la ayuda masculina es importante para distinguir hogares encabezados por mujeres pobres de otros menos pobres. Sin embargo, la presencia de miembros masculinos adultos y en uso de sus facultades no significa necesariamente que el hogar cuente con su ayuda. En vez de eso, los hombres pueden desangrar los recursos del hogar y conducir a mujeres y niños a una mayor pobreza. En Costa Rica, México y Filipinas, hogares encabezados por mujeres de jure estaban mejor que los encabezados por hombres debido a varias causas. Estos hogares a menudo los habían formado las mujeres para evitar las demandas sobre el presupuesto del hogar que hacían esposos o parejas irresponsables. En muchos de esos casos, las contribuciones de los hijos adultos compensaban las de parejas masculinas. En el México urbano, muchos hogares encabezados por mujeres encontraban modos más sencillos de defender los niveles básicos de consumo en una crisis económica porque las mujeres controlaban las necesidades básicas.
Cabezas femeninas de hogar y pobreza en Bangladesh y Ghana |
Los análisis de datos relativos a los hogares de 10 países no pudieron encontrar una relación consistente entre los hogares encabezados por mujeres y diferentes medidas de pobreza de ingresos, excepto en dos: Bangladesh y Ghana. Las observaciones relativas a Bangladesh no son sorprendentes, pues desde hace tiempo un gran número de estudios cualitativos y cuantitativos han notado una asociación entre pobreza y hogares encabezados por mujeres de jure. Las observaciones de Ghana son más sorprendentes, porque datos de 1987/1988 sugieren que los hogares encabezados por mujeres estaban generalmente mejor que los encabezados por hombres debido a un número de criterios diferentes. Sin embargo, estos datos no mencionaban el hecho de que las cabezas femeninas de hogar trabajaban diez horas más a la semana que los hombres, eran posiblemente los únicos proveedores del hogar y tenían mayores razones de dependencia. Casi todos los hombres vivían con, por lo menos, otro trabajador adulto, mientras que las cabezas femeninas de hogar tenían que combinar la generación de ingresos con el trabajo doméstico. Había varios grados de pobreza entre ellas: las que estaban en peores condiciones eran las viudas, seguidas por las divorciadas. Las mujeres casadas estaban relativamente bien. Además, las Políticas de Ajuste Estructural encontraron que las cabezas femeninas de hogar estaban asociadas a la pobreza en el norte, por sus sistemas patrilineales de parentesco; pero no en el sur, donde prevalecía el matrilinealismo. Estudios hechos en el noreste también notaron la alta incidencia de pobreza femenina dentro de hogares encabezados por hombres. |
Finalmente, hay que hacer notar que datos de Bangladesh, Vietnam y Sudáfrica sugieren que un hogar compuesto exclusivamente por mujeres es señal inequívoca de pobreza.
Pobreza de tiempo y supervivencia del hogar |
Estudiando las estrategias de medios de vida de los hogares se encontró que el tiempo es también una dimensión de género de la pobreza. La mayoría de las mujeres trabajan más horas que los hombres. Su necesidad de contribuir económicamente a los esfuerzos productivos del hogar se combina con la elasticidad de la división de género del trabajo en las actividades reproductivas. Las variaciones de horario dependen del grado en que las tareas domésticas puedan repartirse entre los miembros del hogar. Un estudio hecho en zonas rurales de Vietnam encontró que las demandas del trabajo doméstico limitaban: a) el tiempo que las mujeres tenían para otras actividades productivas, b) el rango de dichas actividades y c) el producto que obtenían por su esfuerzo laboral total. Los hombres podían fácilmente emigrar en la temporada de poco trabajo para buscar empleo como carpinteros, albañiles, conductores de carros de bicicleta, comerciantes, etc. Las mujeres estaban atadas a "los brotes del bambú en el pueblo", debido a sus responsabilidades con la granja y la familia. En respuesta a la persistente pobreza de la década pasada en México, mujeres y niños aumentaron su participación en el trabajo remunerado. Trabajaron más tiempo por sueldos menores y en peores condiciones, recurriendo cada vez más a actividades informales, a medida que escaseaban las formales. Con la decreciente capacidad de los adultos viejos para contribuir al ingreso del hogar y la creciente emigración de hombres jóvenes en busca de empleos en los mercados transnacionales de trabajo, las mujeres se han convertido en los principales proveedores de muchos hogares urbanos pobres. |
Desigualdad de género y productos del trabajo de las mujeres
La última conexión entre desigualdad de género y pobreza refleja la desigualdad en los productos obtenidos del trabajo, ampliamente reconocido como el valor clave a disposición de los pobres. Es claro que las desigualdades no son estáticas, pueden cambiar en respuesta a fuerzas del mercado o pueden ser encaradas por medio de políticas públicas y por varias formas de negociación o protesta, que resultan más efectivas cuando son colectivas .
Las explicaciones de las desigualdades de género en los productos del trabajo reflejan una combinación de las coacciones específicas de género, de las coacciones intensificadas por el género y de las que son impuestas por el género. Este capítulo ha dado varios ejemplos de coacciones específicas de género, entre las que se hallan:
- Poderosas normas sociales en Bangladesh, los estados del norte de la India y Pakistán que restringen los movimientos de las mujeres en el dominio público y las confinan a actividades en el hogar, que generalmente rinden pobres productos.
- Responsabilidad primaria de las tareas del hogar y cuidado de los hijos, que limitan el tipo de actividades que las mujeres pueden efectuar en términos de tiempo y espacio, aun en la ausencia de coacciones culturales en su movilidad pública.
- Ideas sobre la masculinidad y la feminidad que hacen que el producto del trabajo sea diferenciado por género. En el estudio de la zona rural de Tamil Nadu, mencionado antes, la opinión de que los hombres "deberían" recibir mayores sueldos fue aprobada, no sólo por los empleadores y los trabajadores, sino también por muchas de las mujeres . Esas opiniones ejercieron una presión hacia arriba en el precio del trabajo masculino.
- Las formas no recíprocas de control que los hombres mayores ejercen sobre el trabajo de las mujeres y los hombres jóvenes en el hogar en un número de países del África subsahariana. Esto reduce la cantidad de tiempo que ellas pueden invertir en sus propias actividades y empresas agrícolas.
Estos varios límites a la movilidad de las mujeres en relación a las oportunidades del mercado ayudan a explicar por qué la localización parece ser mucho más importante para explicar el producto del trabajo de las mujeres que el de los hombres. Por ejemplo, en el estudio sobre los precios del maíz al que nos referimos antes, los hogares encabezados y establecidos por mujeres en áreas remotas eran menos responsivos a las señales que emitían los precios. La razón era que tenían menos facilidades para llevar sus productos al mercado. La importancia de la proximidad a las áreas comerciales también ayuda a explicar los niveles de las actividades empresariales en áreas urbanas de África. Un estudio hecho en Nigeria advirtió que las mejoras en el transporte habían reducido en gran parte el "porteo" (llevar mercancía en la cabeza) que las mujeres tenían que hacer como obligación hacia sus esposos y parientes varones. También les ha permitido tomar empleos remunerados en agricultura, y empezar sus propias granjas. Tecnologías ahorradoras de trabajo que reemplazasen las labores domésticas de las mujeres tendrían un efecto similar.
Las desventajas intensificadas por el género que figuraron en la discusión se refieren a:
- Desigualdades de género en el acceso y control de tierra y propiedades. Principios desiguales de herencia desposeen a las mujeres de los derechos de heredar tierras o disminuyen su acceso a ellas por medio de los miembros masculinos de la familia. Consecuentemente las mujeres no tienen la opción de cultivar tierras; y si lo tienen, es con tierras menos buenas, propias para cultivos más pequeños.
- Prácticas discriminatorias por corporaciones que celebran contratos con campesinos varones, haciendo a un lado a las mujeres.
- Las varias tendencias inmersas en el suministro por parte de los estados de extensión, créditos y otros servicios.
Conclusión
De los descubrimientos estudiados en este capítulo emerge un mensaje muy claro para la elaboración de las futuras políticas:
- La importancia de las contribuciones de las mujeres a los medios de vida de los hogares, especialmente los pobres.
- La asociación que existe entre lo mal remunerado que está el trabajo de las mujeres y la pobreza extrema.
Mejorar el acceso de las mujeres a las oportunidades económicas, así como el producto de su trabajo, es claramente un punto crítico para la meta de reducir la pobreza mundial a la mitad. Sin embargo, un compromiso de crecimiento con base en estrategias de trabajo intensivo no resolverá el problema por sí solo. Si el crecimiento económico no va acompañado por un verdadero esfuerzo para encarar las coacciones que disminuyen el producto del trabajo de las mujeres, las mujeres pertenecientes a hogares de bajos ingresos nunca podrán aprovechar las oportunidades generadas. Esto significa desmantelar varias formas de discriminación en el dominio público. También significa prestar mayor atención a las cargas de trabajo de la mujer en el dominio doméstico, lo cual incluye ayuda para sus responsabilidades en el cuidado de los niños y la promoción de tecnologías ahorradoras de trabajo para reducir la carga del trabajo doméstico que, rutinario pero necesario, está muy poco remunerado.
Por supuesto puede argüírse (y se ha hecho ya varias veces) que no es importante enfocarse a la capacidad de generar y mejorar los ingresos de las mujeres, pues ellas no son las principales proveedoras. En lugar de eso, debía darse prioridad a mejorar la capacidad de generar ingresos al proveedor principal (hombre), pues él tiene menos coacciones para aprovechar las oportunidades económicas, y su ingreso es la fuente principal para satisfacer las necesidades primarias del hogar. Sin embargo, como ya se dijo antes, esta suposición de que el hombre es el proveedor principal ha ido en detrimento de las medidas tomadas para encarar la pobreza. Ya se demostró que los hogares no son necesariamente igualitarios; es más, hay evidencias de que existen graves desigualdades en la distribución del bienestar básico en el hogar.
Por lo tanto, debe darse mayor importancia a las contribuciones económicas de las mujeres al elaborar las políticas porque a) ya se ha demostrado la importancia de esta contribución a los medios de vida de los hogares de bajos ingresos y b) hay evidencias de que mejorar los ingresos de los hombres no necesariamente lleva a un mejoramiento equivalente del nivel de vida de los miembros del hogar. Igualar las oportunidades económicas a fin de mejorar la capacidad de las mujeres para la acción económica y la generación de ingresos puede ser un medio efectivo de encarar la pobreza de ingresos en los hogares, así como de estimular las capacidades humanas de sus miembros (incluyendo, por supuesto, los femeninos). Los argumentos correspondientes se tratarán en el próximo capítulo.